Giovanny Cruz logra acercamiento muy respetable al tema aborigen
Eliseo Diego, uno de los mejores poetas de la lengua española nos legó un poema donde dice que: “Los españoles no hicieron aquí cosas muy grandes, / pero tampoco, es cierto, las hicieron los indios, esos pobres, / que en vez de templos o pirámides nos legaron cazuelas, / en vez de altares para la sangre, recipientes para el casabe. / No sabían mucho, eran más bien felices / y no escribieron nunca”.
El dramaturgo, director y productor teatral Giovanny Cruz, va por otro rumbo con su muy imaginativa obra Ecos de sangre, -inspirada en Antígona, como ha dicho el autor- y cuya puesta en escena ha sido posible gracias a los esfuerzos de Banreservas, entidad que dedicó a él la Temporada Teatral que produce Guillermo Cordero.
Canciones, novelas y obras que han tratado de inventar el universo taíno, casi siempre resultan falsas.
Resulta un ejercicio muy arriesgado acercarse a una realidad siempre conjeturada. Sin embargo celebro el muy imaginativo acercamiento de Giovanny, inventando un paralenguaje a partir de jirones de vocablos. Imaginó igualmente vestuarios y plumajes que cuando menos quedaban poco probables para taínos, que aquí las aves nunca han tenido plumajes tan largos como para los tocados de los caciques. Pero teatro es teatro. Puro teatro, que diría el gran Tite Curet Alonso.
Me quedo, pues, con los personajes, sobre todo masculinos, defendidos por Miguel Lendor y Orestes Amador (Ananorex), ricos en matices, poblados de contradicciones y dudas, más creíbles, convincentes en sus pesares y preocupaciones. A pesar de que Guaguyona, en una de las primeras escenas, expresa: “Voy a esperar un chín”. Ese chin parece que era una voz taína. Las actrices: Yorlla Castillo (Xucaba) y Nileny Dippton (Iguanama) estuvieron muy parejas. Ambas en misma intensidad y con timbre de voz tan parecido, que desde el fondo de la sala se escuchaban casi sin diferencias y tendían a la confusión.
Defiendo la realización escenográfíca de Carlos Ortega y las imágenes en pantalla gigante. Aunque incluye el interior de un bohío que parece diseñado por el arquitecto William Lamb y no por un aborigen.
Respeto profundamente el homenaje que ha querido hacer mi gran amigo Geovanny Cruz a los pobladores anteriores de las islas caribeñas y su cultura. Y admiro mucho más su imaginación fértil, su pasión cultural y su acuciosa laboriosidad investigadora para acercarnos a la mitología que movía el motor espiritual de los taínos, de la cual fray Ramón Pané tomó como punto de partida, estas breves líneas: “Creen que hay en el cielo [un ser] inmortal, y que nadie puede verlo, y que tiene madre, mas no tiene principio, y a éste llaman locahuuague Maorocon”, citado por el ensayista e investigador Juan José Arrom.
Y aunque pudiera parecer por el título más una obra sobre vampiros, Ecos de sangre, es uno de los acercamientos posiblemente más respetables de todo lo que se ha creado alrededor de la cultura taína.
¡Y eso que es apenas un pasaje imaginado del momento antes que lleguen los españoles! Imaginar eso, ya vale destaque y reverencia.
