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Un corte transversal en nuestra historia con el retrato hablado de sus protagonistas: héroes palpables del progreso colectivo.

Orlando Haza fue siempre un sugestivo y simpático individuo. Lúcido, meticuloso, agudo, culto: entendía y gestionaba el tiempo según la cognición de San Agustín. Se preguntaba al santo: ¿qué es el tiempo?; y él confesaba: “Si no me preguntan, lo sé; si me lo preguntan, no lo sé”.

Junto a Rafael Pellerano, su socio eterno, Orlando encabezó la firma Haza & Pellerano, una de las más exitosas empresas de construcción de nuestra historia. Fabricaban ellos con esmero, con pundonor obras de gran magnitud y complejidad: configuraciones multipisos, estructuras institucionales (‘verbi gratia’: la magna sede del Banco Popular), enormes silos para almacenaje de granos con el empleo de formaletas deslizantes…

Tenía yo veintidós años cuando lo conocí como mi profesor de Carreteras en la universidad. Y debo reconocer que fue instantánea la empatía. Él hablaba con una sensatez y un ingenio, con una tranquilidad y un donaire que, por cierto, muy escasa relación guardaba con la rabia, desolada e ineficaz, que a muchos envolvía en aquellas horas de nuestra luctuosa postguerra de intramuros.

En aquellas aulas precipitadas, Orlando ejercía un singular magisterio. Nos adiestraba en lo básico, en lo académicamente primordial, pero a la vez, durante esos días de aflicción, esbozaba pautas y actitudes imprescindibles para resistir el embate. Pasaron las primaveras, y dieciocho años después juntos agotamos la experiencia de ser ministros del gobierno. Por largo tiempo, ahora lo digo sin ambages, fue Orlando un amigo inquebrantable y afectuoso. Si me viese obligado a definirlo, diría: un niño aventajado y despierto, hasta el momento de su desaparición poco antes de alcanzar los ochenta años. Con él compartí la música, la conversación grave, la carcajada, los amigos, los caballos, el White Label y, más que nada, de él asimilé claves esenciales a la hora de saborear la vida.

Para rellenar esas cavidades que los años socavan en la existencia humana, Orlando se inventó un género literario: las “paverías”. Escribía bien, dueño de una sencillez docta que lo acercaba al hechizo del lenguaje oral. Emergía así en sus palabras, diáfano, el lazo familiar con el poeta y patriota Manuel Rodríguez Objío.

En diciembre de 1998, Orlando y quien escribe estas líneas pusimos en circulación sendos libros en el auditorio de Casa de Teatro. Fue un acto impar en el que Orlando presentó mi obra “Menesteres y otras urgencias” y, en reciprocidad, se me brindó el honroso placer de comentar su libro “Paverías, nostalgias y otros temas serios”.

A riesgo de transgredir los límites de mi secreta vanidad, me permitiré invitarlo a pronunciar su discurso de aquella noche, ahora distante y teñida de una nostálgica tristeza.


Orlando presenta mi libro

Cuando en 1991 iba a publicar mi primer libro, llamado “Nuestra generación”, pedí ayuda a mi compadre Virgilio Díaz Grullón y a Bernardo Vega, ambos varias veces galardonados por escribir y publicar libros. Bernardo, infinitamente mejor vendedor que mi compadre Virgilio, entre otras valiosas recomendaciones me dijo que para lanzar mi libro yo debía buscar un amigo leal con reputación literaria o intelectual, que en el acto de lanzamiento dijera que mi libro era original, inteligente, estimulante y bellamente escrito.

Para no volver a errar, sobre todo porque ahora se trata de una recopilación de artículos ya publicados en la prensa diaria, esta noche, cuando lanzo mi segundo libro, lo he hecho al alimón con Pedritín, con lo que aprovecho su personalidad casi alucinante, como dice Marcio Veloz Maggiolo en el prólogo de su libro. Pedritín y yo estamos, pues, cumpliendo mutuamente con la recomendación de Bernardo sobre el amigo leal: yo piropeo su libro y él piropea el mío. Sin embargo, de entrada debo reconocer que mi uso del castellano no alcanza la belleza y la riqueza del suyo.

Pedritín es un ingeniero raro, pues no cumple con lo establecido por la sabiduría convencional sobre nuestra profesión: se transporta en automóvil y no en camioneta; anda con ropa y zapatos limpios y no con blue-jeans y botas sucias; se expresa en prosa y no sólo en fórmulas matemáticas; asiste regularmente a lanzamientos de libros y obras de arte, y con frecuencia viste de saco y corbata; cosa esta última que yo hago pocas veces. Como también lo dice Marcio en el prólogo, Pedritín es un renacentista: todo le interesa, todo lo estudia y todo lo aprende. Ingeniero capaz, músico fino y versátil, culto, y señores…¡esa memoria! Hace algún tiempo su esposa Kitty y él pasaron un fin de semana en nuestra casa de Jarabacoa, y el sábado en la tardecita Julio y Lily Senior, pareja añoñona que tiene una capacidad inagotable para entretener a sus amigos, nos llevaron a su casa a oír jazz. A los acordes iniciales de la primera pieza, Pedritín la identificó y enumeró sin equivocarse el nombre de cada componente del conjunto y el instrumento que tocaba.

Como por quince años he sido su amigo y compañero de veladas diversas. Mucho antes fui su profesor en la UASD, y desde entonces domina la materia mejor que yo. Conozco bien su vasta y polifacética cultura, su espectacular memoria y su hermoso manejo del lenguaje. Tampoco voy a tratar de detectar las influencias que lo matizan, pues él es claramente un producto criollo de la cultura universal.

Vale aclarar que Pedritín era un avaro con su talento literario. Ocasionalmente publicaba artículos en la prensa diaria o hacía presentaciones de libros ajenos y exposiciones de pintura, pero la revista Rumbo lo convenció de abandonar su avaricia y cumplir el compromiso de entregar un artículo para su página “Menesteres” en cada edición, con el deleite semanal de sus lectores, que somos numerosos. Pero, ¡ojo!, hay que estar alerta durante la lectura de sus artículos, pues algunos son elegantes paverías disfrazadas de temas serios y, si se descuidan, Pedritín les tomará el pelo.

En las tres secciones de este libro encontramos sus grandes amores y las cosas que le duelen: la música popular y la clásica; México, principalmente a través de Fernando Benítez, importante intelectual que siendo embajador aquí instiló en Pedritín el amor a ese gran país; Venezuela, por sus múltiples viajes allí y por su admiración por Miranda y Bolívar; la futurología pesimista; las excursiones a la historia lejana; el arte en todas sus expresiones, y su intolerancia con la insensatez, principalmente la expresada en proyectos públicos.

Por último, no voy a dejar pasar esta oportunidad para atribuirme una parte del mérito por el lanzamiento del libro de Pedritín. Fue tanto lo que le insté a escribir una novela o una crónica, o a publicar sus hermosos artículos sobre temas de amplio espectro, que no le quedó más remedio que hacer lo último. Mientras tanto, deleitémonos con el libro que me honro en presentar esta noche y, como botón de muestra de lo que van luego a disfrutar en sus hogares, me permito leerles fragmentos de uno de los trabajos incluidos en el mismo, titulado “Los colores de la costumbre”, del catálogo de la exposición de artesanía de Laura Pezzotti-Baker, presentada en Casa de Bastidas en agosto de 1992:

“Al principio, como tantas veces, usted no advierte el latido persistente, la emoción implacable, el terco lenguaje de esos objetos que minuciosamente lo rodean con su blando furor de cosa útil, de trampa cotidiana. A usted, en tal caso, se le ocurre pensar que está a salvo, en una orilla apartada de la euforia que estalla ante sus ojos: ileso, en el lugar seguro que no alcanzan la violencia ni los laberintos. Suya, cree, acaso, es la ribera indemne que lo separa del aluvión deshecho en temblores azules y rojos y naranjas”.

“En ese instante, es obvio, usted no necesita de las palabras; así, atento sólo al aire, a la ráfaga de repentinas transparencias, al pulso de ese viento que traza garabatos de amapola en la cabellera de la luz. Incierto, inclusive, ha de parecerle el vocablo tenaz, la bizarra elocuencia, la sobrehumana sabiduría de esa madera; dudoso, tal vez, el interminable trepidar de ramas que colma la dura vastedad de aquella brisa”.

“Hasta que, de pronto, usted se percibe solo, desnudo, lanzado a un enigma que le sacude las venas; arrojado a un arcano sin pausas que refuta la vigilia frágil de sus ojos: abandonado en la pureza de un edén de sombras y usanzas y atavismos”.

“Pero ya será tarde. Irreparablemente tarde”.

“Porque en aquel momento usted no podrá detener la fragancia ni la lluvia ni el fragor de tambores, como tampoco tendrá claves para explicar de qué asombro de aurora, de qué vértigo han brotado las alas en esos cuerpos que revolotean sobre usted y que rebasan su desconcierto; las alas levísimas de esas piezas de tronco y ensueño que ya palpitan con el mismo corazón con que usted las mira y, sin tregua, penetran en su cuerpo con la sustancialidad de un linaje obstinado. Con una lenta resonancia de gaviotas en su sangre; con ese albedrío de colores que asomó en los ojos de Laura y ahora deletrea canciones de tierra en la pizarra absorta de otros ojos”.

Sin nada más que decir, pongo formalmente en circulación el libro “Menesteres y otras urgencias”, de Pedro Delgado Malagón.

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