Me encanta Juan Luis Guerra, decir lo contrario, sería como ser la única dominicana que nunca ha comido mangú y que odia un buen chapuzón en la playa, en fin, antipatriótica. Dentro de las múltiples razones por la que lo adoramos, cada quien tiene una historia particular con su música. Están los que han dejado “el forro” en la pista bailando “La cosquillita”, los que no dejan de incluirlo en el playlist de su boda, aquellos que encontraron paz gracias a algunas avispas que los protegieron; otros están de acuerdo con que la guagua va en reversa, muchos desean un “Amor de conuco”, y también están los dichosos que han encontrado un premio Nobel en un beso. A mí me gusta su capacidad para jugar con la poesía de lo cotidiano, de remontarnos a los olvidados campos de nuestro país, en fin, ese empeño por rescatar lo nuestro, los que nos hace únicos. Investigando los países que ha colonizado con su música, creo que gracia a él nos hemos vengado finalmente de Colón y del exterminio de los indígenas, pues son tantas las ciudades que han caídas rendida con nuestro merengue, que sin duda, hemos ganado la guerra. A él le debemos que la bachata fuera algo más “fina” y que el sábado 16 de junio olvidemos todos nuestros males como sólo nosotros lo sabemos hacer, bailando Asondeguerra.
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Rocío Figueroa
Editora Revista Bureo y Bureo.com.do
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