A Braulio se lo tragó la tierra

Su vida se reducía al manejo diario del machete con la destreza de los mosqueteros

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E ran las siete y media del último 15 de febrero. Oía los machetazos, con el vigor de sus 86 años, mal calculados y, el canto del ruiseñor, que viene cada mañana a recordarme que no debo seguir durmiendo.
Las hojas secas de plátano del conuquito de Luz, la viuda de Sune Betemit, caían para dejar las matas limpias, que servían de refugio a Ágatha, que mas luego sumaría, con su insistente maullar, el reclamo del ejército de gatos que vienen a comer, puntualmente, a mi patio.
Me acerqué a Braulio con una taza de café, un sanduichito y 300 pesos, “pa que te bebas un refresco”. Él me pasó una fundita de plástico lleno de limones, chiquiticos, pero muy jugosos. Me dijo que a los dominicanos no le ganaba nadie “…ese es un equipazo y la mayoría son del Licey…” Sonreí. Ya me sé se memoria “que no hay mejor equipo quel Licey”.
Nadie sabe cómo, en el corazón del Cibao, hay fanáticos del Licey y del Escogido, lo que le agrega un poco de ají picante a las conversaciones de campesinos cuando defienden, a rajatabla y ciegamente, a Las Águilas y, cuando no tiene de qué hablar.
Sé, porque él me lo dijo, “que fue sioretó del Licey, en época de Grillo B”, un cuento muy bonito, pero que Daniel Amaro rectifica diciendo “…que el Braulio a lo má que llegó fue a siore del equipo de Guazumal, con mayoría de rielero. Ni siquiera jugó con los Senadores de Tamboril . Pa’ mí que él no ha salido del pedazo y lo má lejo que ha llegao, ha sido Gurabo llevándole una carga de yuca a Goyín Díaz que estaba enamorao, como un perro, de la Consuelo Infante”. Era la época en que Juan Polanco tenía carros que viajaban a la Capital, Mario Alegría tenía guaguas y Nunilo era el mecánico, Ramoncito Amaro surtía sus negocios con las cargas de las recuas que Daniel manejaba.
Para Braulio, su vida se reducía al manejo diario de su machete con la misma destreza de los mosqueteros con sus espadas, sus tres calientes, el play de Guazumal, cuando estaba en los terrenos de Zoilo donde la fanaticada no tenía nada que envidiarle a los que asistían al Polo Ground o al Yankee Stadium, allí en aquel conuco prestado frente a Mamita Polanco; cargar agua de La Vena, fuente de vida y gusarapos, hasta que hicieron el pozo.

La otra parte del tiempo era hablar de pelota y defender al Licey y sus añoranzas de cuando “el gran capitán”, Pedro González, defendía la segunda y que “era el mejor, de la bolita del mundo” y, por supuesto, “muchísimo mejor que Julián Javier”, el francomacorisano que defendió esa posición con Las Águilas y Los Cardenales con un guante de escoba siempre nueva.

En los últimos años, Braulio le cuidaba la casa a Nena, que se fue a “lo paíse” y que le mandaba, de vez en cuando, unos dólares que él decía llegaban en Navidad.

Desde hace un par de años se le veía con un bastón y su colín con un caminar de balanceo, como si la brisa le impidiera avanzar. Iba y venía desde la casa que cuidaba, hasta el conuco de Luz, aunque un día, después de un traguito de ron, perdió el rumbo y fue a parar a Don Pedro por culpa de su brújula empapada de alcohol. Allí fue Nancy, Santa Teresa de Calcuta motorizada.

A Braulio no le gustaba montar animales y menos bicicleta. Su hermano, Caliente, dice que él se bebe dos botellas y queda igualito, pero Braulio no, “porque no come”.

Braulio, aunque no se montó nunca en el tren “… que pa lo único que sirve e pa matai moquito”, lo veía pasar cortando Los Rieles en dos: Guazumal Arriba por los lados de Laudy y Gruazumal Abajo desde la escuelita de Tatá hacia la carretera, pasando por donde María y sus hijos Marco “el calloso” y “el Pichaco”; Ramoncito, “el teniente”, papá de Juan Bo y hermano de Juan el Pinto; Joseíto Arias, Buchucha, Rafael Espaillat y la Grifa, Francia y Antonio, Valentín y Celita y “su recua ‘e muchacho”.

Los Rieles, después que desmantelaron el tren, se convirtió en el centro de encuentro de campesinos cansados de trabajar la tierra…” pa’ na”. Braulio tendría unos 12 años y se limitaba a oír los cuentos de camino de los grandes, los chismes, comerse un par de “dulce de a chele” de la pulpería de Franciquito La Perra o la de Quico Ramos; verlos jugar dado con el reproche de “la cortá de ojo de Juan Antonio Gómez, cuando levantaba su casita al lado del puente, frente a la escuela, por donde pasaba el tren… “que ese pedazo no es de nadie”. Y, cada domingo, con su trocha de lona, Braulio “cogía pai plei” a jugar con una pelota “forrá de teipi” que cuando se perdía en los montes por un toletazo, se acababa el juego, ahí mismo.

Cuando lo vi por última vez, el hierro de sus manos me apretó, transmitía, sin palabras, el afecto que arrastrábamos desde que mi niñez se cruzaba con su adolescencia en los callejones de lodo. Acababa de desayunar con “un pan y un refrequito” de 10 pesos, de donde Marcio, porque “café de ahí no me lo bebo… que parece colao con blumen”. Ya había que adivinarle sus frases pronunciadas sin dientes, con una cara de momia egipcia y, eso sí, siempre con su gorra liceíta.

Cuando desapareció, no dejó rastro, ni lo vieron en Don Pedro, ni en Biojó, ni en su habitación, que fue forzada para no encontrarlo podrido, en caso que se hubiese dormido para siempre; ni en los hospitales, ni en la Policía, tampoco en ninguno de los Centros Espiritistas con diferentes altares, santos y luases.
Los únicos derrumbes que por aquí se conocieron fueron los de los Betemits cuando Federico Estévez tenía una pulperiíta en el desierto alrededor de El Jobo, donde empezaba el Callejón de las Jiménez, donde está el cigarro gigantesco, por la Zona. El otro derrumbe fue el de Carlos Díaz, pero Braulio no hubiese llegado ni a la Cacata.

Casi un mes pasa, y nada. Afiches, anuncios, visitas, redes y ni las huellas de Braulio. ¡Coño!
(Escrito sin Inteligencia Artificial).

Béisbol
Nadie sabe cómo, en elcorazón del Cibao, hay fanáticos del Licey y del Escogido, lo que le agrega un poco de ají picante a las conversaciones de campesinos…”

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