Los 69 años que vivió Cervantes entre 1547 y 1616

Don Quijote y Sancho, por Daumier.

Se sabía en toda Alcalá de Henares, que Don Rodrigo era un gran admirador de la incipiente Inquisición y trataba a todos sus hijos, Andrés, Andrea, Luisa, Rodrigo, Magdalena y Juan, con un autoritarismo y rigidez que provocaban que algunos de ellos se orinara en la cama y que la inseguridad y temor de Andrés lo convirtió en un ser solitario, tímido y tartamudo. A Cervantes no le sirvió la protección de su madre, doña Leonor, por lo que siempre lo acompañó una mezcla de temor y ganas de pelear contra lo que fuera.

Cuando la guerra naval de El Lepanto mandó 8 mil cristianos al mismo infierno, Cervantes se sintió afortunado de perder solo una mano de un arcabuzazo. Al ser capturado junto a su hermano Rodrigo pasó más de 5 años prisionero en Argel, del otro lado del Mediterráneo. El retiro de los soldados otomanos de España, ya era un hecho.

En la prisión le decían Shaibedraa que significa “el de la mano inútil” que fue traducido como “el manco”.

El mote le sirvió para marcar el nuevo período de su vida para acompañarlo y convertirlo en el escritor más reconocido de su país.

La soledad que conoció en la niñez y que lo cubrió como una manta de invierno, fue su universidad, fue lo que le enseñó lo inservible de las guerras y la que le dio la gran lección sobre el comportamiento humano.

¿Acaso es casual que Alonso Quijano, después de leer decenas de historias de caballería, verdaderas o inventadas, quisiera él mismo ser uno de esos caballeros? Cuando don Miguel se retiró a los 50 años a su casa de Argumasilla de Alba, se dedicó, justamente a leer historias de caballería, muy a la moda en ese tiempo. ¿Casualidad? La gente escribe sobre lo que le ronda en la cabeza.

Ya había sido recompensado por La Corona y nombrado Gentilhombre y solo quería dejar por escrito sus vivencias.
El impresor Juan de la Cuesta se encargó de su “Quijote” que se publicó en el 1605.

Un escritorsucho de nombre Alonso Fernández de Avelladena se hizo el gracioso y sacó un burdo ll tomo que indignó al “manco de El Espanto” y lo obligó a acelerar su propia y verdadera segunda parte que salió en el 1615.

La Policía de hoy reconstruye los rostros a partir de las descripciones escritas conocidas para capturar un criminal y así han intentado saber cómo era el parecido de Cervantes. Ninguno superará al que se conoce y que pintó Juan de Xáuregui, un contemporáneo suyo.

El francés Gustave Doré fue el primero en realizar el retrato del loco caballero, “salvador del mundo” al que seguiría su coterráneo, Honoré Daumier, con una economía de trazos que solo los genios pueden lograr.

Ellos enriquecieron el legado de Cervantes considerablemente.
Todo lo que aprende el ser humano, como lo demostraron los psicólogos desde el inicio de ese dominio del saber, lo realiza por su gran capacidad de imitar, sin negar los programas que vienen en los genes. Si hablamos español no es casualidad, es la repetición e imitación que hacemos desde niños, no importa lo complicado que sea el idioma de nuestros padres.

Cervantes nos enseña que más que el idioma, las lecturas son forjadores de personalidades. Ir a la guerra, ser monje, ser agricultor…

No fue don Azar quien se dedicó a imprimir Biblias para que el mundo se llenara de Quijotes haciendo exactamente lo que había leído: adorar a Dios. La imprenta de Gutenberg salvó a miles de monjes del tedio de copiarla a mano día y noche. Hoy son miles las imprentas que la reproducen, cada una con un cuento diferente.

En la página 475 de la última recopilación de los escritos del tamborileño Hernández Franco este dice en 1925, de un tal Kidd, “…el célebre clown que desde hacía 20 años imitaba, por teatros y circos, todas las personalidades conocidas, los artistas, los políticos, los animales…”

Terminaba su relato: “…verdaderamente, debo irme a acostar. ¡Esta noche el mundo está inhabitable”.

Los 69 años que vivió Cervantes entre 1547 y 1616 le enseñaron una verdad falsa de la vida impuesta por el dominio total de la espada y la cruz, de los que se zafó tardíamente. Disfrutó de la libertad que le da la imaginación a los artistas. La suya le permitió recorrer, primero La Mancha, disfrazado de Caballero andante y, segundo, el mundo a donde saltó desde las páginas más leídas que jamás fueron escritas.

El Quijote, aunque no lo digan los papeles de Míster Gog, es una autobiografía de Cervantes, aquel caballero andante que por meterse en una guerra que no era suya, perdió una mano y perdió el deseo de vivir. Por eso escribió su novela, para burlarse de los caballeros y “sus hazañas” que los dejaban chuecos y mal heridos si no eran montados en la carroza que lleva directo, y sin escala, hasta el Infierno. Escribir le permitió atrapar el tiempo perdido de Marcel Proust, deambular en su penco imaginario por los caminos que no pudo elegir en su juventud, conversar con la gente común, su Sancho, y reírse de sí mismo.

Spero lvces post tenebras.

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