El pretexto llamado cuerpo

El cuerpo ha sido, a lo largo de la historia del arte, superficie, símbolo, herida y refugio. En “El pretexto llamado cuerpo”, exposición presentada recientemente en la Alianza Francesa de Santo Domingo, el cuerpo no se ofrece como representación literal ni como ejercicio formal, sino como territorio de memoria, mito y experiencia femenina. Tres creadoras —Inés Tolentino, Judith Mora y Lucía Méndez— abordan esta noción desde lenguajes distintos, pero profundamente conectados por una sensibilidad común: la necesidad de volver al cuerpo como espacio de sentido.

En la obra de Inés Tolentino, el cuerpo se construye desde lo íntimo y lo cotidiano. Sus piezas, trabajadas casi siempre sobre papel y atravesadas por el bordado, se despliegan como organismos vivos. El mito de la ciguapa persiste como símbolo de lo femenino, lo oculto y lo ancestral. El bordado se convierte en escritura; el papel, en piel.

Judith Mora, por su parte, se sitúa en un registro más barroco y expansivo. El collage es su territorio natural, un medio que le permite apropiarse de fragmentos, imágenes y tiempos para construir escenarios que funcionan como portales. En su obra, lo ancestral no es nostalgia, sino una fuerza activa que irrumpe en el presente. Las figuras, los espacios y los símbolos parecen surgir de un tiempo suspendido, donde lo mítico dialoga con el presente.

En contraste, la propuesta de Lucía Méndez es frontal y necesaria. Su trabajo aborda el cuerpo desde la herida, desde el uso y el abuso, desde las marcas visibles e invisibles que lo atraviesan. Aquí el cuerpo femenino aparece como espacio de conflicto, como lugar de laceración y también de resistencia. Méndez pone en evidencia los mecanismos de invisibilización y control que históricamente han operado sobre lo femenino, construyendo un discurso que incomoda y confronta. Lo que articula “El pretexto llamado cuerpo” no es la uniformidad, sino el diálogo respetuoso entre miradas diversas. La curaduría de Alescar Ortiz asume el cuerpo no como tema vedado, sino como excusa —o mejor, como punto de partida— para entrelazar relatos que se mueven entre la memoria, el mito y la experiencia contemporánea.

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