América

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Universalis Cosmographia (1507) de Martin Waldseemüller (Fue el primer mapamundi que utilizó el nombre de “América” para identificar al Nuevo Mundo. Extraviado durante mucho tiempo, se descubrió en 1901 (en el castillo de Wolfegg, Alta Suabia, Alemania) tal vez el único ejemplar sobreviviente. La Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos lo adquirió, en mayo de 2003, por US$10 millones. Se exhibe hoy día en la sala Thomas Jefferson de dicho centro. Fue el primer planisferio en mostrar los continentes de Norte y Suramérica, y el primero en identificar el océano Pacífico como un cuerpo de agua independiente).

A caso por ser el último en ‘revelar’ el Nuevo Mundo, la historia reconoce a don Cristóbal, el ardoroso Almirante de la Mar Océana. Mucho antes de las mofas de Salamanca, empero, San Brendan iza anclas hacia el enigma desde las desiertas playas de Aranmor. Y quizá mil años antes de la alborada tibia de Guanahaní, el irlandés ha observado la tierra fértil y abundante de bosques de la Florida. Las huellas de sus botas planas, de piel de vaca sin curtir, topan entonces con una ermita construida por Enda, un santo de sangre real, en el siglo IV de nuestra era. “Aquí vivió y soñó el vidente San Fursa, al que el calendario de santos irlandeses considera precursor del Dante”, ha señalado James Joyce.

Copérnico despoja de prestigios al mundo ptolemaico. Ya no habrá sol ni luna ni estrellas girando en torno a la Tierra, en torno al hombre… en torno a Europa. Nuestro mísero planeta será diminutamente una piedra más, apenas otro objeto más que da vueltas y bailotea ingrávidos alejamientos siderales. El mundo medieval pierde su perspectiva geocéntrica. Copérnico es Prometeo que entrega a los hombres el fuego sacro de la verdad.

Palos de Moguer es bullicioso y radiante en la alborada del 3 de agosto de 1492, a la hora en que los tres barquichuelos se pierden en el horizonte. Salen ellos a perseguir una ruta más corta hacia el Japón. Cruzarán el mar de lodo, navegarán en la antípoda (donde se tiene la cabeza hacia abajo), atravesarán la zona tórrida, caminarán en las riberas del Paraíso Terrenal y llegarán, finalmente, según las cartas náuticas de Toscanelli, a las tierras fabuladas por Marco Polo.

Al pisar Cuba, en el primer viaje, los ochenta tripulantes juran encontrarse en la China, en el mítico Catai del Kublai Khan. Frente a la urgente vastedad del Orinoco (llamó ‘Dragón’ a una de sus bocas), en su tercer viaje, el Almirante percibe el Ganges, uno de los cuatro ríos paradisíacos. Cuando observa la isla de Trinidad, será absoluta su creencia de estar a las orillas del Paraíso Terrenal, ante la montaña con forma de pera descrita en el Imago Mundi del cardenal Pierre D’Ailly que “tiene una pelota muy redonda, y en lugar de ella fuese como una teta de mujer, y que esta parte de este pezón sea la más alta y propincua del cielo...”

El Renacimiento ha soñado un mundo nuevo, tiempo antes de pisar Las Lucayas. Y el ideal humanístico lo anticipa a imagen y similitud de sus apremios éticos; Marx dirá, después, que a semejanza de sus apetitos económicos. Aún no cae el telón del siglo XVI y ya la nueva Europa vislumbra el continente virgen a través del ojo maravillado de Américo Vespucio. Américo es hombre joven, perspicaz, ilustrado y en su cabeza no hay añoranzas. Conoce los clásicos griegos y latinos, tanto como la poesía de Dante y los cuentos de Bocaccio. El Renacimiento y Vespucio no buscan caminos nuevos hacia el Japón, y a ellos poco le importan los hombres con nariz de perro o los unicornios descritos por Marco Polo en Il Millione. Necesitan, sí, un trayecto, un derrotero hacia el porvenir.

De este modo, aunque idéntica la realidad, el Almirante encuentra “indios” y Américo avizora “gentes”. El oro embriaga la mente colombina, en tanto a Vespucio lo seducen precisamente esos seres impolutos para quienes “la muerte es como un arrullo”, y aquella vida primordial en la que “cada uno toma las mujeres que quiere […] mujeres de cuerpos gentiles, muy bien proporcionadas [...] y que no se ve en sus cuerpos cosa o miembro mal hecho”.

Don Cristóbal muere en Valladolid en 1506, convencido de haber encontrado un nuevo camino al Cipango, mientras las seis cartas de Américo —particularmente su Mundus Novus— provocan una revolución intelectual en Europa. El Almirante mira, mas no percibe el Mundo Nuevo; Américo, venido tarde a la cita, lo sueña, lo distingue y lo proclama.

Por ello, y dado que las cosas se cumplen en manos de quien las pretende, en la villa de Saint Dieu de la Lorena, Martín Waldseemüller, un cartógrafo y clérigo alemán que prepara nueva edición de la antigua cosmografía de Ptolomeo, bautizará el nuevo continente y sobre el mapamundi grabará las siete letras insólitas: América.

Es el 1507, y ahora la luz de Erasmo de Rotterdam acuchilla de claridades una tiniebla de once siglos.

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