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Donald Trump, el presidente

El discurso de Donald Trump aceptando su nominación presidencial este jueves me ha dejado una clara conclusión: Trump podría estar más cerca que nunca de lograr su anhelado sueño de convertirse en presidente de los Estados Unidos y cada atentado&#823

El discurso de Donald Trump aceptando su nominación presidencial este jueves me ha dejado una clara conclusión: Trump podría estar más cerca que nunca de lograr su anhelado sueño de convertirse en presidente de los Estados Unidos y cada atentado terrorista que sucede en el mundo lo acerca mucho más a ello.

Los discursos de campaña en su mayoría son populistas en cierto grado y el de Trump no es la excepción, todo lo contrario, está plagado desde el inicio hasta el final de elementos mediáticos y conceptuales populistas, pero que sin lugar a dudas, en el contexto mundial actual repercutirá de manera positiva en lo que resta de campaña hasta noviembre.

Trump ha desplegado una campaña mediática muchas veces ridícula. Sin embargo, no solo ha vencido a los dieciséis precandidatos que en su partido le adversaban, sino que ha concitado el apoyo de un numero impresionante de delegados, ha ido ganando poco a poco adeptos a su controversial propuesta de construcción de un muro en la frontera con México no solo a lo interno de su partido sino también fuera de él y continúa atrayendo el interés de personas que habitualmente no están interesadas en la política. Sin lugar a dudas, estamos ante una campaña ridículamente exitosa.

Muchos entienden que sus pronunciamientos sobre la inmigración desde México y sus opiniones incendiarias acerca de las relaciones con China, se enmarcan en un discurso neofascista que promueve el odio y que, ausente de bases ideológicas de izquierda ni contenido social real y efectivo, podría violar derechos y lesionar principios generales de convivencia democrática entre pueblos y gobiernos, de llegar a la Casa Blanca.

Antiglobalización y seguridad como ejes discursivos

Reino Unido y el Brexit es una muestra de lo que podría suceder en las próximas elecciones de los Estados Unidos. La “antiglobalización” como antítesis conceptual al proceso multidimensional galopante y generalizado de la globalización parecería estar de vuelta, esta vez con un componente nuevo, el liderazgo político emergente de países de primer orden es quien lo promueve aun sin nombrarlo.

En Reino Unido obtuvo el triunfo sobre las políticas globalizantes impulsadas desde Bruselas que limitan la capacidad de decisión unilateral y soberana de los países de la Unión Europea; y justo en Alemania y Francia, parte esencial de la burocracia europeísta, la ultraderecha representada en los partidos “Alternativa por Alemania” y en el “Frente Nacional”, respectivamente, adquiere fuerza política inusitada con altas posibilidades de poder y con un discurso común en el que ven a la Unión Europea y a la inmigración islámica como dos enemigos externos frutos ambos de la globalización.

Esos líderes aprovechan la sensación de grandes segmentos societales que sienten que son testigos pasivos de la pérdida de identidad cultural y de soberanía de sus Estados frente al carácter de supranacionalidad de la Unión Europea y, al mismo tiempo identifican a la inmigración islámica como el enemigo común número uno de la seguridad nacional que solo puede ser detenido rompiendo con elementos propios de la globalización, como es el libre tránsito de personas.

Donald Trump hace lo propio en Estados Unidos, iniciando por los instrumentos que han hecho posible la masificación del comercio. Aunque comete un error al atribuir a Bill Clinton la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) entre Estados Unidos, Canadá y México, no así a George Bush (padre), ha sido contante en sus críticas hacia este esquema de comercio y dice que lo renegociará. Lo mismo sucede con el Transpacific Trade Partnership (TPP) firmado en febrero de 2016 entre los países de la cuenca del Pacífico y los Estados Unidos, sobre lo que ha dicho que en su momento, de llegar a la presidencia, se encargará de renegociar o vetar si es necesario.

Ha explicado que su estrategia de comercio consistiría en la negociación de acuerdos bilaterales y establecer “castigos” a China por sus fraudes, dumpings y espionaje industrial, reducción de impuestos, eliminación de regulaciones para el comercio, entre otras cosas.

De esta forma Trump busca atraer el apoyo de la población más conservadora y radical de los Estados Unidos quienes estarían preocupados con la firma de estos mega acuerdos que según ellos lesiona sectores productivos, elimina puestos de trabajo y ponen en peligro la independencia económica y política de los Estados Unidos.

El otro elemento que Trump ha sabido aprovechar es el tema de la sensación que tiene un amplio sector de estadounidenses de que, fruto de las políticas erradas de la combinación Obama/Clinton, su territorio es más vulnerable que nunca antes, esto, según él, por la ausencia de controles eficaces en la frontera con México y por el clima de inestabilidad mundial que termina importando terrorismo islámico hacia Estados Unidos y los países de occidente.

Programa de Política Exterior de Trump. Contradicciones

Según Trump, la política exterior de Obama y de Hillary Clinton en Libia, Siria e Irak, ha sido desastrosa para la estabilidad en Medio Oriente, pero sobre todo ha beneficiado el establecimiento del régimen de terror del autodenominado Estado Islámico.

Ha dicho que, en aras de lograr mayores índices de seguridad, los Estados Unidos debe abandonar la práctica de querer establecer regímenes de democracia occidental en países de Medio Oriente que ni tienen la experiencia ni mucho menos el interés en ella, y que al final ha propiciado allí la desaparición de instituciones, el desarrollo de guerras civiles, el auge del fanatismo religioso, así como miles de estadounidenses muertos y despilfarro de recursos provenientes de los bolsillos de los norteamericanos. Paradójicamente habla también de que su país seguirá siendo el “policía y pacificador” del mundo.

Ya Trump, en abril de este año, en una conferencia en Washington D.C había dicho que la utilización excesiva de recursos tratando de construir otros países, la ausencia de confianza de países aliados en los Estados Unidos, así como la falta de contundencia, coherencia y de objetivos claros son algunas de las debilidades de la política exterior estadounidense lo que ha producido una disminución en el respeto que los enemigos deberían tenerle a su país.

El programa de política exterior que ha presentado Trump, además de que es totalmente americanista y esto parece gustarle a un sector cada vez mayor de estadounidenses, pretende cubrir todas las debilidades que ha identificado. Ha dicho que derrotará definitivamente al terrorismo en donde quiera que esté y que promoverá la estabilidad en Oriente Medio, redimensionando las relaciones de Estados Unidos con Israel.

Alineado a esa relación con Israel ha sido sumamente crítico con los acuerdos de Obama con Irán, volviendo sobre la retórica de la posible posesión en Irán de medios para construir una bomba nuclear.

Ha dicho que quiere mejorar las relaciones con Rusia y con China pero desde una posición de fuerza en la que Estados Unidos puede abandonar en cualquier momento la mesa de negociaciones y no insistir en procesos distendidos de diálogo sin un fin preciso, y al mismo tiempo critica el abandono de Obama a los planes de defensa en Polonia y la República Checa, tema que trajo en su momento serias repercusiones a las relaciones de Estados Unidos con Rusia.

Trump ha hecho gala de un lenguaje más o menos mesurado en su discurso y ha hablado de paz, sin embargo afirma que renovará el poderío militar de los Estados Unidos y en otros escenarios ha hablado de modernizar la OTAN, así como de que no vacilará en usar la fuerza militar, siempre que sea “para ganar”.

Aun cuando las premisas acerca del papel que ha jugado los Estados Unidos en esta fallida guerra contra el terrorismo son muy ciertas, su programa tiene en sí mismo elementos que pueden desencadenar profundos enfrentamientos en Medio Oriente, sobre todo entre Israel e Irán, así como en el mar de china meridional y podría terminar arrastrando a Rusia.

Su discurso muestra elementos de arrogancia que parecen estar dictados por el convencimiento personal en la doctrina del Destino Manifiesto estadounidense, lo que, en un contexto internacional de una Rusia bajo el mando de un líder tan fuerte como Vladimir Putin y una China con poderío militar y económico indiscutible, podría sumir al mundo en un caos de escala insospechable.

Las contradicciones retóricas son evidentes, aun así, el tema de la seguridad y del imperialismo denodado es fundamental para los estadounidenses, tanto así que en aras de ello, son capaces de sacrificar su privacidad sin remordimientos.
Reitero para finalizar, aun con serias contradicciones en su discurso y en la conceptualización de su política exterior, estos argumentos de campaña, la imposibilidad de Hillary Clinton de desvincularse de su responsabilidad en fracasos como Libia, Siria e Irak, así como el celo de los estadounidenses por su seguridad, podrían llevar a Trump de forma inminente a la presidencia de los Estados Unidos. 

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