La lengua de los dioses

El estudio del lenguaje, una verdadera autopsia de la lengua, no solo su gramática y leyes de “uso correcto”, siempre ha estado vinculado con el poder y la posibilidad de acceso a una “buena educación”.

Existe, aun más importante, la “filosofía del lenguaje” para entender su relación con el pensamiento, la realidad y sus expresiones en los diferentes contextos sociales, siempre colocándolo como base de aquella.

La Lingüística se queda en la estructura gramatical y deja a la Semántica que busque el sentido del lenguaje. ¿Cuál sentido?

El sentido de las “malas palabras” que se inventan y que gritan, insultan y molestan, se refiere a su poder de rebelión e inconformidad cuando el hambre y la pobreza se adornan de resabios con alto-parlantes.
En una sociedad normal, donde el trabajo no sea una esclavitud, el lenguaje revelará un estado emocional de conformidad que se regirá por las normas de su gramática sin necesidad de recurrir a explosiones verbales, enumerando elementos prohibidos del sexo y los componentes “más sagrados” de cualquier religión y que, eufemísticamente, conocemos como “lenguaje soez”. En este entorno de normalidad, la evolución es más lenta y es más notoria la invasión de otras lenguas.

Una sociedad culta no es solo porque tiene elevados niveles de educación y/o adoctrinamiento cultural. Es, sobre todo, porque su estado económico es elevado, es decir, que los altos ingresos abarcan a la gran mayoría de la población, con tiempo para ver el cielo, oír buena música y leer libros, entre otros disfrutes de la vida.

Cuando leemos de los grandes avances económicos de una nación y los aumentos de tasas y otras explicaciones técnicas de grandes ganancias, no necesariamente estas llegan a todos. Esa distribución es la que afecta, socialmente, el lenguaje del pueblo.

Una campaña para el “buen uso de las palabras” no se logran resultados sin que no la preceda un equilibrio económico total. Porque el uso de la “mala palabra” está con la violencia y esta a su vez como una rebeldía e inconformidad relacionada con la estabilidad económica. A mayor olla, mayor truño.

Siempre hemos visto que es en los barrios, poblados de gente pobre, donde se origina un tigueraje como mecanismo de supervivencia, de avivatez y surgen ahí los nuevos vocablos, creativos siempre, mamasijaya, que se incorporan a la lengua, aunque “oficialmente” sean rechazados por no estar registrados “como tiene que ser” en ningún diccionario ni academia. Es aquí donde reinan los dioses, los erudictos, la intelectualidad y sus espacios para su uso “correcto”.

Tanto la sabiduría campesina, sin moños en la lengua, como el tíguere, han contribuído al “decalabro” del “rico idioma que por suerte nos dieron los españoles”, frasecita vargallosiana que se repite como la gota de un tinaco pichao.

Y esa lucha del idioma es una lucha de clases.

Ninguna academia de la lengua, repleta de defensores del idioma oficial y representante de las altas esferas, va a aceptar “las barbaridades” y “masacre” de la lengua con expresiones que solo el pueblo de abajo usa.

El “ele, ele, a”, de Corporán se generalizó en la lengua de todos los dominicanos y hasta cayó en gracia, pero solo cuando ya este había escalado desde las chancletas a la yipeta y era parte, de esa capa que lo domina todo, hasta tal punto, que lo honraron con el nombre de una calle.(aplausos).

El doble sentido es también una forma de rebeldía y disgusto que se cuela en bachatas, merengues y otras expresiones de comunicación.

“El macuteo”, “la mordida”, “la picada”, “lo mío”, expresan y denuncian una corrupción evidente y vigente que dicen mas que cualquier editorial, artículo de palabrerías en desuso e incomprensibles.

El inútil esfuerzo de aquellas famosas comisiones de censura contra “el guardia con el tolete” pretendían callar una protesta encubierta contra un régimen, que no solo no resolvía una situación de pobreza nacional, sino que se constituía en un estado de terror represivo.

El machismo, como ingrediente que no falta, como el ajo en la sopa, “aportó” muchísimos vocablos que popularmente han sido parte del lenguaje normal de la gente. El toño de antaño, que sustituía al “coño”, fue reemplazado por mamagüeso, la crema, la cebolla, el piso, el fuiche, aunque el “hijoetumarditamadre” no encontró modelo nuevo, quizás por las piezas de reemplazo, que en la 20 no aparecen.

Los chifles de las infidelidades han sido abundantes en expresiones maravillosas así como los “lucios tragados” por deudas no honradas y, los chivos escolares, pasaron a montón de malos estudiantes, para desgracia del desarrollo normal del país.

Ninguna de esas manifestaciones lingüísticas fueron aceptadas en la prensa oficial o se hacían “traducciones”, adaptaciones, que fuesen “correctas” a los ojos de la hipocresía.

El más reciente caso es de una frase de mi infancia que Víctor G. recuerda de su abuelo y que lo usa como título de un ensayo, “Ese toto ya no es suyo”, publicado, como tiene que ser, por el amigo Persio Maldonado y desvirtuado , en otro medio, “puritanamente correcto”, aunque ridículo.

Esa expresión, como bien lo explica G. no puede traducirse porque le quita la esencia. No se puede confundir “vulgaridad” con el lenguaje llano. Por suerte que ellos no son los editores de García Márquez. Ese “garabombismo” del lenguaje lo reduce, lo empobrece y le quita la magia. Es lo mismo que hicieron algunos escritores de cuentos dominicano cuando pusieron a hablar a los campesinos sin faltas ortográficas y con palabras que nunca usaron porque las desconocen.

Por otro lado, no estoy justificando el “alofokismo”, que pretende “conectar” con la juventud, cuando en realidad contribuyen a una pasividad social, y a un embrutecimiento, a un empuje a comportamientos incivilizados.

Hay que decir, que con la baja calidad en el sistema educativo, es imposible que un estudiante “hable bien”. ¿Quién puede enseñar lo que no sabe?

Tenemos, en escuelas y universidades, una enorme deficiencia para enseñar español y pretendemos que aprendan inglés, francés y pronto, quizás, chino; cuando lo lógico sería que aprendiéramos creole, para entendernos con los vecinos, que al parecer son buenos solo cuando recogen papa o pegan blocks.
¿Por qué no reforzar el español con mas horas y mas lecturas, en vez de incursionar en otra lengua? Eso sí, se reparten títulos como si fueran sobrecitos de campaña electoral para legalizar puestos del tren burocrático de la politiquería.

Claro que es importante otra lengua, para leer mas y expandir los niveles culturales, pero nunca eliminando lo que es nuestro, lo que es parte de nuestra identidad.

Para conocer la lengua de los dioses, hay que conocer el lenguaje del Infierno.
(Nota: este escrito no es de chatGPT ni con IA).

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