El Manuscrito de Santo Domingo

Crónica periodística entre las leyendas y las sombras

Basilio Rodríguez Cañada
Especial para elCaribe

Capítulo 5. El tesoro maldito de La Isabela
La ruta hacia La Isabela me llevó por carreteras bordeadas de mar y cañaverales interminables. El azul del Atlántico brillaba a un lado, y a lo lejos las montañas verdes recordaban que en este país el paisaje nunca se repite dos veces.

Había leído sobre el lugar en un viejo libro: la primera ciudad construida por los españoles en el Nuevo Mundo. Allí se levantaron iglesias, almacenes, casas… pero el hambre, las enfermedades y las luchas internas acabaron con ella. Hoy no quedaban más que ruinas y un silencio extraño.
Mi interés no era solo histórico. Un arqueólogo dominicano me había susurrado en Santo Domingo que las ruinas escondían un mito persistente: el de un tesoro maldito, enterrado por soldados de Colón que murieron protegiéndolo.

Llegué al sitio arqueológico bajo un sol inclemente. Caminé entre las piedras derruidas, tratando de imaginar cómo había sido aquella ciudad hace cinco siglos. Había restos de muros, cimientos de casas, una iglesia en ruinas. Todo parecía abandonado, como si el tiempo se hubiera detenido en un instante de fracaso.

Mientras tomaba notas, un guardia del lugar se me acercó. Era un hombre mayor, de piel curtida y ojos cansados.

—¿Buscando historia, periodista?
—Buscando historias —corregí.
Él me miró con una seriedad que me incomodó.
—Aquí no hay historias. Hay advertencias. Lo que quedó enterrado no quiere ser desenterrado.
Nos sentamos a la sombra de una ceiba. El guardia comenzó a hablar en voz baja:
—Dicen que cuando Colón tuvo que abandonar la Isabela, algunos soldados escondieron cofres de oro y reliquias que iban a mandar a España. Los enterraron cerca de la iglesia. Pero murieron antes de revelarlo. Desde entonces, cualquiera que intenta buscarlos encuentra otra cosa: visiones, gritos, muerte.
Me contó que en los años setenta un grupo de buscadores de tesoros vino con detectores de metales. Uno de ellos cavó cerca del altar. Al abrir el hueco, un gas invisible lo envolvió. Cayó al suelo, muerto en segundos.
—Yo lo vi —susurró el guardia, con los ojos húmedos—. El cuerpo quedó rígido, con la boca abierta como gritando. Desde entonces nadie vuelve a excavar.
Me quedé helado. Anoté cada palabra.
Al caer la tarde, los visitantes se habían marchado. Solo quedábamos el guardia y yo. Caminé hasta las ruinas de la iglesia. El sol se hundía en el mar, tiñendo las piedras de rojo. Fue entonces cuando vi algo: una losa removida, un hueco oscuro entre los cimientos. La curiosidad me arrastró.
Saqué la linterna y me asomé. El aire que salió de allí era frío, antinatural. El haz de luz iluminó lo que parecía un cofre de hierro, medio enterrado en la arena.
Mi corazón latió como un tambor. Una parte de mí sabía que debía alejarme. Pero otra parte, la que me había traído hasta aquí, me empujaba a acercarme.
Extendí la mano hacia el cofre. Antes de tocarlo, una figura se materializó a mi lado: la anciana del rosario negro.
—No lo abras —ordenó con voz seca—. Ese oro no alimenta, solo condena.
Quise preguntarle cómo había llegado allí, pero no me dio tiempo. El aire se llenó de gritos. Voces masculinas, desgarradas, clamando en castellano antiguo: “¡Protegedlo! ¡Morid antes que entregarlo!”.
Las sombras de hombres con armaduras aparecieron en torno al cofre. Sus espadas brillaban, aunque eran de humo. Todos me miraban con odio.
Retrocedí aterrado. La anciana levantó el rosario.
—No es para ti. Márchate.
Y en un parpadeo, las sombras y el cofre desaparecieron. Solo quedaba el hueco vacío, lleno de arena.
Regresé al hotel esa noche sin fuerzas. Abrí mi libreta para anotar lo ocurrido. Y allí estaba la frase inevitable, escrita con aquella caligrafía que no era mía: “El tesoro no es oro. Es memoria. Y te reclama.”

Cerré los ojos, sintiendo un peso en el pecho. Cada lugar me daba la misma lección: lo que buscaba no era simple material para un artículo. Eran puertas abiertas hacia otra dimensión, y yo estaba empujándolas cada vez más.

Esa noche soñé con cofres abiertos que no contenían oro, sino huesos humanos, mirándome con ojos vacíos.

Capítulo 6. El Bacá de los campos de San Juan
La carretera hacia San Juan de la Maguana parecía interminable, con lomas secas y campos de maíz que se perdían en el horizonte. Allí, en esa región agrícola, me habían dicho que todavía se hablaba en voz baja de algo que nunca debía nombrarse en público: el Bacá.

Una criatura, un espíritu, un demonio —nadie parecía ponerse de acuerdo—, pero todos coincidían en que el Bacá era la fuente de riquezas inexplicables. El rumor decía: “Si ves a un campesino pobre hacerse rico de la noche a la mañana, no preguntes. Él tiene un Bacá.”

Me hospedé en una posada humilde en las afueras de la ciudad. La dueña, doña Mercedes, me atendió con amabilidad, pero al saber que yo investigaba leyendas, bajó la voz:

—Aquí la gente tiene miedo de hablar. El Bacá no se menciona a la ligera. Mire, hay fincas que crecieron demasiado rápido. Y la gente se persigna cuando pasa cerca.

Insistí en que me dije dónde estaban esas fincas, y ella, con un suspiro, me señaló hacia los campos al sur.
—La familia Díaz. Nadie sabe de dónde sacaron tanto ganado. De un día para otro. Pero dicen que por las noches se escuchan cadenas y chillidos en la finca.

Me acerqué a la finca al atardecer. Era imponente: centenares de vacas, un molino moderno, almacenes llenos. El patriarca, don Raimundo Díaz, me recibió con una sonrisa amplia, demasiado amplia.
—¡Un periodista! —exclamó—. Bienvenido, pase, vea la prosperidad de nuestra tierra.
Me mostró los establos con orgullo. Todo brillaba, todo estaba limpio en exceso. Pero lo que más me llamó la atención fue un corral cerrado, con cadenas gruesas y candados. De allí provenía un hedor nauseabundo.
—¿Y qué guardan allí? —pregunté con inocencia.
Los ojos de don Raimundo se enturbiaron.
—Nada que le importe. Mejor venga a cenar.
Esa noche, de regreso a la posada, un muchacho me alcanzó en el camino. Era peón de la finca, apenas un adolescente.
—Señor periodista… —me dijo con voz temblorosa—. No se quede cerca de los Díaz. Lo que tienen no es de Dios.
—¿El Bacá? —aventuré.
El muchacho palideció y asintió.
—Lo alimentan en el corral. Cada viernes. Con sangre. Yo lo vi.

Me relató que la criatura no tenía forma fija: a veces perro negro, otras toro de ojos rojos, o también sombra que reptaba por las paredes. “Lo único seguro —me dijo— es que siempre cobra lo suyo”.
No podía irme sin comprobarlo. Esa medianoche regresé a la finca, escondido entre matorrales. El silencio del campo era absoluto, hasta que comenzaron los sonidos: cadenas arrastrándose, un bramido grave que no era de vaca ni de toro. Luego, un alarido humano.

A la luz de la luna, vi a dos hombres arrastrando un animal degollado hacia el corral encadenado. La tierra tembló cuando lo lanzaron adentro. Lo que se oyó a continuación fue indescriptible: un desgarrar de carne, gruñidos, un chillido agudo que me heló la sangre.

Un destello rojo iluminó la rendija del corral. Yo retrocedí de golpe, tropezando con las piedras. Corrí de regreso al pueblo con el corazón desbocado. Cerré la puerta de mi habitación y abrí la libreta. Allí, como siempre, me esperaba la frase escrita en esa caligrafía ajena: “El Bacá cobra con oro primero. Luego con sangre. Al final, con el alma.”

Temblé al leerla. Pensé en don Raimundo, en sus riquezas y en su sonrisa demasiado amplia. Comprendí que todo lo que había visto era solo la superficie de un pacto oscuro, uno que aún seguía vigente en esas tierras.

La madrugada me sorprendió despierto. Afuera, en la penumbra, escuché pasos arrastrados frente a la ventana. Me asomé: un perro negro enorme, con ojos rojos como carbones encendidos, me observaba en silencio. No ladró. No se movió. Solo me miró.

Y entonces, con un sonido de cadenas arrastrándose, desapareció entre la niebla.

Me quedé temblando, convencido de que, de algún modo, el Bacá sabía que yo lo había visto.

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