Al maestro sin cariño

El señor BB, cuyo nombre real no importa, es profesor de la Universidad ÑÑ, cuya verdadera identificación, también, “vale tre pito”.

Todo el mundo sabía que era profesor con tan solo verlo de arriba abajo, con verle su brillante corbata a rayas atravesadas e inclinadas, con verle el saco que le daba más calor al que lo miraba que a él mismo aunque siempre estaba sudado; con olerle, a distancia, su rancio perfume de pulpería. Algunas veces se le veía con una ridícula bufanda como para coger un aire de que “tá acabando el tipo”. También bastaba verle los zapatos brillosos y largos como si fueran franqueadores, con verle el maletín, con verle las gafas de dos por uno compradas en la botica de la calle principal… con no verle los ojos.

Cuando entró al aula no pasó nada, él no saludó y los 17 “estudiantes” no se enteraron que había entrado, estaban muy ocupados haciendo sus tareas cotidianas de saber qué memes sobre Trump se habían hecho recientemente con inteligencia artificial o AI, que al revés , como del inglés, suena más cool.

Él tosió una vez, dos veces, tres… nadie levantó la cabeza y empezó a hablar como cuando hablamos por teléfono y se corta la conexión, pero no nos damos cuenta y seguimos.

Los “estudiantes” seguían sumergidos en sus celulares como si estuviesen en una piscina buscando en el fondo el arete de la nariz que se les cayó y que para fines de modernidad y antropología de la identidad, era muy importante.

BB explicaba que blablá, blablá, blablablá… y al darse cuenta de que había un bla que no recordaba, aunque nadie lo oía, decidió contarles una anécdota.

-“Resurta – decía mirando el rebaño de cabizbajos- que bengo yo trankilo kuando beo que la polisía ta rebisando a tuel mundo. Me paran, vajo er bidrio. El polisía be mi colvata, huele mi perfume…

-¿Lleva alma de fuego comando?
-No gracia.

-¿Haitiano?
-No gracia.

Me hiso er saludo y me indicó que ciguiera. Yo lo bi de reojo sin boltiar la cara y serré el bidrio lebantando el votón con el miñique.”

Nadie se rió ni levantó la cabeza. Los mosquitos daban un concierto de violines.

Él volvió con otro blablablá, semejante al de un profesor que explica una clase de botánica en una pizarra. Cuando terminó, todos se levantaron, recogieron sus mochilas y salieron del curso siempre con la mirada fija en Trump que acababa de caer de una trompada de Xi Jimping mientras que Rubio le echaba aire con una toallita.

Cuando salía de la Universidad llovía y BB se acordó que en una semana se inauguraría el Museo del General H.P. una casona de madera que estuvo abandonada por lustros sin que nadie hiciera nada por ella y a BB le interesó para ser su director. Elaboró, en la tranquilidad del rancho de su conuco, una biografía del General que él se inventó y solicitó, al mismo presidente, “a nombre del pueblo”, que le permitieran decir las palabras de agradecimiento por tan importante obra. Una idea de paracaidistas.

El folletín biográfico, que él llamaba libro, se lo llevó al decimero del pueblo, para que lo corrigiera aunque él sabía que ese señor no tenía título universitario ni podía tenerlo porque fue expulsado el día que discutió con un profesor que le llamó la atención porque le corregía las faltas ortográficas y los errores que cometía “demostrando” sus fórmulas matemáticas que lo obligaba a borrar la pizarra entera y empezar de nuevo. Hasta que un día, jarto de sus críticas lo sacó del aula y, como el otro se negó, se fueron a las trompadas y así, el alumno fue expulsado.

Cuando el decimero se fue a otra universidad, la cosa fue peor porque antes la lluvia de críticas, los profe le pedían que fuera él quien explicara las clases, cosa que él hizo en dos ocasiones antes de que se sumara a la alta tasa de dimisiones. Siguió estudiando, leyendo, a tal punto que “se graduó”, él mismo, de arquitecto, ingeniero, sociólogo, historiador, antropólogo, politólogo, pintor, periodista, fotógrafo, escritor, poeta, psicólogo, psiquiatra, mecanógrafo y ciclista. Todas las ejerció sin ser nombrado en ningún cargo. La de psiquiatra ocupaba el puesto primero, en orden de cantidad de clientes.

Aprendió sin maestro inglés, francés, italiano, alemán, portugués, ruso, aparte de conocer su propia lengua a la perfección.

Como filósofo, entendió la estupidez humana y siguió los consejos de Schopenhauer y Nietzsche.
Solo corrigió una sola página del folletín de BB que tenía 33 faltas ortográficas. Escribía, por ejemplo, H. Perez, H. Perres, H. Pere, H. Peres indistintamente.

Con el folletín en sus manos llegó al rancho de BB quien lo recibió muy sonriente. Pasaron a la sala. En las paredes una niña se sacaba una espina de un pie, un coche rojo bajo la lluvia llevaba, a simple vista, la marca del Mercado Modelo y del mal gusto del dueño. Llegando al rincón, un viejo con un sombrero y un cachimbo, una foto de su padre al lado de Trujillo y más de 20 recuadros entre títulos, reconocimientos y pergaminos de cursillos, talleres que él mostraba con orgullo desde su piyama azul con bolitas, como si tuviera viruelas… la piyama.

Nunca volvió a discutir con burros, cuando entendió que había tantos graduados y formados por los BBs, y decidió hacerse el tonto.

El decimero le devolvió el folletín junto a una décima:
En este día lluvioso
Le devuelvo el folletín
Tiene faltas que sin fin
Se nota que es allantoso
Pero peor, muy tramposo
Con título de AVIVATO
Es más malo que el retrato
Donde aparece con boso
Un tremendo Pretensioso
Que solo busca un contrato.
-Sidney Poitier.

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