El arte de vivir

La vida, es en sí misma, una obra de arte. Es decidir amar sin medida, servir, detenerse a mirar al otro, ofrecer un abrazo como si fuera lo más importante del día. Es hacer de lo simple algo significativo. Es obrar con una delicadeza que no se enseña, pero que se reconoce cuando aparece.

A veces creemos que el legado se construye con los años, con grandes logros, con trayectorias largas, pero no siempre es así. Hay vidas que, en su brevedad, alcanzan una intensidad que desafía el paso del tiempo. Hoy no he querido escribir desde la distancia que exige la crítica, sino desde un lugar más íntimo, más humano, desde el vacío profundo que no logro nombrar del todo.

La partida de Danna Sofía Uribe Arbeláez me ha confrontado con algo que el arte ha intentado decir durante siglos y que, sin embargo, nunca termina de comprenderse y es la brevedad de la vida. Pasamos los días sin detenernos lo suficiente a decir lo esencial, a reconocer cuánto significan las personas que habitan nuestros espacios cotidianos. Y es en la ausencia, cuando ha sido una presencia viva, generosa y luminosa, que todo adquiere mayor sentido.

Pienso en cómo el arte ha buscado siempre fijar lo efímero: un gesto, una mirada, una luz que ya no vuelve. Pero hay presencias que no necesitan lienzo ni mármol para permanecer. Danna era una de ellas. Su forma de estar, su delicadeza, ese devolverse en los pasillos del colegio para saludar, la sinceridad de sus abrazos; su manera de ser y actuar se ha quedado grabada en la memoria de quienes la vimos crecer casi sin darnos cuenta.

Me descubro preguntando, incluso reclamando en silencio: ¿por qué a ella? Y, sin embargo, desde la fe que nos sostiene, solo queda acoger la voluntad divina y recordar que estamos de paso; que mientras transitamos este camino, estamos llamados a aprender, a amar y a atesorar, con plena conciencia, el verdadero arte de la vida. “Pax aeterna”, querida Danna.

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