Desde hace años, cuando una persona emite su opinión, lo que siente y cree sobre cualquier cosa, si esta opinión difiere de ciertos sectores, las consecuencias son tan graves, que deseará nunca haber externado sus consideraciones.
Esto ha provocado que por mucho tiempo las personas prefieran callar o unirse a la mayoría por temor a represalias o a ser catalogado de intolerante o anticuado.
No son pocos los que no apoyan muchas de las nuevas tendencias sociales, las conductas que ahora son aceptadas y promovidas en los medios de comunicación y hasta en las escuelas. Más de uno no está de acuerdo con el rumbo por el cual una parte de esta generación está llevando al mundo, pero prefieren callar para no “caer mal” y claro, para no recibir una lluvia de críticas y cuestionamientos y al final, terminar aislados, excluidos de la sociedad.
No creo que todos estén de acuerdo con los cánones de la vida moderna. No creo que se pueda ver con normalidad todo lo contrario a lo que fueron las tradiciones y las normas que rigieron la crianza y costumbres de varias generaciones y que hoy, por capricho o por moda, se han tirado por la borda.
Me resisto a pensar que la mayoría vea con buenos ojos el poco valor que se le da a las personas mayores y a sus opiniones.
No es posible que todos estén felices con el irrespeto dentro y fuera de los hogares y de las escuelas.
Es inaceptable que la gente por temor al rechazo social acepte y calle inconductas e inmoralidades, que al final van en perjuicio de si mismos y sus propios hijos.
Lo curioso es que se ha permitido que algunas personas exhiban su reprochable conducta, aunque esta afecte a los más pequeños de la casa, que ven y escuchan cosas que obliga a sus padres a explicarles, de la mejor forma posible que aunque vean y escuchen, esa no es el mejor ejemplo a seguir.
Unos se ven obligados a no herir, a no lastimar, a no discriminar ni ofender, mientras que otros deben soportar toda clase de irreverencias, falta de respeto y decoro. Deben hacerlo, pues serán tildados de intolerantes y terminarán aislados de la sociedad.
Esta tendencia ha inclinado la balanza de la libertad de expresión a favor de unos, en perjuicio de otros.
