La honestidad al escribir

Aprendí a leer en un colegio católico llamado Divina Pastora, de monjas franciscanas, en un pueblo del sur de la República Dominicana donde el tiempo parecía avanzar con cautela, como si temiera romper algo frágil. Allí los días no se precipitaban: se deslizaban lentamente, marcados por el sol, por el polvo de las calles y por el rumor persistente del mar. En ese lugar comencé a entender, sin saberlo, que la vida no se mide por la velocidad, sino por la atención.

La maestra que me enseñó había llegado de la madre patria, era valenciana. Durante muchos años olvidé su nombre, pero no su rostro. Lo recuperé un día por azar, al encontrar unas notas antiguas firmadas con tinta sobria: Sol Angélica Paz. Bastó esa firma para que todo regresara. Su voz firme. Su paciencia sin dulzura fingida. Su manera de corregir sin humillar. Su convicción profunda de que leer no era repetir signos, sino aprender a mirar.

Ella no nos enseñaba a memorizar, sino a comprender. No celebraba la rapidez, sino la precisión. No premiaba el ruido, sino la claridad. De algún modo, sin discursos ni teorías, nos transmitía una idea esencial: la palabra es una responsabilidad.

A mi tío Wilson le debo la afición por los libros que luego, sin proponérmelo, me condujo a la escritura. No me habló de métodos ni de vocaciones. No me dio consejos solemnes. Simplemente dejaba libros sobre la mesa y se iba. En esa ausencia aprendí algo fundamental: leer es un acto solitario, pero no estéril. Es una conversación silenciosa con alguien que no está, pero que sigue hablando.

Cuando regresábamos de vacaciones, la maestra nos pedía escribir un viaje imaginario. Yo no lo sabía entonces, pero esa tarea era una escuela secreta de aprender a escribir con honestidad. Escribir no era inventar mundos brillantes, sino sostener la mirada durante mucho tiempo sobre una cosa sencilla hasta que revelara su verdad. Un árbol, una calle, una casa, una tarde cualquiera podían convertirse en universo si se los miraba con fidelidad.

En el sur, la mar traía palabras. No metáforas. Palabras reales, golpeadas, salobres, que chocaban contra las piedras de la orilla frente a las montañas inmóviles. El horizonte era azul y múltiple, como si la mar tuviera varias voces. La llamada mar de siete colores no necesitaba ser adornada. Estaba ahí. Bastaba mirarla. Bastaba decirla sin traicionarla.

Un día, Sol Angélica me llevó un libro: Las fuerzas morales, de José Ingenieros. No recuerdo el pasaje exacto. Recuerdo la sensación. Allí comprendí que la honestidad no es una virtud decorativa. Es una exigencia. Una forma de disciplina interior. Escribir es un acto moral, no porque pretenda enseñar, sino porque obliga a no mentir. A no mentirse.

El escritor que miente se acostumbra pronto a la impostura. Aprende a acomodar la realidad a sus intereses. A suavizar lo incómodo. A exagerar lo insignificante. Y cuando se acostumbra, deja de ver. Se vuelve ciego a su propia experiencia.

Un escritor debe ser honesto con las palabras. Escribir lo que mira y lo que escucha, aunque duela. Aunque no convenga. Aunque no produzca aplausos. La honestidad no es crudeza deliberada ni confesión ruidosa. Es precisión. Elegir una palabra y no otra porque es la única que corresponde a lo visto. No porque sea hermosa, sino porque es justa.

Aprendí a mirar a los hombres del sur, hijos de la tierra seca y del trabajo silencioso. Aprendí a observar cómo caminan, cómo guardan silencio, cómo dicen poco y cargan mucho. Su hablar es breve. A veces parece tosco. Pero en esa brevedad hay sentencias que pesan como epitafios. No necesitan explicación. Dicen lo necesario y callan el resto. Ese silencio también es lenguaje.

Vi mariposas amarillas cruzar el centro de la carretera, indiferentes al polvo y al calor. No las convertí en símbolo. No hizo falta. Estaban allí. Su vuelo bastaba. La honestidad del escritor consiste en no forzar significados donde la realidad ya es suficiente. El exceso de metáfora suele ser una forma de miedo. Se adorna lo que no se quiere decir de frente.

Con el tiempo aprendí que no existen sinónimos inocentes. Cada palabra trae una historia, una intención, una herida. Juntas construyen un mundo. Y ese mundo, si es honesto, no necesita defensa. Se sostiene por sí mismo.

La sureñidad habitaba en mis ojos antes de habitar en mis textos. Miraba el sol perderse detrás de la montaña por donde una vez caminó Enriquillo. No como héroe de bronce, sino como hombre que pisó polvo real. La historia, cuando se vuelve estatua, deja de doler. El escritor honesto devuelve la carne a lo que fue convertido en mármol.

Con los años comprendí que escribir no es embellecer la vida, sino acompañarla. Decir las cosas como son no las vuelve más duras. Las vuelve respirables. La mentira, incluso la piadosa, termina asfixiando. La honestidad, en cambio, abre un espacio donde el lector puede reconocerse sin sentirse manipulado.

No se trata de escribirlo todo. La honestidad no exige exhibicionismo. Exige conciencia. Saber qué se dice y por qué se dice. Saber también qué se calla y asumir la responsabilidad de ese silencio. El escritor que escribe para agradar pierde pronto el oído. Empieza a escuchar aplausos donde debería escuchar pasos.

He aprendido a desconfiar de lo banal no porque sea pequeño, sino porque suele ser cómodo. La vida cotidiana tiene una profundidad silenciosa que no se revela al primer vistazo. Hace falta insistir. Mirar de nuevo. Permanecer.

Hoy, al caer a los pies de los años, llevo más conciencia en los ojos. Las palabras ya no salen con prisa. Las pienso. Las pruebo. Las descarto. No por perfeccionismo, sino por respeto. La palabra escrita permanece más tiempo que quien la escribe. Dejar una palabra falsa es dejar una huella falsa.

Creo que el principal instrumento de un escritor es su honestidad con las palabras. No corta para herir, sino para separar lo verdadero de lo accesorio. Para quitar el exceso. Para dejar lo esencial a la intemperie. Es un instrumento sencillo y peligroso. Exige pulso firme y mirada limpia.

Escribir, al final, es aceptar una condición: la de estar despierto en un mundo que invita constantemente a cerrar los ojos. La honestidad no promete consuelo. Promete claridad. Y, a veces, eso es suficiente.

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