Con la conquista de Jamaica en 1655 comenzó en el Caribe la era dorada de la piratería pues la isla ofrecía una base de operaciones ideal para despojar los barcos de la América española. Las pequeñas Antillas estaban demasiado alejadas de las rutas ordinarias del comercio español para que sus habitantes se vieran tentados a decantarse por el saqueo y el pillaje. Lo mismo la isla de Barbados, que tenía además la desventaja de carecer de buenos puertos. Jamaica, sin embargo, era estratégicamente el lugar perfecto. Sus costas estaban cerca de Cuba y La Española, y dominaba los estrechos entre ambas por el sur. No había navío que surcara entre el importante puerto de Cartagena de Indias, La Habana y Santiago que no bordease dicha isla. Del mismo modo, en número de buenos puertos, Jamaica era la más aventajada de todas las islas de las Indias Occidentales ya que disponía de radas en todas sus costas.

Sus fondeaderos recibieron embarcaciones de distintas nacionalidades para abastecerse de esclavizados y diversos productos caribeños y europeos. El tratado de Utrecht firmado en 1713 tras la guerra de sucesión en la Monarquía Hispánica le permitió a Inglaterra el acceso directo a los mercados de la América española con el Asiento de esclavizados. Desde 1656, momento en que fue conquistada por los ingleses, estuvo directamente conectada con la red de comerciantes de Port Charles, en Barbados. Estos agentes comerciales siempre transitaron en los sinuosos caminos de la piratería, lo ilícito e incluso en ocasiones lo lícito. Se centraron en lugares y actividades sin reprimir los impulsos egoístas individuales, donde a veces, como en la compra y venta humana los intereses protestantes coincidieron con los católicos. Las últimas décadas del siglo XVII fueron la época dorada de la piratería, la principal actividad de Port Royal que, con más de 8000 habitantes, se encontraba situada en la ruta comercial más transitada del mar Caribe. Jamaica, la colonia inglesa, se especializó en el comercio de bienes saqueados y con esta actividad llegó a ser más grande que Boston e incluso alcanzó a albergar más riquezas que la propia Londres. Fue llamada en todos los rincones del Caribe la ciudad de la perdición, pues estaba repleta de bares y burdeles y a los viajeros les llamaba mucho la atención la cantidad de tabernas y los excelentes cafés que abundaban en las abigarradas calles de Kingstown.

Su valor estratégico y la dificultad de su defensa llevó a la corona inglesa a hacer algo increíblemente arriesgado, invitar para su defensa a criminales implacables y depravados que actuaban a nombre del imperio británico asaltando barcos, incendiando ciudades, puertos y secuestrando personas. Los corsarios atacaban embarcaciones provenientes de las islas y litorales costeros de la América española, de esta forma, a inicios del siglo XVIII y hasta finales de la Guerra de Sucesión, la disminuida flota española fue presa fácil de la rapiña: la desvalijaban del oro, la plata, perlas y todo tipo de bienes comerciales vendibles. Los piratas eran ladrones y asesinos que secuestraban y disfrutaban de la violencia y la tortura. No obstante, su prontuario, los ingleses se aliaron con ellos sin escrúpulo alguno con el objetivo de favorecer sus estrategias políticas y comerciales en América. Port Royal se convirtió así en la capital de un ejército de terroristas marinosque en número de más de 5000 surcaba los mares a finales del siglo XVII y fueron protegidos por la corona británica hasta el tratado de Utrecht, cuando las naciones europeas empezaron a considerar que los corsarios más que favorecer entorpecían el desarrollo del comercio. A partir de entonces se dio inicio al proyecto de crear las marinas de guerra.

Tras la Guerra de Sucesión española el papel de la piratería declinó e Inglaterra dio pie para que quienes la ejercían se reconvirtieran en un corso legal dirigido contra los intereses de los dominios españoles. Muchos aprovecharon la oportunidad para formalizar sus actividades y quien no lo hizo fue colgado sin remisión por las autoridades inglesas, pues su marina se empleó en perseguirlos con tenacidad. La edad de oro de la piratería, sobre todo en Port Royal, llegó a su fin en 1720 con los ahorcamientos de Charles Vane, Calico Jack Rackham y la condena de las mujeres piratas Anne Bonny y Mary Read, que solo escaparon de la horca por supuestos embarazos.

Durante el último cuarto del siglo XVII, tras una fuerte acumulación de capital producto de la piratería, comenzó a emerger una diversificación de la economía a través del azúcar, el cacao, el añil, la pimienta, la ganadería y la tala de caoba. Desde 1660 en adelante, los plantadores fueron animados a llegar desde Surinam, Barbados y las pequeñas islas de sotavento con sus esclavizados para desforestar el bosque original e instalar plantaciones. También fueron llevados por contrato un buen número trabajadores blancos pobres para ayudar al desarrollo de la agricultura. Pequeños propietarios y plantadores convivieron al tiempo, pero el desarrollo de la plantación fue dificultado por el terremoto de 1692, por varios intentos de invasión francesa y las continuas rebeliones cimarronas. En 1700 el patrón de producción se orientó hacia una economía de exportación dominada por el azúcar y sus derivados, en especial el ron, este último muy útil para comprar esclavizados en África. En 1712 la producción superó a Barbados y en 1730 se volvió el primer productor de los dominios británicos, condición que mantuvo hasta 1750, época dorada del azúcar de la isla.


Este trabajo forma parte del Proyecto Connected Worlds: The Caribbean, Origin of Modern World”. This project has received funding from the European Union´s Horizon 2020 research and innovation programme under the Marie Sklodowska Curie grant agreement Nº 823846.

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