Santo Domingo: una conversación con el tiempo

Ensayos sobre la ciudad y la civilización

VI. La arquitectura de una sociedad
Hay ciudades que pueden leerse como un libro y otras que se parecen a un palimpsesto, porque cada época escribe sobre la anterior sin conseguir borrarla por completo. Santo Domingo pertenece a estas últimas. Bajo el hormigón persiste la piedra; detrás de una avenida puede reconocerse el trazado de un camino antiguo; en la sombra de una torre sobrevive a veces la silueta de una casa desaparecida. La ciudad recuerda de una manera distinta a nosotros: recuerda mediante sus muros, patios, calles, plazas y espacios vacíos.

La arquitectura forma parte de esa memoria, pero también de la idea que una sociedad tiene de sí misma. Un edificio no es sólo una combinación de materiales, estructuras y volúmenes destinada a resolver necesidades. Es una decisión acerca de cómo queremos vivir, de qué consideramos digno de permanecer y de qué futuro estamos dispuestos a construir.

La Ciudad Colonial constituye el primer capítulo de esa historia. Sus muros de piedra coralina, patios, arcadas y balcones pertenecen a un tiempo en que construir significaba enfrentarse al aislamiento, al clima, a las necesidades defensivas y a la distancia de la metrópoli. De aquellas circunstancias nació una arquitectura sobria, en la que la belleza dependía menos de la ornamentación que de la proporción, la sombra y la luz.

Fuera de las murallas, Gazcue representa una transformación profunda. La ciudad descubre el jardín, el árbol, la galería y la sombra. Las casas se separan de la calle y establecen otra relación con el espacio público. Ya no se trata sólo de defender el interior contra el exterior, sino de incorporar el exterior a la vida cotidiana.

Gazcue fue, por eso, mucho más que un barrio residencial. Fue una idea de ciudad. En sus viviendas convivieron el eclecticismo, el neoclasicismo, el art déco y las primeras expresiones de la arquitectura moderna. Por encima de esas diferencias existía una preocupación común: la adaptación al clima. Patios, aleros, galerías y ventanas abiertas no eran adornos, sino soluciones. Aquella arquitectura entendía algo que la construcción contemporánea debería recordar: el clima no es un enemigo que pueda vencerse con tecnología; es una condición que debe incorporarse al proyecto.

A mediados del siglo XX, el crecimiento del Estado y el proyecto de modernización encontraron en la arquitectura una de sus expresiones más visibles. El Palacio Nacional, construido entre 1944 y 1947 según el proyecto del ingeniero Guido D’Alessandro, es una expresión característica de esa concepción. Su lenguaje neoclásico y su escala monumental responden a una arquitectura que aspiraba a representar la estabilidad del poder. El edificio público no era solamente un lugar de trabajo: era también un símbolo.

Paralelamente, la modernidad arquitectónica llegó a Santo Domingo y encontró arquitectos capaces de interpretarla desde las condiciones del país. Las nuevas formas no podían trasladarse mecánicamente desde Europa o Estados Unidos. Había que adaptarlas a la luz, al clima, a los materiales y a las necesidades de una sociedad caribeña.

Guillermo González fue uno de los protagonistas decisivos. El Edificio Copello y, sobre todo, el Hotel Jaragua introdujeron una ruptura con la arquitectura precedente. El hormigón armado, la racionalidad estructural y la organización funcional anunciaban una ciudad que quería ser moderna y comenzaba a comprender que la modernidad no consistía sólo en adoptar nuevas formas, sino en transformar la manera de habitar.

José Antonio Caro Álvarez representa otra vertiente fundamental de aquella generación. Arquitecto, urbanista, profesor y rector universitario, entendió que los edificios no podían considerarse objetos aislados. La Facultad de Ingeniería y Arquitectura de la Universidad de Santo Domingo, proyectada en 1955, pertenece al momento en que la arquitectura moderna adquirió una expresión propia en Santo Domingo.

González y Caro modificaron algo más importante que el aspecto de los edificios: modificaron la idea de ciudad. Santo Domingo comenzó a concebirse como un territorio que podía ser planificado, como un sistema de calles, usos, servicios y relaciones. La ciudad dejó de ser una suma de edificios y empezó a convertirse en un problema de organización.

Uno de los grandes responsables de esa transformación fue el automóvil. Llegó acompañado de una promesa irresistible: velocidad, libertad, movilidad. Las avenidas se ensancharon, los edificios retrocedieron y aparecieron estacionamientos y accesos. La calle, durante siglos lugar de tránsito peatonal, encuentro y conversación, comenzó a transformarse en un espacio dominado por la circulación.

En las últimas décadas, la expansión vertical modificó nuevamente el paisaje. Piantini, Naco, Serrallés, Evaristo Morales y Bella Vista se llenaron de torres que expresan nuevas formas de residencia y trabajo. Pero la altura no equivale necesariamente a calidad arquitectónica. Un edificio puede ser alto y mediocre; una ciudad puede crecer verticalmente y perder calidad en sus espacios públicos.

La verdadera arquitectura urbana comienza muchas veces en un lugar al que concedemos poca importancia: la acera. Una acera continua permite caminar. Un árbol puede transformar la temperatura de una calle. Una plaza crea encuentro. Un parque devuelve a los niños una parte del territorio urbano ocupado por el automóvil. Una escuela, una biblioteca o una esquina bien diseñada pueden influir sobre la vida cotidiana más que muchos edificios monumentales.

Santo Domingo ha demostrado capacidad técnica y económica para construir edificios complejos. El desafío consiste en evitar que esa excelencia termine en la entrada del edificio. Una torre de gran calidad arquitectónica conectada a una acera deteriorada constituye una contradicción. La arquitectura no termina en la propiedad privada. Continúa en la calle.

Y la calle enfrenta ahora una transformación que no puede ignorarse: la presencia masiva de motocicletas. Automóviles, autobuses, motocicletas, peatones, estacionamientos, carga, descarga, cruces y accesos compiten por una superficie limitada. Las calles fueron diseñadas bajo supuestos que ya no corresponden plenamente a la realidad. La sección vial debe ser reconsiderada. La movilidad ya no puede resolverse simplemente agregando carriles.

Los edificios deben pensarse también desde la manera en que se llega hasta ellos. La infraestructura no es el escenario sobre el cual aparece la arquitectura: forma parte de ella. Una acera, un cruce, una rampa, una parada de transporte o un acceso vehicular condicionan la experiencia del edificio tanto como su fachada.

También es necesario recuperar una relación inteligente con el clima. Santo Domingo posee una tradición arquitectónica que durante siglos supo responder al sol, la lluvia y los vientos alisios. Patios, galerías, balcones, aleros y árboles constituían soluciones sencillas y eficaces.

Algunos edificios contemporáneos parecen, en cambio, construidos contra el Caribe: grandes superficies de vidrio, escasa protección solar y dependencia excesiva del aire acondicionado. Podrían estar en cualquier lugar. Precisamente por eso, parecen no pertenecer a ninguno.

La arquitectura contemporánea no debe confundirse con la negación del lugar. La tecnología no ha abolido el sol ni la humedad. Santo Domingo puede desarrollar una arquitectura moderna y, al mismo tiempo, caribeña. No se trata de copiar las formas del pasado, sino de comprender sus principios. El patio y la galería resolvían problemas de ventilación y sombra mucho antes de que habláramos de sostenibilidad. El futuro puede recuperar esa inteligencia sin repetir aquellas formas.

Una sociedad se define por lo que construye, pero también por lo que decide conservar y por aquello que permite desaparecer. Demoler un edificio es una decisión arquitectónica, pero también histórica. Conservarlo significa mantener una relación con quienes nos precedieron. Una ciudad madura necesita ambas cosas: memoria para saber qué conservar y capacidad de transformación para responder a nuevas necesidades.

Santo Domingo habla a través de sus edificios: de la piedra coralina de la Ciudad Colonial, de las casas de Gazcue, del Jaragua de Guillermo González, de la obra de José Antonio Caro, de sus ministerios, universidades y torres. Pero su voz más auténtica quizá esté en aquello que todos pueden utilizar.

Una ciudad no es solamente la suma de sus edificios. Es también la distancia entre ellos, el espacio que los separa y permite relacionarlos. Es la fachada y la acera, la torre y el árbol, la plaza y la sombra, lo construido y lo que deliberadamente se conserva vacío.

La arquitectura, finalmente, no dice solamente quiénes fuimos. Dice qué clase de sociedad somos capaces de construir y qué clase de ciudad estamos dispuestos a entregar a quienes vendrán.

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