Relatos de Elsa Báez

Valentín Amaro
Especial para elCaribe

Esta semana en “Espejo de tinta”, nuestra invitada es Elsa Báez (Santo Domingo, República Dominicana), quien es gestora cultural, escritora, actriz de teatro, locutora y periodista, con un máster en Comunicación Política y Marketing Digital. Ha colaborado con medios como El Caribe, El Afán Diario y Perspectiva Ciudadana, y dirige el periódico digital Alasunto.com.

Fundadora del movimiento literario Poetas de la Era (2010) y de Editora Poetas de la Era (2018), desde donde impulsa la publicación y promoción de autores independientes. Fue coordinadora en República Dominicana del movimiento internacional 100 Thousand Poets for Change.

En 2020 recibió el Premio Voluntariado Solidario en Cultura. Es autora de Mi infierno, Historias de cicatrices, El funeral interno y de la novela La erosión aprendida, además de coordinadora de las Antologías Poetas de la Era.

Intensa y mordaz, Elsa Báez nos muestra en estos relatos la soledad y la incomprensión que muchas veces rodean la vida del escritor, incluso cuando entrega su pasión a la enseñanza y a la literatura. También evidencian cómo el dolor y las experiencias personales se transforman en materia de creación artística. El texto critica la tendencia social a reconocer a los autores solo cuando se cree que han muerto o cuando ya no están presentes.

LA AUTORA QUE MURIÓ ANTES DE SU MUERTE
Durante años nadie supo muy bien qué hacer con ella. No era una mujer difícil. Saludaba a los vecinos, se reía con facilidad y podía conversar durante horas si el tema eran los libros. Pero había algo en su manera de estar en el mundo que producía una ligera incomodidad, como si detrás de su cordialidad existiera una zona inaccesible que nadie lograba atravesar.

Vivía sola. O, mejor dicho, vivía acompañada por los animales que recogía de la calle. Perros, gatos, pájaros heridos que permanecían unos días en su casa hasta que volvían a volar. Aquella casa era un refugio improvisado para criaturas que habían aprendido demasiado temprano lo que era el abandono.
Nunca tuvo plantas. Las había intentado cuidar muchas veces, pero siempre se le morían.

—Las plantas necesitan una ternura distinta —decía—. Yo solo sé cuidar lo que también está roto.

Durante algunos años vivió con un hombre que la quiso con paciencia. Se marchó una noche cualquiera. No fue una pelea escandalosa ni un portazo dramático. Fue algo más simple: el cansancio de alguien que ha comprendido demasiado.

Ella provocaba discusiones sin darse cuenta. Necesitaba el dolor para escribir. Convertía cualquier grieta en una tormenta emocional que luego aparecía, transformada, en sus novelas. Él terminó por entender que estaba siendo utilizado como materia prima para historias tristes.

Antes de irse le dijo algo que ella tardó años en comprender:

—No quiero seguir siendo el personaje que sufre para que tú escribas bien. Después de eso, su vida quedó organizada alrededor de tres cosas: sus clases, sus animales y sus libros.
Era profesora de literatura. Pero sus clases no se parecían a las de otros profesores. Su aula era un laboratorio. Una vez llevó un poema a clase y lo escribió en la pizarra sin decir de quién era.
—Léanlo en voz alta —pidió. Un estudiante comenzó a leer con timidez. A mitad del poema se detuvo.
—No entiendo esta parte.
Ella sonrió.
—Perfecto.
Los estudiantes se miraron entre sí.
—Si lo entendieran todo a la primera, el poema estaría muerto.
Caminó lentamente entre los pupitres.
—Un poema no se explica —dijo—. Se pelea.
Entonces tomó la tiza y borró un verso.
—Ahora escriban el que falta.
Al principio nadie se movió.
Luego una muchacha levantó la mano.
—¿Y si lo arruinamos?
—Eso es lo que hacen casi todos los escritores —respondió ella—. Arruinar poemas hasta que uno queda vivo.

Ese día nadie terminó el ejercicio.

Pero durante semanas los estudiantes siguieron discutiendo ese poema en los pasillos.

De ese salón salieron algunas de las plumas más interesantes de su generación. Ella entregaba todo: conocimiento, pasión, paciencia. Sin embargo, nadie hablaba demasiado de ella.

Para los críticos, su obra todavía “no terminaba de madurar”.

Para algunos lectores, sus textos eran complicados. —Hay que releerla —decían. Para la gente común, escribir era una pérdida de tiempo. Y así los años fueron acumulándose como polvo sobre los libros.

LA PRIMERA MUERTE
Una tarde cualquiera, alguien publicó en internet una nota anunciando su fallecimiento. Nadie supo exactamente de dónde salió la noticia. Tal vez una confusión. Tal vez un error.

Pero el rumor comenzó a expandirse.

Una vecina pasó por su casa, tocó la puerta, pero nadie respondió. Miró por la ventana: los libros seguían en el mismo lugar, un gato dormía sobre la mesa y los platos del desayuno aún estaban en el fregadero. Eso bastó.

En pocas horas la noticia se convirtió en certeza. La escritora había muerto.

Esa misma noche comenzaron a aparecer los homenajes. Personas que nunca la habían leído hablaban de su talento. Otros recordaban con emoción alguna conversación lejana.
Alguien escribió:

—Era una de las voces más importantes de nuestra literatura y entonces ocurrió algo inesperado.
La gente comenzó a buscar sus libros. Las librerías vendieron los pocos ejemplares que quedaban. Sus poemas empezaron a circular en redes sociales. Alguien musicalizó uno de sus versos. La ciudad parecía descubrir, de repente, el valor de alguien que había estado siempre allí.

Lo curioso era que ella no estaba muerta, simplemente había salido de la ciudad. Un escritor extranjero al que admiraba estaba de visita en el país y ella, que estaba de vacaciones en la escuela y no tenía que dar explicaciones a nadie, decidió viajar para escucharlo.

Cuando regresó al día siguiente, retomó su rutina, caminó por las mismas calles, saludó a algunos vecinos y, de manera irónica, nadie pareció notar nada extraño. Hasta que unos días después vio algo que la detuvo: Un hombre caminaba leyendo uno de sus libros. No era un estudiante. No era un amigo. No era alguien a quien ella se lo hubiera regalado. Lo había comprado.

La emoción que sintió fue tan profunda que tuvo que apoyarse en una pared. Alguien había decidido leerla. Aquello despertó algo que creía perdido: el deseo de escribir. Las historias comenzaron a aparecer en su cabeza con una claridad nueva. Entró a la única librería que le quedaba cerca… El librero levantó la mirada y se quedó inmóvil. La observó como si estuviera viendo algo imposible porque él también había escuchado la noticia.

Para él, la escritora estaba muerta, pero además tenía otro problema.

Su librería era pequeña. No tenía sistema de inventario; anotaba las ventas en un cuaderno y cuando comenzaron a venderse los libros de la autora “fallecida”, decidió no registrarlos.

Después de todo, ¿a quién iba a pagarle? Ahora la tenía frente a él. Viva.

La noticia de su regreso empezó a circular y algo extraño ocurrió. La gente comenzó a leerla de verdad. Sus poemas aparecían citados. Sus libros se discutían. Por primera vez fue invitada a un gran evento literario.

El auditorio estaba lleno.
Cuando subió al escenario sintió algo que nunca había sentido: la sensación de haber llegado.
Abrió su libro.
El silencio del público era absoluto.
Comenzó a leer.
Mientras pronunciaba los versos finales de uno de sus poemas, levantó la mirada y vio algo que nunca había visto antes:
Personas escuchándola con verdadera atención.
Entonces sonrió.
Fue una sonrisa tranquila, casi agradecida.
Su cuerpo se inclinó lentamente.
Cayó…
El silencio se volvió absoluto y esta vez, sí estaba muerta.
Horas después, alguien volvió a escribir en internet: —Murió la escritora que había muerto hace unos días. La publicación comenzó a circular. Algunos pensaron que era una broma. Otros dijeron que se trataba de una confusión.
Pero esta vez la noticia era cierta.
Y por primera vez en su vida, nadie dudó de ella.


Esta página es una colaboración especial para este suplemento.

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