María Isabel Echavarría Montero
Especial para elCaribe
EEntras a un café y antes de que alguien pruebe su desayuno, ya hay un teléfono apuntando al plato. Se acomoda la servilleta, se busca mejor luz, se repite la toma. La imagen debe salir perfecta. Después, sí, se conversa. Esa necesidad de mostrarse; de construir cuidadosamente lo que otros verán, se ha vuelto parte de lo cotidiano. Pero la obsesión por parecer no nació con las redes sociales.
En 1762, Nicolás Fernández de Moratín llevó al teatro a Doña Jerónima en La petimetra, una comedia que retrata con ironía a quienes adoptaban modas francesas como símbolo automático de prestigio. En la España ilustrada, a ese fenómeno se le llamó afrancesamiento: la imitación exagerada y superficial de lo extranjero como señal de distinción. Sin embargo, el problema no era Francia, el problema era el vacío.
Ser “petímetro” no significaba simplemente vestir distinto o pronunciar galicismos, implicaba construir una identidad prestada, preferir parecer refinado antes que pensar con criterio propio y convertir la apariencia en sustituto del juicio. Nicolás Fernández de Moratín, fiel al espíritu ilustrado, no escribía solo para entretener, sino que utilizaba la risa como mecanismo de corrección social. Exponía el ridículo para provocar reflexión.
Leer hoy La petímetra produce una inevitable incomodidad, porque el escenario ha cambiado, pero la lógica permanece. Ya no copiamos abanicos ni encajes, sino que seguimos tendencias globales, repetimos discursos virales y adoptamos estéticas que muchas veces no pasan por el filtro del pensamiento crítico. El afrancesamiento ha mutado, pero la tentación es la misma: moldearse para encajar.
Lo inquietante no es la influencia cultural, que siempre ha existido y enriquece a las sociedades, sino la imitación acrítica. Cuando la identidad depende demasiado de la mirada ajena, aparece una forma silenciosa de vanidad… la necesidad constante de validación. Y cuando la validación sustituye al criterio, la superficialidad deja de ser un detalle y se convierte en estructura.
Doña Jerónima resulta ridícula no por su gusto por la moda, sino porque deja de pensar. En su afán por parecer moderna, termina convertida en una caricatura de sí misma. Esa exageración es la advertencia…Moratín no propone aislamiento cultural, sino discernimiento. No condena lo nuevo, sino la adopción automática de ello.
En el siglo XXI, la presión por pertenecer puede ser incluso más intensa. La exposición es constante, la comparación inmediata y la aprobación cuantificable. Hoy el escenario ya no es el salón madrileño del siglo XVIII, sino la pantalla del celular. Las redes sociales han convertido la identidad en vitrina permanente. No imitamos a Francia, pero sí a algoritmos, influencers y tendencias globales que dictan cómo vestir, cómo hablar y hasta cómo pensar. Adoptamos anglicismos sin notarlo, repetimos frases virales como si fueran propias y medimos nuestra valía en reacciones digitales. El petímetro de ayer buscaba parecer refinado ante la corte; el de hoy busca validación en una historia de veinticuatro horas.
La diferencia es tecnológica, pero no esencial. En ambos casos, el peligro es el mismo: construir una versión de nosotros pensada para agradar al público, aunque eso implique diluir lo que somos y de dónde venimos. En ese contexto, la autenticidad se vuelve un acto casi contracultural. Mantener criterio propio exige más valentía que seguir la corriente.
Tal vez por eso la comedia de Moratín sigue interpelándonos, porque nos obliga a preguntarnos cuánto de lo que mostramos nace de una convicción y cuánto de un miedo a quedar fuera. Nos recuerda que ninguna tendencia, por moderna que parezca, sustituye la solidez de una identidad pensada y asumida.
Hemos cambiado los salones ilustrados por pantallas luminosas, pero la advertencia permanece intacta. La verdadera elegancia no consiste en copiar lo que brilla, sino en saber por qué se adopta. Porque al final, ninguna tendencia justifica la renuncia a lo que somos. La lección sigue siendo tan vigente como en 1762: nunca cambiar la esencia por la tendencia.
