“El Caminante de Nazareth”, obra original de Rafael Danilo Grullón, celebró su 30 aniversario con dos presentaciones este fin de semana en el Teatro Nacional, bajo la dirección musical de Elioenai Medina.
La producción de esta puesta en escena a manera de concierto (no de ópera), fue de Carlos Moisés Almonte y David Berg Correa. Un esfuerzo sin dudas loable, en tiempos en que marcas y estado miran muchas veces a otros lados.
No se trata solo de una ópera, que durante años la fue ampliando y trabajando su autor, agregándole “cuadros, escenas y personajes”, como apuntan sus productores. Se trata de un trailer cantado de la vida, la pasión y la ascensión de Jesucristo, el más grande hombre que ha existido en la Tierra.
Colores ajenos
La obra arranca con un llamado de cuerdas en agudo, coronado con vientos. La orquesta y el gran coro mostraron un desempeño excelente, como colchón y telón de fondo (pocas veces protagónicos) de esta obra singular.
Aquí y allá la obra está salpicada de momentos donde lo operático sinfónico, cede espacio a lo rítmico criollista, con colores africanos, pasajes que si bien pertenecen más a otro momento histórico de la música y acercan más al espectador dominicano al gozo de la obra, lo alejan algo de lo sacro. Y lo peor, dramatúrgicamente no están justificados, son traídos por el pelo. Resultan como un ruido en el sistema.
Si uno hace el ejercicio de cambiar esos pasajes con melodía sinfónica, aportaría no solo peso específico y densidad al discurso sacro, sino trascendencia a la propia obra. Fuera de esos pasajes, se trata de una obra que sí logra -sin embargo- mover a la reflexión y la fe.
Sumatoria de voces
Entre otras cosas, esta ópera -cuya mise-en-scène ha sido en forma de concierto (faltaron vestuarios, escenografía, puesta en escena teatral, falta de recursos… ¡lo normal!)-, llama la atención por mostrar la cantidad de talentos destacables dentro del mundo del canto lírico en el país. Más allá de Paola González y de Claudia Sierra, llena de entusiasmo saber que contamos con un tenor de nombre José Heredia de mucha seguridad y dramatismo en su propuesta de Jesucristo (solo hacía un poco de ruido su corte de cabello en una obra sacra); la sobriedad y experiencia de Mario Martínez, un barítono de importante recorrido internacional desde EE.UU. donde reside. El bajo José Rafael Medina, (Judas en El caminante) y el tenor Otilio Castro, así como Modesto Acosta, la mezzo Dorka Quezada, la mezzo Ruth Fermín y la contralto Verónica Rodríguez, junto al barítono Eddison Samuel Feliz y el tenor Emmanuel Vargas, mostraron el potencial de figuras para una ópera, género que no se goza hace buen tiempo en el país.
Entre todos ellos fue muy aplaudido con razón el tenor Carlos Alfredo Fatule, una de las figuras más vesátiles del panorama artístico dominicano que merece mucho más relieve en la vida artística nacional.
Entre los cuadros mejor logrados, la escena II del Acto IV: “Emaús”, narrada con plasticidad, protagonizada por Heredia, Carlos Alfredo Fatule y Alejandro Alfonso, perteneciente a Lucas 24: 13-35, lo que es santo y seña, hoy, de la Hermandad de Emaús.
