Para la mayoría de las personas resulta difícil pedir perdón, claro, cuando la petición es sincera y obedece a un arrepentimiento real, pues en caso contrario, es lo más sencillo y frecuente del mundo.
A diario, más de uno y por las causas más diversas, pide a otro que le perdone, al tiempo de prometer que jamás repetirá el error o le hará daño a la persona a quien suplica ser perdonado.
Sin embargo, con la misma facilidad que se suplica y se promete no volver a lastimar, con esa misma, se repite exactamente la misma falta y se causa un daño igual o mayor.
En el otro extremo están quienes rehusan pronunciar esa palabra y apelan a mostrar con sus acciones su profundo arrepentimiento y claro está, también cabe mencionar a aquellos que hacen hasta lo imposible por no dañar a otros, por sufrirlo todo ellos mismos antes que causar dolor y sufrimiento a los demás.
Unos son muy generosos y otorgan su perdón siempre y al hacerlo borran de su corazón todo rencor y resentimiento.
Es como si nada de lo ocurrido en realidad pasó.
En cambio, para algunos, cuesta mucho olvidar y perdonar sin reservas.
Es imposible borrar el daño y el sufrimiento, no existe ningún calmante lo suficientemente efectivo para calmar el dolor.
Pero entre unos y otros, están aquellos que son incapaces de perdonarse a sí mismos. Esos que son tan duros con ellos que les resulta imposible disculpar un error, que no pueden entender que errar es de humanos y que nadie es perfecto.
Lo curioso es que muchas veces, no les cuesta tanto perdonar a otros y ser indulgentes con los errores y faltas de los demás.
Quizás pueden perdonarlo todo y a todos, menos a ellos mismos.
Se condenan y culpan eternamente por una mala decisión, por no haber dicho una palabra a tiempo, por no haber hecho lo que entendía que debía haber hecho, por haber dejado ir, por haber retenido, por haberse ido o quedado donde ya no debía.
En fin, son muchas las razones que algunas personas guardan en su alma y para no perdonarse y por las cuales se castigan eternamente, especialmente negándose a ser felices.
Quien no puede perdonarse a sí mismo no puede perdonar de corazón a los demás, aunque asegure que olvidó el daño que le causaron.
Tampoco puede ser feliz, aquel que no perdona sus propios y errores, quien se culpa y se reprocha, quien no puede ser comprensivo con sí mismo, jamás podrá comprender a los demás.
Antes de perdonar y comprender a otros, hay que comenzar por comprender y perdonarse uno mismo.
