Aunque muchas veces, al pensar en un lugar perfecto, donde es fácil ser feliz, no siempre la referencia apunta a una locación, pues en la mayoría de los casos, ese lugar al que se anhela regresar, es en realidad una hora de un día o la cercanía de alguna compañía.
Es común desear volver a vivir una experiencia feliz, sin importar dónde haya ocurrido, lo que importa es revivir la felicidad que una vez sentimos y compartirla con las personas que en ese momento formaban parte de nuestra vida y que tal vez ya no están con nosotros, por la razón que sea.
Un lugar puede ser mucho más que un espacio físico, aveces ese lugar perfecto es solo el recuerdo de un buen momento, de un tiempo feliz.
Es algo similar, cuando se habla de casa y de hogar, suele llamarse de ambas maneras al domicilio de una persona, pero en realidad son palabras muy distintas.
Lo mismo ocurre cuando deseamos regresar a algún lugar del pasado, en realidad, lo que menos importa es dónde, lo que en verdad deseamos es revivir la felicidad que sentimos en ese lugar del tiempo.
La gente dice que uno siempre regresa al lugar donde fue feliz, quizás sea cierto y aun cuando no puedan regresar de manera física, sus pensamientos los llevan de regreso una y otra vez.
La imaginación es una gran ayuda y por mucho tiempo puede ser el mejor consuelo, mientras no podemos hacer realidad el anhelado regreso, pero siempre llega ese momento en el que no basta soñar, ni imaginar.
Los días nos van regalando cantidades de situaciones que con el paso del tiempo, se transforman en recuerdos. Unos hermosos, otros no tanto.
Cada uno irrepetible, cada uno con su propia enseñanza. Unos traerán una sonrisa a nuestro rostro, otros nos harán volver a llorar.
Cada recuerdo, nos regresa a un lugar de nuestras vidas, donde lo menos importante era el espacio físico en el cual sucedió.
Todos, sin excepción, tenemos, un tiempo de nuestras vidas al que nos gustaría volver, tal vez porque haya sido perfecto o quizás para tener la oportunidad de corregirlo, quizás para decir adiós a alguien que nos dejó de repente y de quien no pudimos despedirnos como lo habríamos hecho de haber sabido que era el final.
A lo mejor solo queremos tener la oportunidad de decir gracias, perdón o simplemente decir: “yo te perdono, porque te amo”.
Por la razón que sea, siempre habrá un lugar del que sentimos que jamás debimos salir y al que, de tener la oportunidad, regresaríamos sin pensarlo dos veces.
