Una iglesia enviada al mundo

Introducción

Octubre nos recuerda que la fe cristiana tiene una vocación de encuentro. Quien ha conocido a Jesucristo y ha descubierto en Él una fuente de esperanza tiene algo valioso que compartir. Por eso, la Iglesia dedica este mes a las misiones, justamente para despertar nuestra conciencia, agradecer a quienes llevan el Evangelio a otros pueblos y renovar la responsabilidad que todos tenemos de anunciarlo. Es una oportunidad para preguntarnos qué estamos haciendo con la fe recibida. ¿La cultivamos? ¿La transmitimos? ¿Se reconoce en nuestra manera de vivir? Celebrar el mes misionero exige que esas preguntas encuentren una respuesta en nuestras decisiones.

1-Una misión que comienza con Jesucristo

La historia de las misiones empieza en el corazón de Dios. El Padre envió a su Hijo para nuestra salvación y Jesucristo confió a sus discípulos la tarea de continuar anunciando su Evangelio. Al despedirse de ellos, les mandó hacer discípulos de todos los pueblos, bautizarlos y enseñarles a cumplir cuanto les había indicado. Ese encargo sigue vigente.

En Pentecostés, el Espíritu Santo dio a los apóstoles la fuerza para salir y hablar con valentía. Aquellos hombres, antes atemorizados, comenzaron a dar testimonio de Jesús resucitado. La Iglesia nació abierta al mundo. Su mensaje debía alcanzar otras lenguas, otras culturas y otros lugares. Desde entonces, cada generación cristiana recibe una responsabilidad: que el Evangelio siga llegando a quienes todavía no lo conocen.

2-Dos mil años de caminos abiertos

Los primeros cristianos transmitieron la fe mediante la predicación, la vida comunitaria y el testimonio personal. San Pablo recorrió ciudades y escribió cartas que seguimos leyendo. Muchos creyentes sostuvieron ese anuncio en medio de persecuciones y algunos lo sellaron con su sangre.

Con los siglos, la misión llegó a nuevos pueblos por medio de obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos. Hubo viajes difíciles, aprendizaje de idiomas y grandes sacrificios. También hubo errores y actuaciones que deben reconocerse. La fidelidad al Evangelio exige distinguir el anuncio de Cristo de cualquier afán de dominio. Una misión auténtica respeta a las personas, escucha su cultura y propone la fe con libertad. El amor de Dios nunca puede anunciarse atropellando la dignidad humana.

3-Octubre y cien años de una jornada

Dentro de esta larga historia, el mes de octubre concentra la oración, la formación y la cooperación misionera. Su celebración más conocida es el Domingo Mundial de las Misiones, llamado también DOMUND. Pío XI instituyó esta jornada en 1926 para fortalecer la participación de toda la Iglesia en la evangelización.

Este año celebramos su centenario. El próximo 18 de octubre de 2026 viviremos una jornada especialmente significativa. Cien años recuerdan una corriente de oración, generosidad y servicio que ha permitido sostener comunidades y acompañar vocaciones. Es ocasión de agradecer, pero también de renovar nuestro compromiso. Una celebración pierde fuerza cuando se limita a recordar lo realizado y deja intacta la comodidad de quienes todavía pueden hacer mucho.

Recordemos especialmente a los misioneros que viven lejos de su familia y sirven en condiciones difíciles. Detrás de todo eso hay rostros, cansancio, perseverancia y una entrega que pocas veces ocupa titulares. Nuestra oración y nuestra ayuda les recuerdan que pertenecen a una Iglesia que los acompaña y agradece su servicio generoso cotidiano.

4-Unidos para anunciar a Cristo

Para esta jornada, el papa León XIV ha elegido el lema: “Uno en Cristo, unidos en la misión”. Estas palabras sitúan nuestra tarea en su verdadera raíz: la unión con Jesucristo. La misión necesita personas que oren, escuchen su Palabra y se alimenten de los sacramentos.

También necesita comunidades capaces de trabajar juntas. ¿Cómo hablar de reconciliación si alimentamos rivalidades? ¿Cómo invitar a otros a la fraternidad cuando nos negamos a colaborar? Las divisiones debilitan nuestro testimonio.

Una parroquia donde se acoge, se perdona y se sirve ofrece un anuncio creíble. La unidad permite que los distintos dones se complementen. Cada uno aporta lo recibido y todos reconocen que el centro de la misión es Jesucristo, a quien queremos dar a conocer.

5-Dos patronos, una misma entrega

San Francisco Javier y santa Teresa del Niño Jesús, patronos de las misiones, muestran dos maneras de participar en esta tarea. Francisco Javier llevó el Evangelio a pueblos de Asia y afrontó las dificultades de viajar, aprender y encontrarse con culturas distintas. Su vida expresa la disponibilidad de quien responde al llamado de partir.

Santa Teresita vivió su entrega desde el Carmelo. Su oración y sus sacrificios estuvieron unidos al trabajo de los misioneros. En ella vemos cuánto puede contribuir una vida escondida y ofrecida a Dios. Ambos testimonios nos enseñan que la misión necesita pies que caminen y corazones que oren. Una persona enferma, anciana o imposibilitada de viajar puede sostener espiritualmente a quienes anuncian el Evangelio en lugares lejanos.

6-La generosidad organizada da frutos

Las Obras Misionales Pontificias ayudan a convertir esa participación en una colaboración constante. Son cuatro: la Obra de la Propagación de la Fe, la Infancia Misionera, la Obra de San Pedro Apóstol y la Pontificia Unión Misional. Promueven la cooperación, la formación y el apoyo a las comunidades misioneras.

En esta historia sobresale Paulina Jaricot, impulsora de la Obra de la Propagación de la Fe, fundada en 1822. Su iniciativa unió la oración con pequeñas aportaciones económicas. Comprendió que muchas personas, colaborando con perseverancia, podían sostener una obra grande. Esa enseñanza conserva actualidad. La ayuda de cada creyente, aun modesta, puede contribuir a formar futuros sacerdotes, acompañar catequistas y sostener la vida de comunidades con escasos recursos. La generosidad crece cuando aprende a organizarse.

7-Todos tenemos una responsabilidad

El Concilio Vaticano II recordó, en el decreto Ad gentes, que la Iglesia es misionera por su propia naturaleza. Por eso, el compromiso de evangelizar alcanza a todos los bautizados. Los sacerdotes y los religiosos tienen responsabilidades particulares, pero ningún cristiano queda dispensado de dar testimonio.

Una madre o un padre que transmite la fe participa en la misión. También el catequista que prepara con dedicación sus encuentros y el joven que invita a otro a acercarse a Dios. Para hacerlo necesitamos conocer mejor lo que creemos.

Una fe sin formación se vuelve frágil y encuentra dificultades para expresarse. Leer el Evangelio, profundizar en la enseñanza de la Iglesia y participar en la comunidad nos prepara para compartir nuestra esperanza con claridad y respeto.

Una familia cristiana debe cuidar esta transmisión. Los hijos necesitan ver que la oración tiene lugar en el hogar y que las decisiones se toman con conciencia. Cuando los adultos renuncian a enseñar la fe, dejan un vacío. Transmitirla exige paciencia, ejemplo y disposición para responder preguntas sin despreciar las inquietudes de nadie.

8-La misión también está cerca

Cuando pensamos en las misiones, solemos imaginar países lejanos. Es necesario conservar esa mirada universal y apoyar a quienes son enviados a otros pueblos. Al mismo tiempo, debemos mirar nuestro entorno. Cerca de nosotros hay personas que desconocen a Cristo, otras que se han alejado de la Iglesia y muchas que necesitan ser escuchadas.

En la República Dominicana, nuestras familias y comunidades pueden abrir nuevos caminos de encuentro. Una visita, una conversación o una invitación a participar en la parroquia pueden tener gran valor. Conviene acercarse sin juzgar de antemano. Hay heridas y preguntas que merecen atención. La misión comienza muchas veces cuando alguien descubre que un cristiano tiene tiempo para escucharlo y acompañarlo, y puede hablarle de Dios desde su propia experiencia.

9-Anunciar con palabras y con la vida

La misión tiene un contenido que debemos expresar: Jesucristo, su muerte y resurrección, su amor y su llamada a la conversión. Quien se acerca a la Iglesia tiene derecho a conocer ese mensaje y a recibir una enseñanza que le permita crecer en la fe.

Nuestro comportamiento debe respaldar lo que anunciamos. La honradez, el perdón, el respeto y el servicio ayudan a reconocer la fuerza del Evangelio. Por el contrario, la mentira y la indiferencia oscurecen nuestras palabras. También en las redes sociales podemos evangelizar, siempre que cuidemos la verdad y el trato a los demás. Una publicación religiosa acompañada de insultos pierde credibilidad. La coherencia exige revisar la vida y pedir a Dios la gracia de corregir lo que contradice nuestra fe.

Hablar de Cristo requiere valentía serena. Podemos expresar nuestras convicciones sin imponerlas y escuchar sin renunciar a lo que creemos. El respeto abre el diálogo; la indiferencia lo vuelve innecesario. Quien ha recibido una luz procura compartirla. Por eso, la misión pide superar el miedo a parecer distintos y ofrecer, con humildad, razones para esperar y vivir.

10-Un octubre que deje huellas

Este mes podemos asumir pequeños compromisos: rezar por los misioneros, conocer su trabajo, colaborar con la colecta del DOMUND y participar en las iniciativas de nuestra parroquia. Podemos también preguntarnos a quién hemos dejado de acompañar y con quién podríamos compartir la alegría de creer.

Octubre reúne el amor al Rosario y la conciencia misionera. Al contemplar con María la vida de Jesús, aprendemos a conocerlo mejor y a seguirlo con mayor fidelidad. Pidámosle que acompañe a quienes parten y fortalezca a quienes colaboran desde sus hogares.

La fe que hoy tenemos llegó hasta nosotros porque alguien la anunció, la enseñó y la vivió. Ahora nos corresponde transmitirla. Que este mes encuentre cristianos dispuestos a responder: con su oración, con su ayuda y con su vida. El Evangelio debe seguir encontrando caminos abiertos.

Conclusión

CERTIFICO que todo bautizado es misionero, desde el lugar donde se encuentre.

DOY FE en Santiago de los Caballeros a los nueve (9) días del mes de octubre del año del Señor dos mil veintiséis (2026).

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