Una historia de amor, raíces y espíritus en la frontera caribeña
Basilio Rodríguez Cañada
Especial para elCaribe
Introducción
Alejandro Vega llegó a Santo Domingo con la ilusión ingenua de un poeta joven invitado a la Feria Internacional del Libro. Lo que iba a ser una estancia breve, un encuentro académico y literario, se convirtió en una travesía inesperada hacia el corazón vivo de las tradiciones afrodominicanas.
En estas páginas, el lector hallará mucho más que el testimonio de un extranjero sorprendido ante lo exótico. Encontrará un relato de amor, de descubrimiento cultural y de riesgo vital, narrado desde la intimidad de quien se dejó arrastrar por la música de los tambores y aceptó que la poesía también puede ser frontera con lo sagrado.
La figura de Amarilis, joven escritora afrodominicana, introduce a Alejandro en un universo en el que conviven la ternura del primer amor con la intensidad de rituales ancestrales que desafían toda lógica. A través de ella y de la sabiduría de Doña Ercilia, la abuela contadora, el poeta se adentra en la celebración del Gagá, un sincretismo que es a la vez fiesta y enfrentamiento, memoria y resistencia.
El resultado es un testimonio híbrido: a medio camino entre el relato, el diario poético y la crónica espiritual. Cada capítulo revela no solo la riqueza cultural de la isla, sino también la fragilidad y la transformación de un hombre que descubre que las palabras son insuficientes cuando el misterio se hace carne.
Esta historia no pretende ser un tratado antropológico ni una guía etnográfica. Es, más bien, un cuaderno de viaje marcado por el amor, la violencia ritual y la irrupción de lo sobrenatural en lo cotidiano. Una obra que recuerda al lector que la literatura no se limita a describir el mundo, sino que puede convertirse en testimonio vivo de lo invisible.
Invitamos al lector a abrir estas páginas no como quien busca ficción, sino como quien escucha un eco antiguo que aún vibra en la tierra y en la sangre. Porque en cada verso, en cada escena, late la certeza de que el tambor no ha dejado de sonar.
Pórtico. El viaje del poeta
No recuerdo en qué momento exacto acepté la invitación. Quizá fue una tarde en Madrid, con el correo abierto y la cabeza en otra parte, cuando leí aquellas palabras que parecían tan improbables: “Estimado Alejandro Vega, la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo desea contar con su participación…”
Me reí primero, como quien recibe un gesto de azar. No era yo, pensaba, el tipo de escritor que viaja por el mundo. Apenas un poeta con un libro publicado en una editorial pequeña, con reseñas dispersas y lectores contados. Pero alguien, en algún rincón de aquella isla caribeña, había leído mis versos y pensaba que podían dialogar con los suyos. Esa idea me conmovió.
Acepté, y con ello comenzó un viaje que transformaría no solo mi vida, sino la manera en que entiendo la palabra, la memoria y el amor.
El calor fue lo primero. Ese calor espeso, que no se limita a estrujarte, sino que invade, penetra y obliga a respirar más despacio. A mi alrededor, el aeropuerto hervía de movimiento y de música, porque aquí hasta el altavoz de una sala de espera parece tocar con ritmo.
El taxi que me llevó al hotel atravesó avenidas inmensas. Vi murales de colores, vendedores en los semáforos, niños corriendo, mujeres con vestidos vibrantes. La ciudad tenía algo de caos y de sinfonía, un pulso distinto al de las ciudades europeas, como si cada esquina escondiera una historia esperando ser contada.
Esa misma tarde, cuando salí a caminar por la Zona Colonial, comprendí lo que significa habitar la historia. Las piedras de las calles parecían hablar. Las fachadas coloniales, las plazas con estatuas de conquistadores y héroes, las sombras de las iglesias: todo tenía un peso, como si se mezclaran siglos en una sola mirada.
Yo había llegado a leer poemas. Pero algo en la ciudad me decía que estaba destinado a escuchar, más que a hablar.
La inauguración de la Feria del Libro fue un desfile de voces. Escritores de todos los rincones, presentaciones que se sucedían una tras otra, y un público ávido, curioso, dispuesto a escuchar como si la literatura fuera parte de la vida cotidiana.
Me habían dado un espacio modesto: una mesa compartida con otros autores jóvenes. Pero yo no me sentí menor. Al contrario: estaba agradecido de poder leer mis versos en aquel escenario, de ver cómo los rostros se iluminaban, cómo algunos asentían en silencio, como si las palabras de un desconocido desde el otro lado del océano pudieran resonar en ellos.
Fue allí, entre libros, voces y murmullos, donde la vi por primera vez. Recuerdo sus ojos antes que su sonrisa. O quizás fue al revés, porque su rostro entero irradiaba una calidez imposible de olvidar. Se presentó con naturalidad: Amarilis Jean-Baptiste, escritora, hija de un pueblo cercano a la frontera con Haití.
Su español tenía una musicalidad distinta, cadenciosa, como si arrastrara consigo ecos de otras lenguas. Me habló de su libro, de sus cuentos, y me escuchó hablar de mis poemas como si ya los conociera. La conversación fue grata y fluida, como si nos hubiéramos buscado sin saberlo. Al despedirnos, me regaló una frase que aún resuena en mí:
—No olvide que aquí la palabra no solo se escribe. Aquí la palabra se baila, se canta y se sueña.
En los días siguientes nos encontramos varias veces. Caminamos por el Malecón, bebimos café en terrazas, recorrimos librerías. Yo sentía que cada instante con ella era un aprendizaje.
Una tarde, mientras el sol se hundía tras el mar, Amarilis me habló de su familia. De sus raíces africanas, de la cultura que se transmitía de generación en generación, y de una figura central: su abuela materna, Doña Ercilia.
—Ella es contadora —dijo con orgullo—. No de números, sino de historias. Es la guardiana de la memoria de mi pueblo. Tienes que conocerla.
Acepté sin pensarlo. Quizá porque en su voz había algo de reto, quizá porque mi corazón ya estaba rendido.
La Feria se acercaba a su fin cuando Amarilis me invitó a viajar con ella.
—Mi pueblo está cerca de la frontera con Haití. Allá entenderás lo que significa el sincretismo, lo que somos de verdad. Me habló de la Gagá, esa celebración que mezcla música, espiritualidad y resistencia. Una tradición nacida en los cañaverales, en las luchas y los cantos de los trabajadores de ascendencia africana.
Yo escuchaba fascinado. Todo sonaba misterioso, vibrante, como un poema que no conocía. Y en ese instante supe que debía ir. No solo por ella, sino porque sentía que había algo allí esperándome, algo que me llamaba más allá de las palabras.
Aquella noche, en mi habitación de hotel, abrí mi cuaderno y escribí: “Vine a leer poemas, pero las piedras, los tambores y los ojos de una mujer me dicen que debo callar para escuchar. Aquí la poesía no es tinta: es tambor, es canto, es sangre. Y yo estoy dispuesto a dejar que me arrastre.”
No sabía que esas palabras eran un presagio. Que en los días siguientes mi vida se vería envuelta en celebraciones luminosas y peligros inesperados, en ceremonias que me abrirían puertas hacia lo desconocido, en enfrentamientos que pondrían en riesgo no solo mi corazón, sino mi propia vida.
