Jesús no habló de unidad, pero oró fervientemente “que fuésemos uno” (Juan 17) porque no se trata de hablar a los hombres sino rogar a Dios por ellos. Porque hay quienes duermen en la misma cama pero sus corazones sueñan a millas de distancia, sus manos se entrelazan y hasta sus cuerpos, pero sus latidos nunca se unen… Hay quienes han visto tanto lo bueno y lo malo en su mundo, que saben demasiado sobre lo vivido, pero no entienden para qué nacieron. Necesitan respirar hondo para sentirse vivos, porque no conocen la seda de un suspiro mecido en la presencia de Dios. Así pues, estamos aquí, a la distancia de una verdad incómoda para dar un giro conveniente a una vida plena. Nuestras distancias son directamente proporcionales a la condición de nuestro corazón para con Dios.
