Repatriados y deseando aportar

Regresamos a República Dominicana con maletas llenas de experiencia, formación y ganas de construir y aportar al país que nos vio nacer. No fue impulsivo: mi socio y yo lo pensamos, lo planificamos, creímos en el potencial de emprender aquí, y seguimos creyendo.

Lo que estamos aprendiendo en el camino es que llegar preparado abre menos puertas de las que imaginamos; puedes tener la propuesta más sólida, los números más claros, la experiencia internacional que respalde cada decisión, y aun así la agenda de un tomador de decisiones se llena primero con quienes tienen un nombre conocido detrás; El “pegue.” Esa persona que te lleva, que conoce al tío del primo del esposo de alguien, que convierte una reunión imposible en una llamada de cinco minutos.

Eso tiene nombre en sociología económica: la diferencia entre capital humano y capital social. El primero es lo que sabes hacer. El segundo es a quién conoces, y en mercados como el nuestro, ese entramado de relaciones suele decidir si el capital humano llega siquiera a mostrarse. En teoría deberían complementarse; en la práctica, uno funciona como llave del otro.

Un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo encontró que el 60% de las pequeñas y medianas empresas en República Dominicana no supera los cinco años de vida. Detrás de esas cifras también hay historias como la nuestra: proyectos con fundamentos sólidos que se desgastan tocando puertas, o que nunca llegan a tocar la puerta correcta porque nadie los introdujo.

Las mipymes representan cerca del 98.5% de las empresas del país y generan más del 61% del empleo nacional. Son, literalmente, el motor de la economía dominicana. Y sin embargo, enfrentan tasas de interés promedio de más del 14% para financiarse, un costo que castiga a quienes no tienen el respaldo de una red que les abra camino con la banca o con inversionistas.

Como psicóloga social, eso es lo que más me inquieta: cuánto capital humano se pierde en ese trayecto. Cuántas ideas, cuántos proyectos, cuántas personas con algo genuino que aportar se quedan fuera de la mesa porque el sistema premia la red antes que la propuesta. Y ese es el costo país; talento que no circula, innovación que no llega, valor que se diluye en el camino.

Nombrar esta dinámica es un primer paso para transformarla. Construir puentes más allá del círculo cercano (mentorias, espacios de networking genuino, comunidades que conecten sin el filtro del apellido) es una forma de corregir el rumbo. También lo es, para quienes ya estamos dentro, abrir la puerta que a nosotros nos costó encontrar.

Un país que aprende a premiar lo que alguien tiene para ofrecer, y no solo a quién conoce, es un país que finalmente le hace justicia a su propio capital humano.

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