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Introducción

La homilía del delegado apostólico del Papa Francisco, Edgar Peña Parra, ha sido tan valorada y apreciada que me pareció importante y un buen servicio entregar el texto completo de dicha homilía, que pronunció en la celebración del centenario de la Coronación Canónica de la Virgen de Altagracia.
A los que la valoraron y apreciaron y a los que no tuvieron la dicha de oírla para que tengan el texto original completo, hela aquí:

“Queridos hermanos en el Episcopado,
Sr. Presidente de la República,
autoridades civiles y militares,
queridos sacerdotes, consagrados y consagradas, queridos peregrinos y devotos de Nuestra Señora de la Altagracia:

«Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer (Ga 4,4). Estas palabras del apóstol san Pablo, queridos hermanos y hermanas, nos introducen en el misterio de aquella Mujer, llena de gracia y de bondad, a quien, generación tras generación, los dominicanos han venido a honrar a esta Basílica donde hoy nos congregamos». Con estas palabras, el Papa san Juan Pablo II iniciaba la Homilía que pronunció el 12 de octubre de 1992, durante la Santa Misa que celebró en el Santuario de Nuestra Señora de la Altagracia en Higüey.

En esta ocasión, Su Santidad Francisco me ha enviado a presidir la Santa Misa de Clausura del Centenario de la Coronación canónica de Ntra. Sra. de la Altagracia. Es para mí motivo de inmensa alegría y bendición poder celebrar junto con ustedes esta Eucaristía en honor de nuestra Patrona, Protectora del pueblo dominicano y primera evangelizadora de las Américas. Desde el año 1514, su presencia vigilante y amorosa ha acompañado ininterrumpidamente a los queridos hijos de esta noble Nación, haciendo brotar en sus corazones, con la luz y la gracia de su divino Hijo Jesús, la inmensa riqueza de la vida cristiana. Como bien dice este pueblo fiel, la Virgen de la Altagracia es el más dulce regalo de Dios a los dominicanos.

Queridos hermanos y hermanas, quiero hacerles llegar el abrazo afectuoso y la bendición del Santo Padre a todos los Obispos de la República Dominicana y, en especial, al Pastor de esta Arquidiócesis de Santo Domingo, S.E. Mons. Francisco Ozoria Acosta, así como también a los obispos auxiliares, S.E. Mons. Ramón Benito Ángeles Fernández, S.E. Mons. Faustino Burgos Brisman C.M., S.E. Mons. José Amable Durán Timeo, S.E. Mons. Cecilio Raúl Berzosa Martínez, a los sacerdotes, religiosas, religiosos, a cada uno de los fieles aquí congregados y a cuantos están unidos espiritualmente a nosotros a lo largo y a lo ancho del País. Su saludo y bendición también se dirige a todas las autoridades civiles y militares presentes.

“Virgen Santísima, Madre nuestra de la Altagracia, tú eres el regalo más precioso que hemos recibido de Dios. Junto a ti y san José venimos a adorar al Niño Jesús e implorar tu bendición en el centenario de tu coronación.” Estas palabras dirigidas a nuestra Madre de la Altagracia, que forman parte de la oración del Año jubilar por el centenario de su coronación, son expresión del corazón creyente del pueblo dominicano, que se ha preparado con gran devoción y alegría para celebrar este día de fiesta singular. Con ellas pedimos una bendición muy particular a nuestra Madre en esta solemnidad: estar junto a ella y san José, en adoración.

Efectivamente, la escena representada en el cuadro de Nuestra Señora de la Altagracia nos invita a adorar al Niño Jesús en la humildad del pesebre donde con tanto amor es cuidado por su Madre María y por san José. Así podemos afirmar que el cuadro de la Altagracia nos enseña a priorizar el valor de la vida y de la familia. Pidiendo su intercesión tan milagrosa han venido a este mundo numerosos dominicanos, superando muchos impedimentos. Su imagen es una defensa y alegato en favor de la vida y de la dignidad de las personas, fueren de la raza y condición que fueren; ya que todos somos hijos del mismo Dios Padre e hijos de María Virgen y Madre; además de hermanos en Jesucristo y la misma carne del Hijo encarnado; como tales, carne de Jesucristo ungida por el mismo Espíritu y templos vivos de la Trinidad para formar un solo Pueblo, una sola Iglesia y una misma historia de salvación querida por Dios para toda la humanidad. La vida, en la Constitución de la República Dominicana, es el primer derecho civil del que se hace mención. Y en su artículo 37 se lee: “El derecho a la vida es inviolable desde la concepción hasta la muerte”.

Pero el cuadro de la Altagracia es también una defensa al valor de la familia como institución y de los lazos familiares que han sido y son duramente probados, denigrados y marginados, pero que, al mismo tiempo, continúan siendo el punto de referencia más firme, el apoyo más fuerte, el guardián insustituible para la estabilidad de toda la comunidad humana y social. Esta imagen así mismo es un símbolo de la familia como Iglesia doméstica, donde se aprenden las primeras lecciones de fe. Como dice el Documento de Santo Domingo, la misión de la familia es «ser “Iglesia doméstica” que acoge, vive, celebra y anuncia la Palabra de Dios, es santuario donde se edifica la santidad y desde donde la Iglesia y el mundo pueden ser santificados» (CELAM 1992, II.2.3.). Así que, ¡apoyemos a la familia! Defendámosla de todo lo que ponga en peligro su belleza. Acerquémonos a este misterio del amor con asombro, discreción y ternura. Y comprometámonos a salvaguardar sus preciosos y delicados vínculos: hijos, padres, abuelos… Necesitamos estos vínculos para vivir y vivir bien, para hacer la humanidad más fraterna.

En este contexto, pensemos especialmente en los jóvenes, que son el futuro de este querido país y de la humanidad. ¡Jóvenes dominicanos!, pido a Nuestra Señora de la Altagracia que les dé fortaleza en la fe y que los conduzca a Jesucristo, porque sólo en Él encontrarán respuesta a todas sus inquietudes y anhelos; sólo Él puede apagar la sed de sus corazones. La fe cristiana nos enseña que vale la pena trabajar por una sociedad más justa; que vale la pena defender al inocente, al oprimido y al pobre; que vale la pena sacrificarse para que triunfe la civilización del amor. Que las muchas dificultades que les toca vivir no sean un obstáculo al amor, a la generosidad, sino más bien un desafío para reforzar la determinación de ser cada día mejores personas, fuertes, valientes, lúcidas y perseverantes. No se dejen seducir por el hedonismo, por las ideologías —que son los colonialismos modernos—, por la evasión, por la droga, por la violencia y las mil razones que aparentan justificarlas. Prepárense para ser los hombres y las mujeres del futuro, responsables y activos en las estructuras sociales, económicas, culturales, políticas y eclesiales de su país para que, modelados por el espíritu de Cristo y por vuestro ingenio en conseguir soluciones originales, contribuyan a alcanzar un desarrollo cada vez más humano y más cristiano. Reciban la antorcha de la fe y las sanas tradiciones que les han legado sus mayores, y láncense al futuro con valentía y esperanza.

Volvamos a contemplar el cuadro de Nuestra Señora de la Altagracia, que nos ha regalado para siempre un mensaje: No es moral ni lícito maltratar a ningún ser humano. Nuestra dignidad de hijos de Dios, de hermanos de Cristo y de templos del Espíritu nos lo exige. Y nuestra Madre, acompañada de san José, se erige en valedora y protectora de dicha dignidad. Este mensaje es siempre actual y sin fecha de caducidad, vale para todos los lugares y para los hombres y mujeres de todos los tiempos. En este cuadro tan amado y venerado se ve reflejada la perfecta imagen de las mujeres y de los hombres dominicanos, que como buenas madres y buenos padres acogen con amor, determinación y fe valiente los desafíos de la maternidad y la paternidad responsable. También se ven reflejadas algunas de las mejores características del pueblo dominicano: la alegría, la acogida, la confianza, la generosidad y el sacrificio.

Queridos hermanos y hermanas, el Santo Padre me ha pedido que los salude y en su nombre los bendiga a ustedes, a las autoridades públicas y a todos los fieles de estas hermosas tierras, también me ha pedido que los aliente, para que, como la Bienaventurada Virgen María fue llevada al cielo para dispensar su maternal caridad, el corazón de los fieles dominicanos, encendido por este mismo fuego de caridad, se adhieran más íntimamente a Cristo y sigan creciendo en fidelidad en el servicio de este misterio (cf. Carta del Santo Padre al Legado Pontificio para el Centenario de la Coronación de la imagen de Nuestra Señora de la Alta gracia, 31 de julio de 2022). Por ello, junto a María, entonemos hoy gozosos el Magníficat, dando gracias al Señor por tantos dones que nos ha concedido, y a Ella digámosle: ¡Madre de Dios! ¡Virgen de la Altagracia! Intercede por todos tus hijos e hijas que peregrinan en este País, especialmente por los jóvenes y por los ancianos, por los pobres y por cuantos sufren, protege a los niños por nacer y a todas las familias, y haz que cada persona pueda experimentar el consuelo de tu ternura y de tu amor maternal”.

Conclusión
CERTIFICO que los datos aquí dados están todos avalados científica y
documentalmente.

DOY FE en Santiago de los Caballeros a los veinticinco (25) días del mes de agosto del año del Señor dos mil veintidós (2022). l

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