Los afanes por forjar un futuro mejor que el presente y lo más diferente y distante del pasado, hacen que las personas se enfoquen en aquello que les falta, y olviden lo que tienen y que consiguieron con tanto esfuerzo.
Al tratar de ver a la distancia lo que se anhela, el esfuerzo es tan grande, que se termina sin fuerzas.
Las personas viven en una agitada carrera para salir adelante, para suplir las necesidades del presente y asegurar la manera de hacer frente a las necesidades por venir.
Cada día es una batalla, se diseñan estrategias para no perecer y tratar de salir ilesos o al menos con el menor daño posible.
La idea es sobrevivir y para hacerlo es necesario hacer sacrificios, establecer prioridades.
La vida se vive corriendo, se sacrifica lo más importante, sin percibir el daño causado a las personas más cercanas y más amadas, aquellas que a su vez sienten más amor por nosotros.
El trabajo se vuelve más que el medio de sustento en la prioridad en la agenda y en la vida. Las personas se dedican a trabajar duro hoy, para disfrutar mañana los frutos de su esfuerzo.
Un esfuerzo que conlleva abandonar todo cuanto les rodea, incluidos familias y amigos, diversiones, gratos momentos.
Y es que aunque parezca mentira, el afán diario es tal que no deja tiempo ni para admirar la belleza de un nuevo amanecer o la puesta del sol.
En la prisa por no llegar tarde a algún compromiso, las gotas de lluvia se vuelven un obstáculo, y pierden su verdadera esencia.
Es comprensible trabajar hoy para un mejor mañana, pero que esta no sea la causa para olvidarse de vivir, de hacer un alto para admirar todo lo que regala la vida, en especial el afecto de las personas que nos rodean.
