¡Un golpe a uno, un golpe a to!

Lo que fue consigna de sindicatos del siglo XX, ahora aplatanado, con sabor criollo y ritmo de cerveza Presidente, merengue y bachata, se convierte en código de calle, con significado de identidad, desconfiaza y reacción violenta. Esa frase no es teoría: se activa; no se estudia: se grita, porque es menos ideología y más reflejo primitivo, señales de una sociedad que llena de modernismos, involuciona, “pa tra”, como el cangrejo. Hay dos formas de moverse: como la gente y como “lo motorita”.

La calle no es espacio público compartido, sinó territorio en disputa y cada quien “jocea ” su pedazo de asfalto como sabe y como le da la gana. Los motoristas, convertidos en infantería de esa guerra permanente, son ágiles, indisciplinados, impredecibles y casi siempre impunes, claro que no todos, pero si una abrumadora mayoría, suficientes para convertir el miedo en norma. El orden que debe imponerse y la calle que no quiere someterse y una autoridad que escoge no actuar. El motorita no espera la luz verde: la interpreta. No respeta el carril: lo inventa. No reduce la velocidad: la desafía, se mete en contravia con la naturalidad del que cree que la ley es un estorbo diseñado para “otros” y cuando le reclaman respuesta, surge la confrontación tal y como ocurrió con el chofer del camión de basura en Santiago, que resulta un síntoma más que un hecho aislado. Un hombre ganándose el pan de cada día, bregando con basura de “otros”, con ruta de servicio no de prisas, fundas mal olientes y “basura deparramá”, trabajo sucio y mal pagado, pero imprescindible. Terminó encontrándose con la peor cara de esta selva sin reglas y no porque el problema sean los motoristas, sino de una cultura que los ha convertido en símbolo del incumplimiento, en una coreografía temeraria, que nos luce “normal”.  El orgullo anda suelto y la autoridad ausente. La escena dejó de ser pintoresca para convertirse en violencia y el conductor resultó con estocadas en la pierna que le interesaron la arteria femoral: un chorro de sangre: un país que graba su propia desgracia en alta definición. Mientras la vida se le iba ocurrió lo que ya se convierte en costumbre: nadie corrió a salvarlo, pero corrieron a grabarlo con celulares en alto, como antorchas de la nueva barbarie, acercándose no para ayudar sino para encuadrar mejor.

El morbo convertido en testigo porque el “subir” el video como exclusiva, pesa más que la ayuda que precisaba. La indiferencia convertida en espectáculo, el hombre se desangraba y el país también. El motorista criollo no conduce: sobrevive con audacia, dibuja su propio mal sobre la marcha, adonde los semáforos son sugerencias, y las aceras extensiones de las vías, lo mismo que los peatones que son figuras decorativas que estorban. Se mete, se cuela, se impone porque no pide paso: lo toma. El dominicano de a pie cruza con miedo mirando 2 veces.

El motorista no cruza: irrumpe. No respeta: improvisa. No gira: se cuela. Van rápido, como si la prisa fuera forma de existir, como si el detenerse fuera morir. Con ausencia de la policía el ciudadano se defiende solo, negociando su seguridad en una zona adonde el más temerario manda. Y el más tenemerario casi siempre anda en motor. Amet, Digesset o como se llame, es el gran fracasado en este “sistema” criollo de inseguridad ciudadana. Una ley de tránsito de aplicación parcial porque esos agentes de tránsito “no ven” a los motoristas, los ignoran y en el fondo les tienen miedo. 

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