Lo hacemos más difícil

En sí misma, la vida es un reto por demás difícil y complicado, una constante prueba. Todo un desafío.

Con esta convicción no estamos diciendo que todo sea malo, ni mucho menos nos atreveríamos a dejar de reconocer el extraordinario e incalculable privilegio de vivir, de respirar y poder contemplar todo lo que nos rodea.

No se trata de eso.

Los desafíos, los problemas, las complicaciones de cada día, terminan siendo parte indivisible de la existencia, sin ellos, faltaría la motivación diaria de vencer los obstáculos, de luchar por un objetivo. Se acabarían los sueños y las aspiraciones. Ya no habría ninguna razón para probar nuestras fuerzas y jamás sabríamos hasta donde podemos llegar.

Sin los retos de todos los días, no podríamos saber qué tan fuertes, inteligentes y valientes somos.

Sin encontrar piedras en el camino, jamás podremos valorar en su justa dimensión lo conseguido.

Sin obstáculos que saltar, nunca sabremos qué tan astutos somos para lidiar con los problemas y las situaciones difíciles.

Sin importar cuán difícil y a veces insoportable sea la situación por la que una persona esté atravesando, la vida siempre será el bien más preciado.

El primordial. Ese por el cual muchos luchan por conservar.

No importa el sufrimiento o el dolor por que se esté pasando, cada noche al colocar la cabeza sobre la almohada, las personas aspiran a abrir sus ojos a la luz de un nuevo día. Como todos los humanos sabemos, nuestra existencia está conformada de buenos y no tan buenos momentos.

Que el trayecto de nuestra vida está marcado por períodos de bienestar que se parecen mucho a la felicidad, pero también de episodios de profunda tristeza, de tragedias que nos sacuden el alma y muchas veces logran derrumbar nuestra estructura desde los cimientos.

En fin, nada bueno y realmente valioso, se consigue fácil. Sin embargo, aun conscientes de las dificultades propias de la vida y la convivencia con los demás, nos empeñamos en hacerlo todo más difícil.

No importa cuántas veces nos demos cuenta del mal que nos causamos no paramos. Lo hacemos una y otra vez.

En vez de tratar de hacer más armoniosa y llevadera la convivencia con quienes nos rodean, buscamos de manera constante la forma de molestarnos con los demás, causar y causarnos daño. Muchas veces, tras una situación incómoda que bien pudimos haber evitado, prometemos ser más prudentes la próxima vez, pero tan pronto se presenta la oportunidad olvidamos lo sufrido antes y terminamos incurriendo en el mismo error, volviendo a abrir una herida que llevamos años sin curar.

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