Testimonios de indigentes: “Vivimos tirados como basura”

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    Empujados por distintas circunstancias, decidieron hacer de los arrecifes del mar Caribe y de los farallones del Parque Mirador Sur su hogar. Otros instalaron casuchas debajo de los puentes y elevados de la primera ciudad del Nuevo Mundo.El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en su informe regional sobre Desarrollo Humano para América Latina y el Caribe revela que 8.8% de la población vive en la pobreza extrema, es decir, que 915, mil 200 personas perciben entre 1.25 a 2.5 dólares por día.

    Mientras un 1.5% vive en la pobreza ultra extrema, y que 156 mil personas sobreviven con menos de 1.25 dólares. (Porcentajes tomados de una población general del país de 10.4 millones de personas, según el censo nacional).

    ¿En cuál quintil colocamos a Juan Antonio González, quien a las once de la mañana del pasado jueves no tenía para comprar una libra de arroz?

    “Me da vergüenza decir donde vivo”, expresó al equipo de elCaribe, González, “pero está bien yo lo voy a llevar”. Por un momento interrumpió su jornada laboral como parqueador de los vehículos que llegan a la Procuraduría General de la República y a la Suprema Corte de Justicia para contar su historia.

    Al mostrar varios cartones tirados en el suelo, dijo en voz baja, como si un nudo atara su garganta, en medio del sonido del oleaje del mar Caribe. “Aquí vive uno, aquí otro, tirados como si fuéramos basura. Hay día en que tenemos que beber agua salada”.

    Creció en una familia disfuncional junto a cinco hermanos. Con 43 años de edad, recuerda los pleitos de su madre con su padre por la manutención. A la edad de 13 años decidió separarse de su familia e instalarse en las rocas calizas del mar Caribe.

    “Yo he pasado demasiado ciclones aquí. Ya no le tengo miedo al agua”, dice, mientras se encaminaba al lugar donde pasa las noches. Las cuevas que se forman en las rocas calizas han sido su refugio en tiempo de lluvias.

    En el trayecto, le salió al encuentro “Blanca”. Se dejó lamer la cara del animal que movía insistentemente la cola y continuó caminando.

    “Miren aquí vive Margot”, señaló un espacio de casi dos metros cuadrado cobijado por ramas de uva de playa.

    Explica que la mayoría de sus compañeros se dedican a la recolección y venta de botellas para poder sobrevivir. “La gente que está aquí no tiene problemas mentales. Pero hay a quienes la maldita droga le ha enfocado la mente en esa porquería”, expresa.

    González cursaba el octavo curso cuando la vida le dio un giro de 180 grado. Afirma conocer muy bien la vida dentro y fuera de la milicia, ya que dice entró al Ejercito Nacional de la mano de un capitán, sin ofrecer mayores detalles particulares, expresa: “Nosotros somos gentes que queremos trabajar, pero esta es la hora que yo no le he comprado un desayuno a la mujer mía”.

    Explica que como “parqueador”, nunca podrá pagar tres mil pesos mensuales por el alquiler de una casa. Cuenta que por conseguir un espacio en la calle para que un vehículo dure varias horas estacionado recibe entre cinco, diez y quince pesos. Tomando en cuenta que no es el único que hace este oficio en el perímetro de La Feria, Distrito Nacional.

    Comiendo de la sobra que otro deja

    Mientras muestra al equipo de elCaribe el camino trazado por las pisadas, para no caer en terrenos fangosos, apunta hacia unos trapos tirados en el suelo. “Mira cómo vive ese, arriba de la basura. Cargando basura que otro vota para poder comer”, dice formando una expresión de preocupación en su rostro.

    Luego de caminar cerca de 200 metros, cuando faltaban pocos minutos para marcar las 12 del mediodía se para frente a una cloaca encajonada que descarga próximo a las aguas del mar Caribe y dice aquí es que yo vivo con mi mujer.

    Una vieja sabana aún permanecía tendida encima del concreto, a escasos pasos de un fogón apagado.

    Allí, confiesa, que tanto el como sus compañeros han tenido que comer la sobra que queda en los picapollos.

    “¿Tú crees que yo quiero vivir así? Mira la hora que es y no me he comido un yaniqueque. Para conseguir una libra de arroz tengo que hacer un mapa. Porque ¿qué se puede ganar en esta República?”

    Por esas razones, le molesta en gran manera el hecho que un policía los pare en las calles, porque llevan ropas andrajosas y sacos cargados de basura.

    Narra que una vez un policía le tiró al suelo un caldero con la comida del día.
    “Usted sabe que abuso es ése. Sin saber el trabajo que yo pasé y lo que pedí para conseguir 100 pesos para comprar un chin de chuleta. Yo me hinqué en medio de la calle para que Dios me mate”, confiesa con tono de indignación.

    Dice sentirse discriminado por el Estado y la sociedad. “Yo no quiero que una juventud que suba coja el mismo sistema que yo he cogido y el mismo trayecto”, expresa para cerrar la conversación e irse a buscar algo de dinero para comer.

    La vida debajo de un puente

    Hace once años que Leudy Guzmán vive debajo del puente Francisco J. Peynado. En un espacio de no más de 16 metros cuadrados levantó, a base de “plywood”, una casa para vivir junto a su esposa y un nieto de cinco años.

    El puente, por donde pasan diariamente cientos de vehículos, le sirve de techo. El Bolo, como le han apodado por faltarle tres dedos de una de sus manos, cuenta que aparte de los desaprensivos que entran en su espacio con intención de hacer daño ha tenido que cuidarse de las ratas que por varias veces han mordido los dedos de su pies.

    “Yo no me he muerto, porque Dios me cuida”, cuenta el delgado hombre de 38 años de edad, a quien le han quemado su vivienda por dos ocasiones. “A mí me ha dado la enfermedad de los ratones (leptopirosis). Se me ha hinchado la barriga, pero al par de días se me quita”, dice.

    De repente destapa una cubeta y muestra un cangrejo de aproximadamente 12 pulgadas, el cual la noche anterior estaba envuelto en su sabana. Lo guardaba con recelo. El animal le serviría de almuerzo. Asegura que se ha ganado el respeto de la comunidad por su buen comportamiento. Obtiene el sustento dando mantenimiento a un condominio en el sector La Zurza, Distrito Nacional.
    Junto a Leudy Guzmán vive su esposa y un nieto de cinco años que a su corta edad ha tenido que cruzar el laberinto de la indigencia.

    Sociólogo advierte del individualismo y de la indiferencia 

    El profesor en sociología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), Juan Miguel Pérez, explica que vivimos en una sociedad de mucha desigualdad, donde  los recursos no son bien distribuidos, aumentando así la pobreza. Indica que por diferentes razones, la sociedad moderna va generando un individualismo donde la cohesión social presenta fisuras. Resalta que la relación entre parientes ya no es la misma de años atrás. Explica que las personas que no tienen un domicilio fijo han tenido una ruptura con el vínculo afectivo de su entorno cercano, “producto de que la sociedad dominicana y el Estado no se han organizado para atender a esas personas que no están incluidas, aun en situaciones difíciles, hacen que a ellos no les quede más remedio que vivir en las calles. Al referirse a la estigmatización a la que están sentenciadas las personas que viven en las calles, dijo que “el solo hecho de ser pobre en la República Dominicana está propenso al señalamiento. Considera que cuando se es pobre en este país es difícil alcanzar un grado de respeto y dignidad. Habló de la necesidad de crear políticas públicas de inclusión social, donde se garanticen los servicios básicos a todo ciudadano y del surgimiento de una sociedad más solidaria. 

    Vivimos aquí tirados como basura, cuando no tenemos para comer, bebemos agua de sal”.
    Antonio González
    Tiene 33 años viviendo en los arrecifes

    Me dio la enfermedad de los ratones. Se me ha hinchado la barriga, pero en par de días se me quitó”.
    Leudy Guzmán
    Tiene 11 años viviendo debajo del puente

    Vivimos en una sociedad de mucha desigualdad, donde los recursos no son bien distribuidos”.
    Juan Miguel Pérez
    Sociólogo

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