Desde hace mucho tiempo se habla de la diferencia entre lo que se quiere y lo que se necesita. Se nos ha dicho, y se ha comprobado, que más de un 60 por ciento de las cosas que compramos o que tenemos, en realidad no las necesitamos, pero ahí están y estamos seguros de su importancia.
A veces, hace falta una lección de vida fuerte, que nos coloque al borde de un abismo, que nos enseñe con rudeza y dolor a distinguir lo verdaderamente importante de aquello que es puro capricho y frivolidad.
Cuando se atraviesa por situaciones que comprometen la salud propia o de algún ser querido.
Cuando se nos impone una realidad diferente a lo que esperábamos.
Cuando tenemos que resignarnos a estar lejos de todo lo que en verdad queremos o simplemente tenemos que permanecer en un lugar al que no pertenecemos, es cuando aprendemos a distinguir y valorar. Es cuando llega la lucidez.
También es cuando entendemos que la mayoría de nuestras posesiones que creemos más valiosas, en realidad son innecesarias.
Por otro lado, una amiga muy cercana, me dijo en más de una ocasión que Dios solo otorgaba aquello que era realmente necesario y conveniente.
Aun cuando en la desesperación pidamos de rodillas, seguros de que lo que deseamos es lo que necesitamos y lo que más nos conviene, según esa amiga y otras personas con una profunda fe cristiana, si no nos conviene Dios no lo concederá.
Para quien desea lo que piensa es su única salida, resulta difícil de entender, por más que se lo expliquen, que eso que piden con tanta vehemencia, no es lo más conveniente y al final en vez de solucionar sus problemas, los empeorará y traerá consigo otras dificultades mayores.
Es incomprensible, pero quizás así sea. Quizás por eso tantos mueren en una espera interminable, esperando una respuesta que se esconde en lo más profundo de la fe.
