Premios, como Lo Nuestro, quizás no sean tan nuestros nada. Sino de ellos, de aquellos, de los otros. O sea, de los que mueven los hilos de los entrecijos de la industria. De esos que nos meten por los ojos lo que no queremos ver ni oír. Y que ellos estiman que sí hay que oir, porque eso es lo que da cuartos. Aquellos que en nombre del dinero, son capaces de ponerles a los niños -nunca a los suyos, por supuesto-, las “ingenuas cancioncillas” de Bad Bunny y otros malos. Apueste a que el conejo seguramente será el mayor ganador de premios de la noche.
En nombre de un patrioterismo lamentable de la Isla del Encanto de quienes han confundido la música con el coquí, creen que Bad Bunny es más importante que Rapha Ithier, quien acaba de morir cuando le faltaban seis meses y pico para cumplir los cien años. Y todavía al frente de El Gran Combo. Ese sí fue un titán de la música, arquitecto de un sonido y rector de la Universidad de la Salsa de la cual salieron voces y estilos como los de Andy Montañez, Pellín Rodríguez, Charlie Aponte, el recién fallecido Luis Rosario y Jerry Rivas, entre otros. ¿A que el público no se botó a llenar el Choliseo en homenaje a Rapha Ithier?
La lista de los nominados es tan extensa como mediocre. Y tan lejana de la música como una fábrica de cemento o de barcos mercantes.
¿Por qué se nomina a alguien a estos premios? ¿Por la calidad? Definitivamente no. ¿Quienes nominan? Las productoras empujan a sus artistas, porque claro, esto significa, ventas de streaming (que es lo único que vende) y booking (o sea, las presentaciones en vivo, de las cuales según los esquemas impuestos este siglo, las productoras tienen una mascada importante en las presentaciones en vivo).
Pregunta: ¿qué hacen las productoras? Salvo contados casos de aquellos artistas que les traen rédito constante y sonante, léase, las superestrellas del momento, en los cuales invierten (no mucho por cierto), son almacenes que sirven entre otras cosas, para frenar carreras de artistas talentosos que les puedan hacer sombra a aquellos en quienes ellos han puesto “sus complacencias”. La industria sigue siendo una máquina de moler carne. Cada vez menos ética, más inmoral y con la apuesta decidida por la mediocridad… que es más fácil de vender, a una generación donde pululan la ignorancia y el mal gusto.
