José Luis Coll llevó aquella aventura verbal a una de sus expresiones más felices al publicar, en 1975, un Diccionario de Coll compuesto por centenares de palabras imaginarias, definidas con una lógica impecablemente absurda. El libro fue prologado por Camilo José Cela y rematado con un epílogo de Tip, prueba suficiente de que sus propios compañeros de viaje reconocían en aquella obra una pequeña obra maestra del ingenio.
Confieso que pocas veces un libro me ha producido una alegría semejante. No exagero si digo que en muy contadas ocasiones he reído tanto, ni tan seguido, como recorriendo aquellas páginas. No se trata únicamente de humor. Hay allí una inteligencia verbal extraordinaria, una imaginación desbordante y un dominio del castellano que sólo puede alcanzarse después de haberlo amado largamente. Porque el verdadero humorista no destruye el idioma: juega con él como un virtuoso juega con un violín. Sólo quien conoce profundamente las reglas puede permitirse el lujo de quebrantarlas.
No pretendo comentar aquí el libro. Sería una tarea inútil. Las mejores bromas pierden eficacia cuando alguien se empeña en explicarlas. Prefiero invitar al lector a entrar directamente en ese pequeño laboratorio del disparate, donde cada palabra parece haber decidido rebelarse contra el diccionario y reclamar una biografía distinta.
Con una advertencia, sin embargo. Este viaje no conviene a espíritus solemnes. Tampoco a quienes consideran que las palabras fueron creadas exclusivamente para obedecer a la gramática o al sentido común. José Luis Coll exige lectores dispuestos a dejar en la puerta los prejuicios, la rigidez y el exceso de gravedad.
Los demás corren el riesgo de no entender absolutamente nada. Y sería una verdadera lástima. Porque, como ocurre con toda gran obra de humor, detrás de cada disparate late una inteligencia secreta. Y pocas recompensas hay mayores que descubrirla entre una carcajada y la siguiente.
El diccionario de Coll (selección)
ASESENO: Que agarra el seno, dándole muerte al mismo tiempo. Esta especie humana se da con frecuencia entre los soldados recién licenciados o que disfrutan de algún permiso de fin de semana.
AUSCULTOR: Artista que modela o talla, a la vez que explora los sonidos en el pecho de la figura por él creada. Algo así le debió de ocurrir a Pigmalión, Rey de Chipre (Mit.), que se enamoró de una estatua de marfil esculpida por él mismo, y solicitó de Afrodita que le diese vida. Su súplica fue atendida y se casó con la moza, a la que puso por nombre Galatea. Pero lo que no cuenta la Historia es que Galatea, cierta noche, en pleno…. recobró su estado de marfil, y los gritos de Pigmalión aún resuenan en las cumbres del Olimpo.
AVEL: Segundo hijo de Hadán y Eba.
BIERDA: Excremento con catarro.
BUTA: Bujer de bala rebutación que cobercia con su cuerbo.
CACAMELO: Confitura de sabor fétido y repugnante.
CATAPUTA: Antigua máquina militar que servía para lanzar putas contra los castillos asediados.
CIENICIENTO: Doscientos, pero pobre, desgraciado, sin suerte.
COÑÓN: Pieza de artillería con que la mujer hace rendirse al novio remiso en el casamiento.
DALÍGULA: Pintor extravagante y déspota que nombró cónsul a su caballete.
DEMOÑO: Diablo, espíritu del mal, con el pelo recogido en la parte posterior de la cabeza.
EMBRA: Aplíquese a la mujer que ha perdido su honra.
EQUIBOCARSE: Error, desacertar al besar a una amiga de la novia, al confundirla no con la novia, sino con otra amiga de la novia.
EQUIDISTONTO: Igualdad de distancia entre varios imbéciles.
ESCARAMOZA: Que la moza es cara si se la quiere ligar.
ESFERA: No te fayas todafía.
ESMALTE: Y mañana miélcole.
ESTUPROR: Violación con asombro. (Cuando es el hombre el agente ejecutivo no se da el estupror, solamente cuando es la mujer. O sea, siempre).
ESAÚ: Me gusta más que esta U.
ESCOPUTA: Arma de las libertinas, de amplia culata y dos coñones.
ESMEALDA: Pieda peciosa de coló vede.
ESTÍO: Y el otro, sobrino.
FANTAASMA: Espectro que sufre de los bronquios, haciéndose fatigosa su respiración al arrastrar las cadenas.
FASCÍSCULO: Folleto del ano que se hace por entregas y debidamente encuadernado.
GALLAR: Estar gallado, en silendio, sin dedir ni bío.
GANGSTERÓPODO: Individuo del hampa que tiene un pie carnoso, mediante el cual se arrastra cuando es herido por la policía de los EE. UU.
GASTAR: Uno de los tres Reyes Magos, que fueron Gastar, Meltor y Baltatar.
GENOBEBO: Ge no quiero beber. Ge no me da la gana. Ge soy abstemio.
GOHETE: Famoso escritor alemán con un tubo de cartón lleno de pólvora que, unido a una varilla ligera, se elevaba en el aire al darle fuego.
HALIGAR: Dar muestras de afecto con palabras o acciones gratas, con el fin de poner a la persona de que se trata en horizontal lo más rápidamente posible.
HORMONAS: Hojas del mosmo podre y la mosma modre.
INTETAR: Procurar, pretender coger los pechos de la novia, con el pretexto de que se es huérfano y la vida ha sido muy dura con uno.
JODOBADO: Corcovado y además jodido.
LATÓN: Roedor chino, compuesto de cobre y zinc.
LOCURA: Porque si no, se muere.
MEOYORQUINO: Natural de Nueva York que se mea en plena calle, haciendo uso de sus derechos de ciudadano norteamericano.
MORIBURDO: Que está muriendo, pero de manera tosca y basta.
OTETIS: Inflamación de los senos que puede llegar a producir la sordera.
PARTURRIENTA: Dícese de la que al parir se troncha de risa.
PERFETO: Exato, correto.
PÍNCIPE: Hijo pimogénito del ey.
PLEBELLO: Dícese de quien no es noble ni hidalgo, pero es guapo como un ramito de jacintos.
PRESTIDIGESTADOR: El que embaraza a la hembra por arte de magia.
PUTANO: Gas que comercia con su cuerpo.
QUE: Pronombre relativo. O sea, que a lo mejor, ni es pronombre.
QUERELLA: Amalla, desealla, perseguilla, tumballa, poseella, abandonalla, olvidalla…
REMO: Porque si no, no llego a la orilla.
SILBESTRE: El que da silbidos en el campo para atraer la atención de la zagala, con la misma intención con que lo haría el lector, si la zagala está como uno se imagina.
SORDOMULO: Bestia de carga que no puede hablar por sordera nativa.
TATAMUDA: Empleada del hogar que no dice esta boca es mía, cuando el señorito comprueba la morbidez de sus nalgas.
TRAJODIA: Pieza teatral en la que mueren todos los que joden.
VERBORREA: Enfermedad venérea de la elocuencia.
VULGARCITO: Personaje de cuento infantil, sin la menor importancia ni detalle digno de ser destacado.
YOCASTA: Eso no hay quien se lo crea.
ZURZULLUDO: Nada, no quiere decir absolutamente nada. Así que hemos acabado.
Los límites de la carcajada
Después de recorrer estas páginas, quizá alguno llegue a la conclusión de que José Luis Coll no hizo otra cosa que jugar con las palabras. Sería un error. Los grandes humoristas nunca juegan únicamente con el lenguaje; juegan, sobre todo, con la inteligencia de quienes los leen.
Cada una de estas definiciones constituye una pequeña trampa tendida al entendimiento. El lector se aproxima convencido de conocer el significado de una palabra y, de pronto, descubre que el idioma ha decidido emanciparse de los diccionarios. Durante un instante, la lógica abdica, el sentido común vacila y la imaginación ocupa su lugar. Entonces sobreviene la risa. No porque el disparate sustituya a la razón, sino porque la razón descubre de pronto sus propias limitaciones.
Ése fue el secreto de Aristófanes cuando ridiculizaba a los sofistas; el de Cervantes al enfrentar un loco a un mundo que acaso estuviese más loco que él; el de Molière al desnudar la hipocresía bajo la apariencia de la virtud; el de Chaplin al convertir la pobreza en poesía visual; el de Groucho Marx al demostrar que una conversación podía desafiar simultáneamente la gramática, la lógica y el protocolo sin dejar de ser rigurosamente inteligente.
José Luis Coll pertenece, con pleno derecho, a esa misma estirpe. No escribe contra el idioma. Escribe desde sus entrañas. Quien desconoce profundamente una lengua apenas consigue utilizarla. Quien la conoce de verdad puede permitirse el lujo de desmontarla pieza por pieza y volver a construirla con materiales inesperados. Eso es exactamente lo que hace Coll. Sus palabras inventadas poseen una apariencia absurda, pero obedecen a una arquitectura verbal de extraordinaria precisión.
Todo humor verdadero contiene una lección de modestia. Nos recuerda que la realidad nunca coincide del todo con nuestras certezas; que las palabras, por familiares que parezcan, conservan siempre un margen de libertad; que el pensamiento excesivamente solemne termina por convertirse en caricatura de sí mismo.
Quizá por eso los regímenes autoritarios han desconfiado siempre de los humoristas. El poder tolera mejor la crítica que la risa. Contra un argumento puede levantarse otro argumento; contra una carcajada no existe refutación posible. Quien consigue hacer reír ha quebrado ya la solemnidad de aquello que parecía intocable.
Y el día en que desaparezca el humor no sólo habremos perdido la risa. Habremos empezado, sin advertirlo, a perder la libertad.
