En la guerra de 1870, entre Prusia y Francia, y que dejó 150 mil soldados muertos y más de 300 mil civiles, había un soldado, de 20 años, encojonao y contra su voluntad: Guy de Maupassant (gui de mopasá).
Esa guerra, como todas, cambió por completo a Guy, le dio una energía para convertirse en el escritor más importante del Realismo y también lo llevó a la locura.
Adiós a los imaginarios amoríos ideales literarios que entretuvieron a aquella sociedad, “culta” y privilegiada, antes de la Revolución Francesa. En esta surgió la verdad, lo vivido narrado sin maquillajes, ni lisonjas, ni caprichitos de señoritos. Sus escritos olían a papa “sancochá”, a lodo de puerco, a mierda de vaca, a sudor campesino… a la vida. Es el mismo realismo que surgió en la pintura de Gustave Courbet desde las entrañas del “origen del mundo” hasta “El entierro de Ornans” que Guy complementó con más de 300 cuentos y 6 novelas escritas a la velocidad del que sabía que no viviría más de 42 años.
El blanco de Maupassant fue la hipocresía, el reconcomio, la amistad traicionada, sin negar su odio a la guerra, a los políticos que la arman sin enviar a sus hijos, familiares ni amigos. También los prusianos-alemanes, ocupantes de su suelo patrio. “No hay nada más odioso que un extraño mandando en tu pueblo” y, por eso mismo, las ocupaciones son rechazadas y no funcionan.
De sus relatos se destaca “Boule de Suif” que hay que leer en francés, como no se puede leer “100 años de soledad” en alemán y menos en ruso.
Boule de Suif, 1880
“Boule de suif”, que muchas veces se ha traducido como “bola de sebo”, es el nombre de una prostituta “de gran talla” que bien podría ser “bola de grasa” o simplemente “La Gorda”.
La historia ocurre en tiempo de la ocupación en Francia por el ejército prusiano que luego se convirtió en alemán. Es por esta razón que una serie de personalidades de la alta alcurnia decide salir de París y para ello se van en una calesa de lujo que hacía el trayecto desde allí a las afueras y cercanas ciudades. En ese transporte se monta “Boule de Suif”, cuyo patriotismo le impide acostarse con el enemigo y se va.
La calesa es interceptada por una patrulla prusiana que persigue a un grupo de rebeldes insumisos.
Hacen bajar a todos, les exigen papeles de permiso para desplazarse, y más. El coronel prusiano le tira el ojo a “Boule de Suif” y los deja ir. Estos llegan a una posada para pasar la noche y justamente allí descansa el dichoso coronel con cara y actitud psicópatas, quien les impide partir, al día siguiente. Su exigencia era acostarse con “Boule de Suif”, pero esta se niega.
Se da una discusión entre los pasajeros y sus esposas. El problema que plantea Maupassant, con “Boule de Suif”, no es que una simple prostituta se acueste, como tantas veces lo ha hecho, sino la cuestión de dignidad y cómo el resto solo piensa en salvarse, por encima de cualquier problema ético, moral y patriótico.
Después de aceptar subir a la habitación del coronel, este deja que la carroza parta. Adentro, los pasajeros sacan sus canastas de merienda suculenta cuando son detenidos por la patrulla francesa perseguida. Tan pronto se dan cuenta, esconden toda la comida, se limpian la boca y abren la puerta. Los soldados simplemente los saludan y los dejan ir, pero “Boule de Suif” saca su canasta y se las da, al tiempo que silba “La Marsellesa”, himno de la Revolución.

En el campo, 1882
Otro cuento de Maupassant se refiere a una pareja, de alto copete, que pasa por un campo. Allí dos familias, de numerosos hijos, son visitadas. A la primera, la “señora de nalgas postiza”, que era como se usaban los vestidos de las mujeres, le solicita que le dé uno de los niños… que ella le daría una alta suma de dinero y le entregaría una mensualidad. La madre furiosa la echa a gritos.
- ¡Los hijos no se dan!
Peros antes de subir a su carroza de princesa, prueba con la segunda familia, que acepta. La enemistad surge inmediatamente entre los campesinos.
El niño de la primera familia que al final no fue adoptado, ahora joven y brazo derecho de su padre en las faenas agrícolas, conoce una joven rica, de la que se enamora. Resulta que la muchacha es la novia del campesino adoptado 20 años atrás, ahora bien vestido, perfumado y educado.
Frustrado, el campesino insulta a sus padres y los culpa de su desgracia pensando que si hubiese sido vendido hubiera podido ser aceptado en aquella alta sociedad.
Al final, huye de la casa, maldice a sus padres. La madre, luego, se tira al río y se ahoga.

El padre Amable, 1886
El padre Amable, no era ni padre, ni amable, tenía un hijo que trabajaba como un burro. Araba el día entero, sembraba los grandes conucos, y no tenía tiempo, más que para dormir unas pocas horas, porque, además, tenía, obligado por el padre, que trabajarle un terreno a un vecino.
Un día el hijo se enamora de una vecina que tenía un pequeño de cinco años. Cuando se casaron se fueron a vivir con Amable quien no quería saber nada de su nuera y menos del “hijo bastardo que se quedaría con sus tierras”.
El exceso de trabajo hace que el hijo de Amable muera. Amable intenta sacar a la nuera quien se niega y pide ayuda al padre del niño para laborar la tierra y hacer el trabajo que hacía su difunto marido.
Amable, repleto de prejuicios, no aprendió a convivir con nadie, no sabía lo que era la felicidad y desaprovechó una gran oportunidad con ese niño que “le cayó del cielo”. Decidió, un buen día, colgarse del olmo del patio.
(Nota: escrito sin IA)
