Todos tenemos personas en nuestras vidas que apuestan a nosotros.
Personas que confían y creen en nuestras capacidades.
Muchas veces, ellas ven virtudes y potenciales en nosotros, que sencillamente no podemos creer que realmente poseemos.
Ellos, padres, hermanos, amigos y amores, nos creen capaces de alcanzar todo aquello que nos propongamos.
Para ellos, nuestras limitaciones no existen. Somos demasiado inteligentes para perder, demasiado buenos para no ser considerados o tomamos en cuenta.
Para esas personas somos lo más cercano a la perfección que un imperfecto ser humano puede ser.
Nos miran y nos admiran.
Nos ven como el mejor ejemplo a seguir.
Para ellos nuestra vida será siempre mejor cada día.
Somos tan valientes, que nada logrará intimidarnos ni atemorizarnos. Iremos adelante contra viento y marea.
Sin detenernos, sin mirar atrás.
Todos ellos no ven otra cosa en nuestro cielo más que el éxito y la felicidad.
Creen que lo podemos todo y podemos con todo.
Prácticamente somos invencibles y siempre aprendemos de las adversidades.
Aunque lo pasamos por alto, tenemos más de esas personas a nuestro alrededor de lo que pensamos y de lo que creemos y muchas veces lo notamos cuando justo en el momento en que las decepcionamos, justo cuando dejamos de ser todo lo grandiosos que ellos nos veían.
Pero quienes logran darse cuenta de la valoración que le dan las personas en su entorno se sienten presionados, obligados a ser mejores cada día.
Esos entienden que los demás esperan mucho, a veces demasiado de ellos y en su afán por no decepcionarlos se someten a una presión tan fuerte que terminan estresados y hasta enfermos.
Es hermoso que los demás, en especial aquellos que más amamos, nos valoren y crean en nosotros, que apuesten siempre a nuestro éxito, pero debemos tener y dejarles claro que no somos infalibles y que su verdadero afecto lo sentiremos cuando las cosas no nos resultan del todo favorables.
