Nada. Ni una declaración. Ni una preocupación. Esta semana no tengo nada que escribir. He revisado los periódicos y escuchado a nuestros políticos. La tranquilidad resulta conmovedora. Cualquiera diría que vivimos en Suiza, aunque aquí sobran candidatos y escasean explicaciones.
En Haití ocurrió una pequeñez: cuatro militares salvadoreños desaparecieron tras un ataque de bandas armadas.
Bukele anunció su rescate y desplazó más de cien efectivos. También aparecieron unos cadáveres. El presidente salvadoreño negó que pertenecieran a sus hombres. Conviene aclararlo: nadie ha confirmado la muerte de los cuatro.
Lo confirmado basta para preocuparnos.
No sé si nuestras autoridades reforzaron la frontera. Puede que sí. Tampoco espero que publiquen los movimientos de cada soldado. Pero agradecería escuchar a quienes aspiran a gobernarnos decir algo sobre una crisis que ocurre al lado. Aunque fuera para demostrar que conocen el mapa.
Leonel Fernández coincidió con Luis Abinader en Punta Cana, durante la inauguración del Centro Cultural Rainieri. Una escena de cortesía democrática. Magnífico. Dos adversarios pueden saludarse sin pedirles permiso a sus seguidores. La convivencia merece aplausos. La indiferencia ante lo ocurrido en Haití, no.
En el PRM parece haberse reducido el ruido. Quizá Kelvin Cruz haya logrado que Chú Vásquez y otros dirigentes recuerden que pertenecen al mismo partido. Hasta los aspirantes necesitan descansar de sus encuestas. Es agotador subir tres puntos cada mañana y perderlos antes del almuerzo.
David Collado probablemente anda entre aeropuertos. Acabará conociendo mejor las salas de embarque que ciertas calles. Omar Fernández calla. Guido Gómez Mazara observa y trabaja. Carolina Mejía continúa su recorrido. Raquel Peña atiende sus responsabilidades. Todos ocupados. Todos prudentes. Ninguno parece especialmente dispuesto a interrumpir la conversación electoral.
Carlos Gómez, por su parte, salió de Moca para llevar a su hija a Santo Domingo y le pidió que contribuyera con la gasolina. Al menos alguien se ocupó esta semana del costo de un viaje. En política también abundan los trayectos reflexivos familiares. No critico inauguraciones, desplazamientos ni ambiciones. Lo inquietante es la falta de prioridades. Una operación militar internacional en Haití debería merecer más atención que una encuesta fabricada para alegrarle el domingo a un precandidato.
Tampoco propongo movilizar tropas por entusiasmo. La seguridad exige prudencia. Y las leyes migratorias necesitan una revisión seria: sancionar penalmente las redes que trafican personas, perseguir documentos falsos y debatir con rigor las consecuencias de la entrada irregular, sin convertir automáticamente al migrante en delincuente. La firmeza no dispensa de respetar los derechos.
Lo curioso es que para cualquier competencia interna aparecen expertos, gráficos, porcentajes y declaraciones inmediatas. Cuando el asunto exige una posición sobre Haití, sobreviene una discreción admirable. No pido que un aspirante conozca los detalles militares reservados. Le pido que tenga una opinión sobre la frontera, sobre nuestras instituciones y sobre lo que el Estado debe hacer sin improvisaciones ni propaganda.
Pero hablar de eso requiere estudiar. Más sencillo resulta discutir quién subió, quién bajó, quién salió en una fotografía y quién espera la próxima llamada del poder.
Es lunes. Haití seguirá en crisis. Aquí continúa la campaña, aunque nadie admita estar haciendo campaña.
Comencé asegurando que no tenía nada que escribir. Me equivoqué. Tengo una pregunta: ¿qué tendría que ocurrir en Haití para que nuestra clase política hable de algo distinto de sí mismos?
Quizá esperan una encuesta que les diga si conviene preocuparse.
Demuéstrame que estoy equivocado.
