Cada octubre, la Iglesia universal vuelve a sus fuentes más profundas para recordar que no existe auténtica comunidad cristiana sin ardor misionero. Es un tiempo de renovación de la identidad misma de la Iglesia, porque ella es, en palabras del Concilio Vaticano II, “por su naturaleza, misionera” (Ad gentes, 2).
El origen de esta conmemoración se remonta a 1926, cuando el papa Pío XI estableció el Domingo Mundial de las Misiones, hoy conocido como Domund, para que todo el Pueblo de Dios se sintiera responsable de la evangelización de los pueblos y para apoyar a las Iglesias jóvenes y a los misioneros que llevan el Evangelio a territorios donde Cristo apenas es conocido. La elección de que sea octubre está estrechamente ligada a la memoria de Santa Teresita del Niño Jesús, proclamada patrona de las misiones por Pío XI en 1927, aunque nunca salió de su convento de Lisieux. Su vida contemplativa mostró que la oración y la ofrenda de la propia existencia son también fuerza interior de la misión.
Así, octubre se ha convertido en un mes en que la Iglesia entera, en la persona de sus obispos, presbíteros, consagrados, laicos y familias, es convocada a reavivar su conciencia misionera. En este 2025, a las puertas del Jubileo, resuena con más urgencia el llamado de Cristo: “Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio a toda criatura” (Mc 16,15).
1-La misión es don recibido y tarea universal
Ser misionero no es una función añadida ni un ministerio reservado a unos pocos; es la consecuencia natural del bautismo. Como recordaba el papa Francisco: “Todo cristiano es misionero en la medida en que ha encontrado el amor de Dios en Cristo Jesús” (Evangelii gaudium, 120). En efecto, por el bautismo somos injertados en Cristo y hechos partícipes de su misión de reconciliar a la humanidad con el Padre.
Esta convicción derrumba dos ideas erróneas:
1.La de que la misión es un esfuerzo proselitista, casi una estrategia de expansión; no lo es. La misión nace del asombro ante el don recibido. El cristiano que se sabe amado por Dios quiere compartir esa alegría.
2.La de que sólo van de misión quienes cruzan fronteras geográficas. La Iglesia distingue entre misión ad gentes, es decir, llevar el Evangelio a quienes no lo conocen, y la nueva evangelización, que busca reavivar la fe en sociedades donde la presencia cristiana se ha debilitado. Ambas dimensiones son necesarias y complementarias.
La misión, por tanto, es un don que impulsa a salir de sí para encontrarse con el otro. No es solo actividad. Es también actitud: apertura, disponibilidad, escucha, diálogo, anuncio.
2-Fundamentos bíblicos de la misión
El envío misionero hunde sus raíces en la Escritura. Desde el llamado a Abrahán, bendición para todas las naciones (Gn 12,3), pasando por los profetas que anunciaron la universalidad de la salvación, hasta la plenitud en Cristo, quien, resucitado, confía a los apóstoles la gran tarea de ir a todos los pueblos (Mt 28,19-20).
El libro de los Hechos de los Apóstoles es, en cierto modo, el primer manual de misión. Narra el paso de una comunidad cerrada y temerosa a una Iglesia en salida, conducida por el Espíritu Santo. No hay misión sin Espíritu, pues Él es el protagonista de la evangelización.
Para la Iglesia de hoy, volver a la Escritura es vital. El mes de octubre, también mes del Rosario y de Santa Teresita, nos hace pensar que la misión no se sostiene solo en el esfuerzo humano, sino en la oración que implora el Espíritu, como en Pentecostés.
3- La urgencia misionera de nuestro tiempo
Si en los primeros siglos el anuncio se dirigía a pueblos que nunca habían escuchado hablar de Cristo, hoy el desafío se amplía y diversifica. Vivimos en una época de secularización, indiferencia religiosa, ideologías que niegan la trascendencia, y, a la vez, nuevas búsquedas espirituales. Multitudes en las periferias urbanas y rurales esperan una palabra de esperanza, mientras que en muchas regiones de África, Asia y el Caribe todavía hay comunidades que apenas han recibido la semilla del Evangelio.
El papa Francisco hablaba de la necesidad de “una Iglesia en salida”, que no se encierre en estructuras cómodas ni se conforme con la administración de lo ya conseguido. La misión hoy exige creatividad pastoral, cercanía a los pobres y respeto por las culturas. No se trata de imponer, sino de proponer con testimonio creíble.
La creciente interconexión global, evidente en los medios digitales, migraciones, redes sociales, es a la vez reto y oportunidad. Las nuevas “plazas” virtuales son lugares donde anunciar el Evangelio, aunque requieren discernimiento para no caer en superficialidades. Por otro lado, la movilidad humana lleva a los misioneros a acompañar a migrantes, desplazados y refugiados, que se han convertido en sujetos y destinatarios de la misión.
4-Dimensiones esenciales de la misión
Podemos destacar cuatro dimensiones que atraviesan toda acción misionera auténtica:
1.Anuncio kerigmático: El primer anuncio de Jesucristo muerto y resucitado es insustituible. La misión comienza con el encuentro personal con Cristo vivo.
2.Testimonio de vida: Las palabras pierden fuerza si no se respaldan con gestos de servicio, justicia, fraternidad y cuidado de los más débiles. La caridad es el mejor argumento del Evangelio.
3.Inculturación: El Evangelio no uniforma culturas, sino que las asume y purifica. El misionero aprende la lengua, las tradiciones, los símbolos de los pueblos que evangeliza, para que la fe sea verdaderamente suya.
4.Diálogo: En un mundo plural, la misión se ejerce en diálogo respetuoso con otras religiones y cosmovisiones.
5-Los laicos y familias son protagonistas de la misión
A menudo se piensa en la misión como tarea de sacerdotes y religiosos. Sin embargo, desde el Concilio Vaticano II se ha hecho más clara la vocación misionera de los laicos. Ellos, insertos en el tejido de la sociedad, pueden llevar el Evangelio a los ambientes donde el clero no llega. Piénsese en el mundo del trabajo, de la cultura, de la política, de los medios de comunicación.
Las familias misioneras, por su parte, son semilla de comunidad eclesial en los lugares de misión. En ellas, los hijos aprenden desde pequeños que la fe se comparte.
Incluso los ancianos y los enfermos participan activamente al ofrecer sus sufrimientos por la fecundidad de la evangelización. La misión es obra de todo el Pueblo de Dios.
6-El Domund y la solidaridad
La misión requiere oración y compromiso, pero también medios materiales. Por eso el Domingo Mundial de las Misiones, que este año se celebrará el 19 de octubre, es una ocasión concreta para expresar la comunión de las Iglesias. Lo que se recoge en esa jornada se destina a las Obras Misionales Pontificias para sostener a las comunidades más necesitadas. Con ello se realizan construcciones de templos, formación de catequistas, educación, asistencia sanitaria.
El compartir económico es signo tangible de fraternidad universal. Nadie puede decir: “La misión no me toca”. Todos podemos orar, ofrecer y colaborar según nuestras posibilidades.
7-Misión permanente
Nuestro continente, marcado por la fe desde los albores de la evangelización, es a la vez tierra misionera y misionera hacia otros continentes. La V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, en Aparecida (2007), habló de la “misión continental” y urgió a pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera.
En el Caribe y en República Dominicana, donde la fe ha echado raíces desde los primeros tiempos, el desafío es reavivar la identidad misionera frente a nuevas realidades. Ya lo dijimos, hay creciente secularismo, pobrezas estructurales, migraciones, proliferación de sectas, desinterés de los jóvenes.
Octubre debe ser ocasión de revisión y renovación. No basta celebrar actos, procesiones o colectas. Hay que salir al encuentro, a las calles, a los márgenes.
8-Espiritualidad misionera
Ninguna misión da fruto sin una espiritualidad sólida. El misionero es, ante todo, discípulo que ora. De rodillas ante el Señor aprende a mirar a los demás con sus ojos y a no desanimarse ante las dificultades.
El anuncio del Evangelio no está exento de persecuciones y sufrimientos. La historia de la misión está escrita con la sangre de mártires y el sacrificio de incontables hombres y mujeres. Pero el Espíritu concede también la alegría misionera, esa que nadie puede arrebatar porque nace de saberse instrumentos del amor de Dios.
El Rosario, tan característico de octubre, ha acompañado a generaciones de misioneros. María, la primera evangelizadora que llevó a Cristo en su seno, sigue alentando a la Iglesia peregrina.
9-Hacia un nuevo ardor misionero
El mundo necesita testigos de esperanza. Necesita cristianos que, sin arrogancia ni miedo, anuncien con sencillez: “Jesucristo vive y te ama”. Esa es la gran misión, ayer, hoy y siempre.
10-Un nuevo Pentecostés
La misión es obra de Dios que nos llama a colaborar. Octubre es como un nuevo Pentecostés, porque el Espíritu Santo nos impulsa a salir de nuestros encierros y a llevar el Evangelio hasta los confines, comenzando por los más cercanos.
Que este mes reavive en todos, pastores y fieles, el fuego del primer amor, para que la Iglesia siga siendo lo que debe ser: misionera por naturaleza, servidora de la humanidad, portadora de la alegría que brota del encuentro con Cristo.
Que en cada bautizado resuene la voz del Señor: “A quién enviaré… Aquí estoy, envíame” (Is 6,8).
Conclusión
CERTIFICO que octubre es un mes para renovar nuestro compromiso con la misión.
DOY FE en Santiago de los Caballeros a los tres (3) días del mes de octubre del año del Señor dos mil veinticinco (2025).
