Picasso y Papini en las pulgas

Museo Picasso en Antibes.
Papini sabe que Picasso era comunista y por tanto un adversario ideológico

¿Cuánto vale el retrato de Giovanni Papini pintado por Picasso? Giovanni Papini escribió mucho desde que era futurista hasta convertirse en teólogo o desde que era ateo a su viraje a admirador del Duce Mussolini. Sus libros ocuparon las bibliotecas de los más ilustres lectores y escritores tanto de izquierda como de derecha. Jorge Luis Borges lo tenía como uno de sus favoritos como lo declaraba, privando en modesto, que él era más lector que escritor y sin ocultar su admiración por el fascismo y sus derivados, videlismo, galtierismo, pinochetismo…

En una visita al “Mercatino delle Pulci” en la Piazza dei Ciopi, Florencia, busqué en vano viejas ediciones de su Libro Negro. Era un verdadero mercado de pulga, con objetos antiguos, libros viejísimos, un solo zapato del siglo XlX, un balón de fútbol de cuero y desinflado, cajas de cigarrillo de marcas olvidadas, herramientas de carpintería probablemente utilizada por Gepetto el “padre” de Pinoccio; empuñaduras oxidadas y corroídas de la época del esplendor romano y quizás una fuese la de Espartaco; ediciones originales en imprenta de plomo de la Divina Comedia a precio de oro de muchos quilates; jarras vikingas que de seguro robara Julio César en la aldea gala de Abraracurcix; colecciones completas de historietas de Milo Manara y Hugo Pratt; discos de 78 revoluciones con las mejores canciones de Caruso y miles de cosas que nada tienen que ver con el miserioso e insignificante mercado de pulga nuestro (que no lo son, más bien mercacá). De Florencia a la costa sur de Francia se cruza en lo que pestaña un pollo y antes de llegar a Cannes, un alto en Antibes es obligatorio porque aun le queda ese aire de quietud que hizo que muchos pintores la prefirieran a principio del siglo XX. Para Nicolas de Staël fue un paraíso y muchos de sus paisajes abstractos corresponde con sus horizontes. A Picasso, para el 1946, más que su gallardía o buenamozura, le brillaba su fama y su bolsillo, lo que atrajo a la jovencita Françoise Gilot. En el castillo de Grimaldi derramaron su dicha pasajera, la de ella. El artista dejó una colección de pinturas y dibujos que donó a la ciudad aconsejado por Cupido quien agotó todas sus flechas. En una supuesta visita a la Plaza Audiberti, Papini consiguió, en el mercado de la pulga, varios cuadros de Picasso porque estaba de moda y no costaban un dineral como ocurrió luego con el boom de la burbuja “conceptual” y financiera de las grandes casas de subasta para aumentar las fortunas de “los coleccionistas”.

Pero Papini no los compró por admiración ni por la “belleza” de las pinturas, pretendía regalarlas a sus amistades con algo que estaba de moda. Ya sabía Papini que Picasso era comunista declarado y por tanto un adversario ideológico.

Muchos años después, cuando visité la Plaza Audiberti me topé con una carpeta con hojas escritas a mano y de una caligrafía a lo Palmer. Estaba junto con unos cuadernos antiguos que parecían de estudiantes y que llegaron al puesto de las pulgas junto a libros y tereques que ningún heredero quiso del último deceso de algún familiar. El pulguero pensaría que eran cosas sin valor y las tenías con otras de la misma categoría. Me llamó la atención el nombre de Picasso. Sin ver de qué se trataba lo conseguí por 5 euros junto a dos muñequitos de Tex Willer. Se trataba de un manuscrito de Papini sobre Picasso. Gracias al italiano de Willer lo pude traducir. Lo extraño es que nadie lo descubriera a pesar de que en Antibes existe un Museo Picasso donde se puede admirar, o detestar, 24 pinturas, 44 dibujos, 32 litografías, 11 óleos sobre papel, 80 piezas de cerámica, 2 esculturas y 5 tapices. El museo se enriqueció con obras de Leger, Picabia, César, Modigliani, Balthus, Miró, Max Ernst, David Hockney y otros artistas reconocidos internacionalmente. En Antibes también se puede ver el museo del caricaturista Raymond Peynet.

El documento de Papini dice, de acuerdo a mi traducción:
Antibes, 19 de febrero 1947

Hace muchos años compré en París (no Papini, sino Gog) seis cuadros de Picasso, no porque me gustaran, más bien porque estaban de moda y podía usarlos para regalarlos a las amigas que me invitaban a comer. Pero ahora que estoy solo en la Côte d’Azur y sin saber qué hacer, me dio deseo de ver personalmente al autor de aquellas pinturas.

Vive cerca de aquí, en una villa marítima, en compañía de su esposa, mujer muy joven y florida (Françoise Gilot n. de M.); Picasso según creo tiene sesenta y seis años de edad, pero conforme a su buena sangre catalana es hombre fuerte y bien formado, tiene un hermoso color y goza de buen humor.

Al principio conversamos acerca de algunos conocidos comunes, pero muy pronto el tema se circunscribió a la pintura. Pablo Picasso es, no sólo un artista feliz, sino también un hombre inteligente, que no tiene miedo de sonreírse en su debido tiempo y lugar, de las teorías de sus admiradores.

Usted no es ni crítico ni esteta -me dijo-, y por lo tanto puedo hablar con usted libremente.

Cuando era joven tuve, como todos los jóvenes, la religión del arte, del gran arte. Pero más adelante, a medida que pasaron los años, me di cuenta de que el arte, tal cual fue entendido hasta el siglo XX inclusive, ya está concluido, moribundo, condenado, y que la llamada “actividad artística”, con la misma abundancia que ostenta, no es más que la multiforme ostentación de su agonía.
A pesar de las apariencias contrarias los hombres pierden más y más el afecto hacia las pinturas, las esculturas y la poesía. Los seres humanos de ahora han puesto su corazón en cosas completamente diversas: máquinas, descubrimientos científicos, riquezas, dominio de las fuerzas naturales y de las extensiones de la tierra. Ya no sienten el arte como una necesidad vital, espiritual, como sucedía en los siglos pasados. Muchos de ellos continúan actuando como artistas y ocupándose del arte, pero lo hacen por razones que poco tienen que ver con el verdadero arte, lo hacen por espíritu de imitación, por la nostalgia de la tradición, por la fuerza de la inercia, por amor a la ostentación, al lujo, a la curiosidad intelectual, por seguir la moda o por cálculo. Por hábito o por “snobismo” viven todavía en un pasado reciente, pero la inmensa mayoría, tanto de la clase elevada como de la clase inferior, no siente una cálida y sincera pasión por el arte, al que considera, a lo más, como una expansión, una diversión o un ornato. Poco a poco, a medida en que las nuevas generaciones se enamoren de la mecánica y de los deportes, se vuelvan más sinceras, más cínicas y más brutales, dejarán el arte en los museos y bibliotecas, como restos inútiles e incomprensibles del pasado.

“¿Qué puede hacer un artista que, como me ha sucedido a mí, ve con claridad ese próximo fin? Sería un partido demasiado duro cambiar de ocupación, y, además, peligroso desde el punto de vista alimentario. Para él no quedan más que dos caminos: procurar divertirse y ganar dinero.

“Desde el momento en que el arte no es más que el alimento que nutre a los mejores, el artista está en libertad para desahogarse según su talento en todas las tentativas de fórmulas nuevas, en todos los caprichos de la fantasía, en todos los expedientes del charlatanismo intelectual. El pueblo ya no busca en el arte consuelo ni exaltación, pero los refinados, los ricos, los ociosos, los alambicadores de quintaesencias, buscan lo nuevo, lo extraño, lo original, lo extravagante, lo escandaloso. A partir del cubismo yo he contentado a esos señores y a esos críticos con todas esas mudables singularidades que me han venido a la cabeza y cuanto menos las comprendían más las admiraban. A fuerza de sobrepasarme en esos juegos, con esas cosas funambulescas, con los rompecabezas, arabescos y demás pendejadas, llegué a ser célebre bastante rápidamente. Para un pintor, la celebridad significa ventas, ganancias, fortuna, riqueza. Ahora, como ya lo sabe usted, soy célebre y soy rico. Más, cuando estoy a solas conmigo mismo no tengo valor para considerarme un artista en el sentido grande y antiguo de la palabra. Verdaderos pintores fueron Giotto y Tiziano, Rembrandt y Goya; yo no soy más que un amuseur public, que ha comprendido su tiempo y ha aprovechado lo mejor que ha sabido hacerlo la imbecilidad, la vanidad y la ambición de sus contemporáneos. Esta que le hago es una amarga confesión, más dolorosa de lo que pueda parecer, pero tiene el mérito de ser sincera”.

“Et après ça - concluyó Picasso -, allons boire”.
La conversación no terminó ahí, pero no tengo la paciencia necesaria para consignar las otras poco escrupulosas paradojas que brotaron de los labios del viejo pintor catalán.” Aquí viene la firma de Papini, un garabato que solo se reconoce la P.

Es muy posible que las teorías del fin del arte del “crítico” Arthur Dante y sus inventos de arte conceptual estén basados en este trabajo de Papini quien pone en boca de Picasso sus teorías en contra del arte. No es cierto que Picasso no creyera en el arte ni que apoyara a las nuevas generaciones a realizar sus creaciones. ¿Cuántas obras de arte de gran calidad han sido realizadas al margen del llamado arte Conceptual o Arte Contemporáneo? ¿Cuántos artistas que no han buscado ni la fama ni el dinero han producido una obra considerable en beneficio del arte, de su historia? Pongamos como ejemplo a Jenny Seville, que muchos quisieron decir que era una copiona de Lucien Freud cuando ella es una continuadora de Tiziano, Rembrandt, Rubens… Pero hay que reconocer que muchas de sus reflexiones sobre los caprichos, charlatanismo, y pendejadas que pone en boca de Picasso, son ciertas.

Es sabido que la actividad artística no era la prioridad del Duce Mussolini, ni menos de Hitler, de quien se dice era un gran admirador de Vermeer y Velázquez. Sí se sabe que cuando Alemania tomó París para adueñarse de los museos, Picasso y todos los modernos eran considerados como abanderados del “arte degenerado” y que “gracias” a Hermann Göring se salvaron de la hoguera muchas obras. Al Fascismo no le interesaba ni el arte ni los artistas, que poseen una libertad. Su interés mayor es crear ciudadanos dóciles robóticos que sigan las directrices de sus maníacos líderes. La nobleza, la belleza, la humanidad del arte no compagina con el Fascismo de Papini ni que ponga a Picasso a decirlo. John Ruskin hablaba de una “pathetic fallacy”, en sus escritos sobre pintores modernos, falacia patética que Papini usa con maestría para confundir a media humanidad. No son pocos los que han publicado las “declaraciones de Picasso” como si fueran ciertas. Muchas veces porque la gente no sabe leer y otras por ignorancia y conveniencia particular.

El arte ha seguido su camino a pesar de la burbuja financiera del Arte Contemporáneo y sus basuras legitimadas por Sotheby’s y Christie’s que no pudieron vender el retrato de Papini por Picasso porque este nunca lo hizo.

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