Hablemos un poco de historia: Balaguer y los militares

Los asuntos militares comenzaron a cobrar cada vez más relevancia para Joaquín Balaguer una vez desaparecida “la voluntad granítica”.

Las relaciones de Balaguer con los jefes militares nunca fueron entusiastas
Las relaciones de Balaguer con los jefes militares nunca fueron entusiastas
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Las relaciones de Balaguer con los jefes militares nunca fueron entusiastas ni alcanzaron a tener realmente significación en vida de Trujillo. Hasta la muerte de éste último este tipo de contacto no le hubiera sido útil. Lo suficiente hábil y sensato para mantenerse en su lugar, alejado de las suspicacias del tirano, Balaguer prefirió dejar a un lado este tipo de obligación dentro de sus funciones oficiales como Vicepresidente primero y Presidente designado después.

Pero una vez desaparecida “la voluntad granítica” que, según sus propias palabras, había simbolizado “toda la fuerza física de la nación” y la había regido férreamente durante más de 30 años, los asuntos militares comenzaron a cobrar cada vez más relevancia para el Presidente.

Sin embargo, la camarilla que había heredado el poder castrense no confiaba en él y recelaba de su proceder. Al general Sánchez hijo, jefe de Estado Mayor de la Aviación, le resultaba difícil disimular sus sentimientos hacia él. El único vínculo entre esa jerarquía militar trujillista y el símbolo de poder civil legado por Trujillo era curiosamente Ramfis. Por diversas razones, sin embargo, el carácter de éste y su aparente poca afición por el poder, hacían de tal nexo un hilo muy delgado. Bastaría con que se le halara para que quedara roto.

La ocasión vino a producirse sorpresivamente a raíz del asesinato de Trujillo, cuando todavía su cadáver permanecía expuesto al llanto de las multitudes que desfilaban atónitos ante su cuerpo rígido.

Al despacho del general Sánchez habían llegado informes de inteligencia respecto a misteriosas visitas del cónsul general norteamericano a la residencia de Balaguer a altas horas de la noche, en los días previos a la emboscada del 30 de mayo. Nadie podía sacar nada en concreto de estas presuntas reuniones. Pero de todos modos resultaban suficientes para alertar la antipatía que el Presidente le inspiraba.

Pudiera ser que muchos hechos de esta naturaleza, sumado a la inexplicable designación de Balaguer como Presidente, lo que le hacía parecer como el favorito final de Trujillo, el que éste había considerado como el más capaz para prolongar la existencia del régimen aún después de su muerte, contribuyeran a alimentar los prejuicios de algunos jefes militares en su contra. Nada de esto le era del todo extraño al Presidente. Tal vez por eso no se sorprendió y en cambio hizo frente a la insólita petición que recibiera de los tres jefes de Estado Mayor la misma noche de la muerte del Generalísimo.

En su documentada biografía de Trujillo, Robert D. Crassweller, hace vaga mención de este hecho de la manera siguiente: “La misma noche del asesinato de Trujillo, en el momento que él y sus asesinos convergían hacia su fatal encuentro, se dio la orden de apresar a los obispos y llevarlos a la cárcel. A la mañana siguiente el presidente Balaguer revocó esa orden.

Su primer acto oficial después del asesinato fue denegar la solicitud de los funcionarios del Palacio comprometidos con Trujillo en el plan de expulsión de los obispos. El doctor Balaguer afirmó que renunciaría a la presidencia antes que acceder a dicha solicitud”.

Realmente el plan perseguía provocar la renuncia efectiva del Presidente. En una carta los tres jefes de Estado Mayor le informaban que en vista de la comprobada complicidad de la Nunciatura en el atentado, el representante del Papa tenía que ser deportado y que su obligación como jefe del Estado era proceder a hacerlo de inmediato.

La reacción de Balaguer, como ellos esperaban, durante una reunión del gabinete para comunicar oficialmente la muerte de Trujillo y el regreso de su hijo mayor, fue la de amenazar con abandonar la presidencia. Ramfis intervino e hizo que los jefes militares retiraran su petición. Naturalmente la supuesta complicidad del Vaticano era una farsa.

Esta historia me fue contada por el después general retirado Sánchez hijo y quedó grabada en cinta magnetofónica. Dijo que la decisión de Ramfis fue un acto de “debilidad” que él le reprochó: “…después que hacemos la carta y el hombre (Balaguer) accede (a renunciar), que es lo que usted quería, quitarlo de en medio ¿por qué esta debilidad?”. El jefe entonces de la Marina, contralmirante Luis A. Facundo Esteva, no recordó en nuestras entrevistas el texto de dicha carta, pero confirmó que en efecto ésta había sido enviada.

Ramfis había heredado todo el poder de su padre, pero carecía de la capacidad de éste para retenerlo. En el fondo no era un político. Ni tampoco estaba preparado para actuar con la ecuanimidad debida ante situaciones que reclamaban la sangre fría de un político consumado. Trujillo había sido un artista de la intriga. A lo largo de tres décadas logró mantenerse en el poder gracias a su habilidad para sortear los momentos más difíciles. Trujillo, no cabían dudas, sabía cuándo y cómo actuar contra sus amigos y adversarios. Este era un aspecto de su carácter que no se daba en su hijo mayor. Ramfis le huía a la gente.

En cambio, tenía ideas muy extrañas para el ambiente en que había sido criado. En sus empresas existían reglas de seguridad social muy avanzadas para el sistema reinante. Los empleados de Molinos Dominicanos y la fábrica de pinturas Pidoca gozaban de beneficios que no tenían lo de otras empresas del país. Ramfis guardaba fuertes resentimientos contra los Estados Unidos desde los días de sus fracasados estudios en la academia militar de Lovenworth. Y esos sentimientos con frecuencia predominaban frente a razones de orden político.

Un ejemplo de su temperamento fue el incidente ocurrido en septiembre de 1958 que determinó la destitución del contralmirante Rafael B. Richardson, como jefe de Estado Mayor de la Marina, en lugar del cual fue designado, con el rango de aquel, el capitán de navío Luis Ambrosio Facundo Esteva. Los servicios de inteligencia habían redactado un informe dando cuenta de una acción bochornosa de dos marineros en la Florida.

Durante un receso de maniobras conjuntas de las marinas de los dos países, los marineros fueron vistos hurgando en zafacones en calles de Miami. El reporte indignó a Ramfis que llamó a su presencia al contralmirante Richardson y le reprochó diciendo que acciones de ese tipo merecían un fusilamiento.

El oficial, que poseía una de las mejores hojas de servicio de las Fuerzas Armadas, consiguió hablar con Trujillo. El Jefe mandó en busca entonces del general Sánchez hijo para preguntarle si era cierto que Ramfis había amenazado con tomar represalias contra Richardson. Sánchez dijo que se trataba de una mala interpretación y explicó a Trujillo, el cual musitó:

-¡Tienes razón! !Ramfis no es hombre de mandar a fusilar a nadie!

Días después, Richardson era relevado del cargo pero en compensación Trujillo le permitió adquirir una valiosa finca sembrada de coco en Samaná. A Ramfis, confió luego el Jefe a un amigo, le hubiera resultado difícil entender la razón de esto último.

En lugar de Richardson, Trujillo nombró a uno de los oficiales más competentes y veteranos de la Marina, Facundo Esteva, de 40 años. Durante casi catorce años, Facundo había comandado el yate Presidente Trujillo, buque insignia de la Marina, que el dictador utilizaba en sus frecuentes viajes al exterior. En uno de esos últimos, regresando de la Florida, les sorprendió una fuerte tormenta del norte, frente a las costas de Cuba.

Trujillo llamó a Facundo a su camarote y le dijo:

-El mar está muy difícil.
-Sí señor, está mal el tiempo.
¿No hay un puerto cerca donde meternos?

Facundo calculó bien el sentido de la respuesta:

-Sí señor. Estamos sobre la costa de Cuba, pasando por el Canal de Santerén. Pero las relaciones, según tengo entendido, entre Cuba y la República Dominicana no son muy buenas.

Fulgencio Batista y Trujillo habían tenido últimamente fuertes diferencias y las relaciones bilaterales se encontraban en un nivel bajo. Trujillo le respondió tajantemente.

-¡Y a mí que me importa!

El buque, una fragata de guerra convertida en yate de lujo que poseía todo su armamento, cambió el rumbo y derivó en la bahía Gibara, cuyas aguas estaban tranquillas. Poco después, las autoridades del puerto trataron de subir a bordo para inspeccionar la nave pero la tripulación, en alerta, lo impidió. Hubo una situación tensa, muy difícil, de casi hora y media, al cabo de la cual, ante los informes de que el tiempo había mejorado, Facundo enfiló la nave hacia su rumbo original.

Una fragata de la marina cubana trató luego de perseguir al yate, pero no pudo alcanzarle. Mientras, los dos destructores dominicanos habían zarpado a toda velocidad desde Ciudad Trujillo y Haina para escoltar al yate en que viajaba Trujillo.

Los colaboradores del régimen creían que Ramfis carecía también de la determinación que tantas veces, como en ese incidente en una bahía cubana, había sacado a su padre del peligro.

(Extraído del capítulo 4 de “Los últimos días de la Era de Trujillo”(1991) de Miguel Guerrero.)

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