Rafael Chaljub Mejía y una invitación a la inocencia

Don Rafael Chaljub Mejía es un veterano luchador, militante del MPD, del 1J4 y del Partido Comunista del Trabajo, nacido en una sección llamada Las Gordas en 1942, de un municipio que en aquellos años llevaba el nombre de Julia Molina de Trujillo, madre del dictador que tiranizó a este país durante treinta años.

Hombre comprometido con la libertad desde su juventud, vivió mucho tiempo en la clandestinidad y se formó como autodidacta, también es autor de varias obras de historia, entre ellas Diccionario biográfico de los restauradores de la República.

El libro que comentamos en esta ocasión se titula Relatos inocentes, una obra de tintes autobiográficos en la que retrata el alma de los campesinos del siglo pasado, pero también toda la cosmología que formaba parte de su acervo espiritual, su tenacidad, su capacidad de adaptarse a las duras condiciones de vida del campo en aquellas épocas.

Recuerdos de la escuela es el primer relato de este libro, en un tiempo en que el concepto de “la letra con sangre entra” era aplicado al pie de la letra y la disciplina se mantenía a reglazos, de ahí que, según él mismo afirma, esos recuerdos no son muy gratos.

Como don Rafael es un experto en música típica dominicana, fue cuñado de Tatico Henríquez, aparecen a lo largo del libro muchos personajes, desde merengueros hasta los que tocaban música de palos y atabales, una expresión cultural absolutamente dominicana pese a las reacciones de cierta dirigencia que pretende atribuirle a esa música un origen haitiano.

En La Gallera el lector se asoma a lo que fue el ambiente de las peleas de gallos con todos los personajes que formaban parte de ese universo distribuido alrededor de un redondel, “el trabero”, que era el experto en preparar a los combatientes y conocedor de todo cuanto tuviera que ver con la lidia de los gallos. Este capítulo está matizado con coplas y versos populares de aquella época: “Ello no hay otra gallera/ como la de la salada/ donde baila señorita/viuda, soltera y casada”, aunque el autor señala que las mujeres en esos tiempos no podían apostar y solamente se les reservaba el papel de vender comida y bebidas, y algunas otras se acercaban a vender sus “servicios especiales” a los asistentes.

Los contadores de cuentos es quizás el capítulo más interesante del libro, en el que es posible hasta vislumbrar de dónde surgen las inquietudes literarias de don Rafael, su estilo narrativo tan coloquial, desnudo de rebusques literarios y metáforas enrevesadas.

Narra don Rafael que un hombre llamado Juan Santana hizo traer algunos libros a aquella Sección, y contrató a un maestro que alfabetizó a algunos de los muchachos que, al crecer, habían leído obras como El Conde de Montecristo y el Martín Fierro, de José Hernández, entre otros, y de ahí salieron esos contadores que en las noches amenizaban con sus relatos las veladas de aquel perdido paraje.

Un capítulo especial le dedica la obra al miedo, un componente inseparable de la vida del campesino, originado en la conciencia mítica con la que todos los seres humanos transitamos por esta vida, que es mucho más acendrada en gente que ha tenido que vivir expuesta a los peligros de los montes y de las inclemencias de la naturaleza, en un medio agreste donde no había caminos y en cada lluvia había que atravesar lodazales enormes, lejos de toda población o de presencias humanas.

El miedo toma otras características cuando la religión se asoma al espíritu simple de los hombres y mujeres en el medio rural, la amenaza del castigo del infierno para los pecadores se incorpora al imaginario de la gente y se suma a las supersticiones propias del medio rural, donde se multiplican los lugares “malditos” y las apariciones fantasmales.

Pero ese mismo miedo toma otra forma mucho más siniestra bajo la sombra de la dictadura que se abatió sobre este castigado país, cuando la sola mención de la presencia de “la guardia”, la milicia policial trujillista que tenía carta blanca para cometer todo tipo de tropelías contra una población, recorría los campos para amedrentar a los campesinos.

Pedir posada es otro capítulo interesante porque en él aparece retratada la hospitalidad típica del campesino dominicano, debido a que en aquellas épocas cuando los viajes a las ciudades podían tomar varios días, era común que personas desconocidas pasaran la noche y hasta más de una, en casas donde eran acogidas desinteresadamente, y donde además de cobijo y un catre, se les brindaba alimento, en un gesto que denota la bondad y la solidaridad del ser humano.

El propio autor recuerda en un pasaje que cuando él estaba en la clandestinidad, para escapar de la persecución policial, se le brindó posada en una casa donde reconoció a un hombre al que su propia familia había acogido hacía muchos años, una muestra de que todo favor que se hace con buena voluntad, en algún momento retorna a la persona que ha hecho el bien sin mirar quién.

Hay mucho más en esta obra atrapante de Rafael Chaljub Mejía, desde los catequistas y los rezadores, las comadronas, los recuerdos que él pudo rescatar de lo que fue aquel tremendo terremoto que en 1946 azotó a este país, y que en el relato de los que lo vivieron cobra una intensidad que posiblemente es exagerada por los narradores, pero que de todas maneras deja una idea de la devastación que sufrieron los pueblos, sobre todo los costeros, que además del temblor de tierra recibieron el impacto del maremoto que acompañó a aquel desastre natural.

Relatos inocentes es, en suma, un libro que se disfruta y que permite al lector de este tiempo de redes sociales y computadoras, asomarse al paisaje rural dominicano de mitad del siglo pasado, con toda su inocencia, pero también con su aspecto agreste y desafiante para el habitante rural.

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