Chiqui Mendoza desentierra el barón del cementerio

Chiqui Mendoza.

En la página 198 del libro “El Santiago de los 70” de Julio González aparece Chiqui en la foto de la esquina General López (hoy Pte. Guzmán) con la antigua 27 de Febrero. Justo debajo del letrero de la lavandería Vancouver, un niño de unos 6 ó 7 años mirando tímidamente, pero decidido a no quedar excluido de su ciudad. Y chiqui, a pesar de irse, se quedó para siempre en el pueblo que lo vio crecer. Era un momento difícil y de transformación donde la modernidad arrasaba sin perdón y así se fue la calle Las Carreras completa, la Estación Marte del ferrocarril y los burdeles de mala muerte a orilla del Yaque aunque Memé seguía siendo el rey itinerante indiscutible con su champú improvisado de agrio de naranja y su bebida exclusiva, agua de la cuneta.

A los trece años todo se le transformó porque el arte lo raptó para toda la vida y le dio una visión clara del mundo. Esto se fortaleció al entrar en contacto con Yoryi, Jacinto Domínguez que él luego dejó atrás para penetrar en el Ministerio del Tiempo por la puerta 666 que da a la época de Velázquez. Una vez dentro echó su timidez a un lado y se instaló en su taller y solo se escondía si aparecía el Rey Felipe lV. Fue testigo de la creación, desde los bocetos al toque final, de las obras mas importantes del sevillano: las lavanderas, el papa Inocencio, la vieja friendo huevos, el aguador, el rey y su familia, las meninas, las hilanderas y la rendición de Breda que él colocó en su altar cerebral como sus preferidos.

Para ver y admirar las obras de Andy Warhol Chiqui no necesitó del Ministerio mencionado, simplemente entró al MOMA, al Metropolitan y lo absorbió. Igual hizo con Basquiat, un vecino de origen.

Toda esa formación académica, incluido su paso por la Art Student League de New York, la Print Workshop y su experiencia al lado de Robert Blackburn en Chavón y la de Arquitectura en UTESA le dio la fuerza para encontrarse con sus raíces para iniciar un camino que no va a terminar nunca.

Cuando el cielo todavía no existía, cuando los hombres todavía no existían, cuando los dioses todavía no habían nacido, cuando la muerte todavía no existía, como se lee en perfecto jeroglífico en una tumba egipcia, todos aparecieron en las obras de arte. De la misma manera que Mahakola Yaksha y sus dieciochos demonios de la enfermedad fue representada en una escultura de Ceilán que data de 1899 y que se puede apreciar en la colección de la Universidad de Oxford en el Pitt Rivers Museums, Chiqui Mendoza revivió al barón del cementerio de Santiago quien dormía su siesta tranquilamente en una tumba que reza: “aquí yace el señor Cipriano Mallol desde el 1855. Por favor no hagan ruido y si ponen música, que no sea dembow. Gracias.”

¡Quién sabe que le pasó a Chiqui por la mente para esa creación que le dio 75 mil cañas de premio en la XVll del Centro León! Quizás algún parentesco con la baronesa del cementerio del Cristo Rey, María Mendoza. La obra de Chiqui, que no es estática, que salta como tiene que ser el trabajo creativo, lleva su sello que se transmite desde su cultura, nuestros orígenes africanos y taínos, o al revés.

Chiqui Mendoza quizás sea el “funcionario” cultural más productivo. Su trabajo en la dirección de la Escuela de Bellas Artes de Santiago no le ha impedido continuar su producción. Los poetas, escritores, pintores, teatreros, músicos que son nombrados en la función pública se secan y mas que artistas se convierten en activistas políticos. Dejan de pintar, dejan de escribir, no componen ni tocan sus instrumentos, los de teatros asumen el rol mal actuado de politiqueros malos porque ese no es su oficio, y ya no tienen más sueño, que es lo que mueve al mundo, aunque muchas veces parezcan imposibles. No nos damos cuenta que invertir en cultura es invertir a favor del país, elevar la calidad de vida de los ciudadanos, lograr un mejor país para todos. ¿Cómo es que no hay dinero para cultura y para los partidos políticos hay miles de millones? Para los partidos y partiduchos.

La obra de Chiqui va en la línea de la de Wilfredo Lam en cuanto a la cultura caribeña compartida sin que haya ningún vínculo gráfico en ambas propuestas. Eso sí, el lenguaje de Lam es directo desde África con los rostros derivados de máscaras que fueron a parar al Picasso cubista, mientras que el de Chiqui se amortigua con las reminiscencias e influencias a su paso por Haití. Chiqui, sin embargo, supera la iconografía de Basquiat quien no tuvo tiempo de adentrarse con profundidad a la riqueza del mundo mágico vudú y su vasto espectro de símbolos. El trabajo de Chiqui, por tanto, se enmarca en la corriente figurativa expresionista, aunque muchos de ellos adquieren la dimensión del estilo contemporáneo por las composiciones con elementos extra pictóricos.

Chiqui, sin negar su adición política, ha realizado numerosas exposiciones individuales y ha participado en colectivas y concursos con una factura que abarca sus incursiones en lo mágico-espiritual-religioso, lo ilustrativo (colección de bananas mucho antes que Maurizio Cattelan), lo sicológico (su exposición Open Mind) en el terreno de las manchas de Rorschach.

En un encuentro con el mundo de la cultura de Santiago en el Centro de Convenciones de UTESA, el exministro de Cultura, Pedro Vergés, nos dio la razón al referirse a un documento (Acuerdo Cultural y Apoyo Político) que le sometimos sobre las necesidades del Cibao. Habló sobre los sueños de los artistas, pero aseguró que cumpliría las peticiones en caso de ganar el candidato que promueve.

Al frente de la EBAS Chiqui ha sobrepasado sus funciones para entregarse en cuerpo y alma a rescatarla, remozar sus aulas, jardines, mantenerla a la altura que Santiago se merece con los recursos limitados con que funcionan las instituciones culturales en el Cibao en un país subdesarrollado.

La Nueva EBAS es el sueño de Chiqui: una escuela que no restrinja el cupo estudiantil por razones ya superadas como fueron las limitaciones corporales, o las “anormalidades” de peso (las gorditas no pueden hacer baile). Parte de su sueño es que la calidad aumente a la par con las condiciones materiales, que cada estudiante pueda tener un instrumento y que se logre la Orquesta Sinfónica Juvenil del Cibao. Que los graduados en arte tengan, mas que un diploma, una habilidad para ganarse la vida, una profesión y sean buenos ciudadanos.

Chiqui Mendoza, aunque callado, sereno, medio monje tibetano, posee los conocimientos teóricos y prácticos que le han permitido crear su obra y lidiar con una dirección de una de las escuelas mas importantes de Santiago: la EBAS.

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