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Posicionamiento cíclico de poderes hegemónicos

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A todas luces el sistema internacional contemporáneo dista mucho de los modelos clásicos que caracterizan las estructuras de poder en las relaciones internacionales. Parecería que estas relaciones internacionales se tejen en un caprichoso “orden desordenado” de cosas que, paradójicamente, perviven en un, hasta cierto punto real, aunque débil equilibrio.

Los que hemos visto “House of Cards”, la exitosa serie estadounidense de televisión que retrata de forma cruda, en una especie de maridaje entre lo real y lo no tanto, la lucha de poder a lo interno de Washington y también hacia lo externo de la Casa Blanca, hemos sido testigos de la relación de amor y odio, encarnada en acciones de poder efectivo, entre los Estados Unidos y Rusia.

Esa lucha cierta de poder en que los Estados Unidos por momentos acapara todos los titulares, pero luego es Rusia la que, como en una especie de posicionamiento cíclico tiene la atención del mundo entero, está presente día a día en la dinámica de las relaciones entre oriente y occidente.

Rusia, a partir de la desaparición de la Unión Soviética y del proceso de transición que esto trajo consigo, no solo logró bajo la dirección primero de Boris Yeltsin y luego de Vladimir Putin desde el año 2000, la estabilidad interna, sino también un gran poderío económico basado en los precios de sus recursos petroleros y energéticos.

Ese gran crecimiento que vivía Rusia fue detenido por la grave crisis económica de 2008, e incluso, hasta el día de hoy, por la manipulación en los precios del petróleo, sin contar con el daño a su economía que le propinaron las sanciones de Estados Unidos y la Unión Europea a raíz del conflicto con Ucrania.

Otros aspectos que debilitaron a Rusia fueron el conflicto armado con Georgia de agosto de 2008, relacionado con las repúblicas secesionistas de Osetia del Sur y Abjasia y los intentos de los gobiernos georgiano y ucraniano de incorporarse a la Alianza Atlántica.

Aun así, el protagonismo único de los Estados Unidos cada vez se ve más mermado frente al empuje e interés mediático que despiertan los acontecimientos que se suscitan en los países de Oriente Medio, Rusia y Asia.
Otro país que despierta pasiones en el análisis de las relaciones internacionales contemporáneas es China, país que rivaliza con los Estados Unidos por el sitial de primera potencia mundial.

China, aun cuando su economía ha entrado en una situación de ralentización, no cede espacio en la opinión pública internacional que permita pensar que está ausente de las cuestiones más importantes de este nuevo orden mundial marcado por este gran desorden.

La historia también es cíclica

Tras la derrota de Francia en la guerra franco-prusiana en 1871, el canciller prusiano Otto Von Bismarck, creador del estado alemán moderno, creó una serie de alianzas que, no solo sirvieron en el momento para aislar a Francia y frenar cualquier tipo de venganza de su parte, sino también para preservar la paz en Europa por más de 30 años.

Este sistema de alianzas internacionales al que los historiadores denominan como “Sistemas Bismarckianos” se basó en una serie de alianzas diplomáticas y políticas que conllevó un aumento inusitado del poderío armamentístico de los países con el objetivo de disuadir a los contrarios, razón por la que a este periodo se le denominó como “Paz Armada”.

Esta frágil paz, sin embargo, al cambiar paulatinamente las alianzas que le dieron origen propició la formación de bloques antagónicos que terminarían enfrentados en la Primera Guerra Mundial de 1914, con la inmensa estela de muerte que todos conocen.

Evidentemente, los intereses económicos que norman las relaciones diplomáticas y políticas actuales nos inducen a pensar que una conflagración bélica de las dimensiones de la Primera y Segunda Guerra Mundial parecería imposible.

Basta con ver, por ejemplo, que Rusia en respuesta al derribo de uno de sus aviones de combate por parte de Turquía, en vez de desencadenar un conflicto bélico, le aplica medidas de ahogamiento económico tan fuertes que el presidente turco termina yendo a pedir disculpas al Kremlin. O el paradójico caso de Venezuela con los Estados Unidos, con quien mantiene desde hace años unas tirantes relaciones y sin embargo nunca ha dejado de venderle petróleo a Washington.

No obstante, la historia ciertamente es cíclica. Vamos a Asia.

La tensa situación por el dominio del mar meridional de la China, los conflictos fronterizos de ese país con Vietnam, Filipinas, Brunei, así como la omnipresencia de los Estados Unidos con su esquema de acuerdos estratégicos de defensa con países de la región, por un lado, y por otro, la situación económica acuciante de Rusia y su interés en hacer contrapeso geopolítico al poderío estadounidense, ha provocado que China y Rusia establezcan una alianza cuyos efectos llegan incluso a Siria, en donde el primero presta asistencia al ejército del gobierno de Bashar Al Asad, aliado sempiterno del segundo.

Por otro lado, Japón y Rusia acaban de firmar, en el marco del Foro Económico Oriental celebrado hace unos días en la ciudad de Vladivostok, acuerdos por más de 1,300 millones de dólares y avanzan en el diálogo para firmar un acuerdo de paz pendiente desde la Segunda Guerra Mundial, en un acercamiento hasta ahora nunca visto.

Indudablemente, la percepción es que Estados Unidos pierde poderío en esta parte del planeta.

Todo este nuevo sistema de alianzas se acompaña, como en el Sistema Bismarckiano de finales del siglo XIX, por una extraordinaria, sorprendente y nunca antes vista carrera armamentista en esa región, tanto que incluso Japón, país tradicionalmente pacifista, ha incrementado su presupuesto de defensa debido a las constantes muestras de poder y de provocación de China en el mar que rodea las islas japonesas llamadas Senkaku y a las provocativas pruebas de misiles balísticos de Corea del Norte.

Evidentemente vivimos en una paz excesivamente armada bajo el peligro latente de que, concertadas las alianzas, fortalecidos los bloques y con la veleidosa posibilidad de incumplimiento de acuerdos o con la posible desdicha de que se produzca un accidente entre fuerzas de guerra de alguno de estos países, se desencadene un conflicto que luego lamente la humanidad completa.

Ojalá que los resultados del periodo electoral que vive los Estados Unidos no contribuyan a exacerbar la lucha entre estos poderes hegemónicos y que por el contrario permitan encontrar vías de avenencia que posibiliten la generación de un equilibrio cierto, robusto y duradero.

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