Cuando el Papa Francisco regresaba de Río de Janeiro al Vaticano, Roma, emitió una declaración que sorprendió a muchas personas. Era un adelanto sobre sus ideas, que obligan a reflexionar. Para que no haya duda sobre sus convicciones ha recordado esas palabras durante la entrevista que concedió a la revista La Civilta Cattolica, de la Compañía de Jesús.
Aquella vez, preguntado sobre los homosexuales dijo: si una persona homosexual tiene buena voluntad y busca a Dios, yo no soy quién para juzgarla. Y ahora añade que sólo ha manifestado lo que dice el Catecismo: “La religión tiene derecho de expresar sus propias opiniones al servicio de las personas, pero Dios en la creación nos ha hecho libres; no es posible una injerencia espiritual en la vida personal…”. Estamos ante una persona con una inmensa capacidad de tolerancia.
El Papa Francisco se reafirma como un ser humano, como él mismo se define: “…un pecador en quien el Señor ha puesto los ojos”. Nunca antes se había visto a una dignidad de esta dimensión hablar así de sí mismo. Reconoce que ha sido autoritario, que solía tomar decisiones en solitario, pero ahora consulta a los obispos. Y reflexiona que ese proceder hizo que se le viera como un ultraconservador, pero no… “Tuve un momento de gran crisis interior… No habré sido ciertamente como la beata Imelda, pero jamás he sido de derechas. Fue mi forma autoritaria de tomar decisiones la que me creó problemas…”
Resulta estimulante su vocación conciliatoria: “Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas… Lo más importante es el anuncio: ¡Jesucristo te ha salvado!”
Y algo de mucho valor ante ciertas durezas, y es que la Iglesia debe “saber escuchar”, antes de condenar.
