“Aquí a la sombra, Salomé”, tres mujeres y una poeta

La dramaturgia recorre la infancia de Salomé, su relación con la lectura, los vínculos familiares y su compromiso con la educación. No la reduce a poeta patriót

De pie, Teatro Rodante. FUENTE EXTERNA
De pie, Teatro Rodante. FUENTE EXTERNA

Un tambor rompe el silencio de la sala y poco después llegan los trinos de unas aves. José Andrés Molina entra por uno de los pasillos, cruza entre el público y sube a una tarima al fondo del escenario.

Desde ahí, con su guitarra eléctrica, acompañará la historia de una mujer que durante generaciones hemos conocido casi solo por los libros escolares.

Aquí a la sombra, Salomé, producción del Teatro Rodante Dominicano, abrió el IX Festival Nacional de Teatro (FENATE 2026) en la Sala Carlos Piantini del Teatro Nacional Eduardo Brito, a pocos días del natalicio de Salomé Ureña.

El montaje se acerca a la poeta como persona, con sus afectos, sus inquietudes y sus cargas, y deja a un lado la solemnidad con que solemos tratar a las figuras históricas.

Indiana Brito asume la dirección artística, Jozze Sánchez la codirección y Robelitza Pérez firma la dramaturgia, construida a partir de cartas de la familia Henríquez, poemas de Salomé y fuentes bibliográficas.

La libertad de imaginar también plantea una dificultad. El montaje reúne documentos históricos y episodios ficcionados sin establecer siempre una separación evidente.

Esa mezcla favorece el carácter íntimo de la propuesta, aunque deja al espectador la responsabilidad de distinguir cuánto pertenece a la vida documentada de Salomé y cuánto responde a la interpretación de la dramaturga.

Paloma Palacios, Madeline Abreu y Robelitza Pérez comparten el personaje. Se pasan voces, gestos y movimientos sin levantar fronteras rígidas.

El montaje reúne documentos históricos y episodios ficcionados sin establecer siempre una separación evidente.
El montaje reúne documentos históricos y episodios ficcionados sin establecer siempre una separación evidente.

Aparece la niña que descubre el mundo, la mujer enamorada, la esposa, la madre, la poeta que escribe para decir lo que le pesa. Las tres conviven en escena y a veces parecen responderse, como si recuerdos de edades distintas coincidieran en un mismo instante. Así la biografía no se vuelve una fila de episodios sueltos.

“He sido un libro abierto lleno de palabras”, es uno de los textos, y esa frase sostiene la idea central del montaje. Detrás de la escritora que registra la historia hubo una mujer que ningún poema alcanzó a contar entera.

Las actrices también dan vida a gente cercana a Salomé, entre ellas su madre y su hermana Ramona. Cambian de presencia con rapidez, y la obra depende de que cada figura se reconozca, cosa que en general logran.

La dramaturgia recorre la infancia de Salomé, su relación con la lectura, los vínculos familiares y su compromiso con la educación. No la reduce a poeta patriótica.

El poema El ave y el nido sirve de referencia y deja una lectura del hogar como lugar de cariño, de refugio y también de conflicto.

La educación ocupa un sitio especial. En una de las escenas, Madeline Abreu lleva al público hasta ese mundo en el que leer cambia lo que una casa puede ser y a quienes viven en ella. La obra recupera así la preocupación de Salomé por la formación de las mujeres, una parte de su trayectoria que merece tanta atención como sus versos.

Un momento rompe con la imagen tradicional. Salomé aparece con lentes oscuros bajo la identidad de Herminia, seudónimo que utilizó en sus escritos. Su presencia introduce humor y deja ver a una mujer irreverente, segura de su pensamiento.

Es uno de los momentos en que el montaje juega con la figura histórica y consigue acercarla al público sin perder de vista su obra.

La presencia de José Andrés Molina es uno de los aciertos del montaje. Desde una tarima visible para el público, interpreta en vivo una composición original para guitarra eléctrica sin intervenir en los diálogos.

Su silencio permite asociarlo simbólicamente con el esposo de Salomé, mientras la música acompaña los desplazamientos, modifica las atmósferas y ocupa los espacios que deja la palabra.

La iluminación de Ernesto López es uno de los trabajos técnicos más logrados del montaje. Sus cambios de intensidad acompañan los estados emocionales del personaje y, en determinadas escenas, convierten el espacio en un territorio cercano al sueño.

La luz dialoga con los desplazamientos de las actrices y con la guitarra de Molina sin competir por la atención del público.

La escenografía de Randy Encarnación y el estilismo de Lorabella completan una propuesta visual contenida, que deja el protagonismo en manos de las intérpretes.

Hacia el final aparecen dos niñas, alumnas del Instituto de Señoritas. Después de recorrer la vida íntima y literaria de Salomé, la obra encuentra en ellas una imagen sencilla de la continuidad de su labor educativa. Las niñas ocupan el escenario sin necesidad de un discurso largo.

Su presencia recuerda que el trabajo de la poeta como educadora alcanzó a generaciones que continuaron después de su muerte.

La puesta también invita a revisar cómo recordamos a las mujeres que ocuparon un lugar en la historia. Reconocemos sus obras y sus aportes, pero casi nunca miramos con la misma atención sus conflictos, sus deseos y las circunstancias en que tuvieron que decidir.

El montaje permite ver a Salomé Ureña desde esa complejidad. Aunque repasa episodios conocidos de su biografía, las tres intérpretes le dan una presencia cercana, con humor y con sensibilidad.

La dramaturgia recorre la infancia de Salomé, su relación con la lectura, los vínculos familiares y su compromiso con la educación. No la reduce a poeta patriótica
La dramaturgia recorre la infancia de Salomé, su relación con la lectura, los vínculos familiares y su compromiso con la educación. No la reduce a poeta patriótica

Queda una pregunta flotando al salir. ¿Qué hemos hecho como sociedad con aquella aspiración de Salomé de abrirle más puertas educativas a las mujeres? Esa interrogante conecta su pensamiento con el presente y le da al público una razón para revisar su historia fuera del teatro.

La presentación estuvo marcada por una ausencia. Stuart Ortiz, actor del Teatro Rodante Dominicano e integrante del elenco original, falleció el 1 de julio.

A pesar de la pérdida, la compañía decidió continuar con el montaje. Para quienes conocíamos lo ocurrido, resultaba difícil ignorar el lugar que había quedado vacío.

Durante algunos desplazamientos y silencios pensé en ese compañero que ya no ocupaba su lugar. Esa percepción pertenece a mi experiencia como espectadora y no necesariamente a las intenciones de la dirección. Pero en una obra atravesada por la memoria, la ausencia de Stuart adquirió para mí una presencia difícil de separar de lo que sucedía en escena.

Cuando se apagaron las luces del escenario y se encendieron las de la sala, quise quedarme de pie para aplaudir a las actrices que sostuvieron las distintas edades de Salomé, al equipo que hizo posible la función y a Stuart Ortiz, cuyo recuerdo también acompañó mi experiencia como espectadora.

Hay quienes se van del escenario y siguen en la escena.

La puesta también invita a revisar cómo recordamos a las mujeres que ocuparon un lugar en la historia
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