Un bailarín de chocolate

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Chocolat por Toulouse Lautrec.
El pintor Lautrec se inspiró en apuntes tomados en sus visitas a burdeles

Aunque el pintor parisino Toulouse Lautrec vivía de burdel en burdel para tomar apuntes y hacer bocetos de las prostitutas que modelaban gratis, son sus vivencias con las bailarinas del espectáculo lo que más hace recordar al artista. Y entre estos al bailarín Chocolat.

El odio de los colonizadores a los negros se acentuó más con la independencia de Haití y con la creación del Ejército Mambí. Era una cuestión económica que se transformó en ideológica. La igualdad, Libertad y Fraternidad de la Revolución Francesa caló en lo profundo de muchos pensadores y en la población colonizada.

La crueldad del ejército español fue peor durante la guerra de independencia de Cuba que se inició en 1868. Y fue peor porque acababan de sufrir una gran derrota de mano de los Restauradores dominicanos.

Ese período llamado por los cubanos La Guerra de los Diez Años, coincide con el inicio de la vida de Rafael Padilla, un negro hijo de esclavos de La Habana. Como todo negro nació sentenciado. La Iglesia explicaba que el ser negro era un castigo de Dios y que su bondad le dio una oportunidad, que al llegar a un lago tal podrían eliminar sus pecados y recobrar el color “normal”. El lago ya estaba seco y los negros pudieron apenas tocar la humedad que quedaba y así se blanquearon las palmas de las manos y las plantas de los pies.

Rafael Padilla le costó menos que un saco de carbón al español Patricio Castaño Capetillo cuando pagó 18 onzas por el niño que sería el criado de su quinta. El hecho de que durmiera en los establos reburujaos con los mulos, caballos y bueyes explicaba que esa categoría de criado era falsa. Seguía siendo un maldito esclavo.

La incertidumbre de la guerra y la maldad del general Valeriano Weyler provocó la desbandada no solo de españoles sino de cubanos. Muchos vinieron a parar al país y otros volvieron a España.

Padilla no tenía 10 años, pero formó parte de “las cosas” que su patrón se llevó a Sopuerta, Vizcaya en el norte.

España acumulaba rencor, resentimiento, derrota y odio. Todo el Continente Americano se liberó de ella a la fuerza y la dejó humillada. Y Padilla sintió ese odio y maltrato y con menos de quince años se escapó a Bilbao donde conoció a un tal Tony Grice, un payaso inglés que lo adoptó como criado y ayudante. Grice armó un número para el Nouveau Cirque de París y el esclavito cubano fue incluido. Entonces Rafael Padilla pasó de ser un “negro como el carbón” a un “negro de chocolate”. Y así lo llamaron en todas las funciones en que participó desde 1886 al 1888 cuando terminó su sociedad con el inglés. A partir de ahí duró cinco años con varios espectáculos hasta 1895.

París gozaba de día y de noche, los cabarets Moulin Rouge, Moulin de la Galette, Les Folies Bergères, Le Chat Noir y otros desbordaban de alegría en bailes interminables que solo pararon con la Primera Guerra Mundial que le dio término a La Belle Époque.

Los teatros tenían carteleras diarias de espectáculos musicales, los pintores entusiasmado con la oficial ruptura con la Academia, el estímulo de ricos compradores y el aumento de galerías comerciales de pintura al ritmo de la Era Industrial no paraban de inventar estilos que justificara la Bohemia en que se habían metido. Las Exposiciones Universales acapararon la atención del mundo que vino a admirar la Torre Eiffel y la mundanería sin fin de París.

Había de todo, rones destilados que venían de “las islas” (El Caribe) destilados gota a gota desde el jugo de la caña fermentada, polvos de discreción de la flor de amapola que llegaba desde Oriente y que alegraba a jóvenes y viejas con tan solo ponerse una uña en la nariz; las fumarolas con un florero conectado a un tubo para inhalar toda la fama que no se tenía y exhalar las frustraciones en todos los campos; el absinthe, una especie de clerén verde que no mataba pero que enloquecía como le pasó a Toulouse Lautrec y a Vincent Van Gogh. Y para los niños, los circos, carruseles y bicicletas Dunlop, Rochembeau, Mentor, Clement, Royal, Peugeot, Gladiador y muchísimas marcas que hicieron del invento un medio de transporte ideal.

La nueva sociedad de Chocolat con Foottit duró casi veinte años haciendo el mejor de los trabajos: vivir de la payasería.

El 1895 fue un año importante para Chocolat, primero porque se unió a Maria Hecquet, una divorciada con dos hijos (Eugène y Suzanne) que de ocurrir en Cuba o en Los Estados Unidos, hubiesen sido linchados como intentaron hacerlo con Jack Johnson y Lucille Cameron y, segundo, porque en ese mismo año consiguió de Raoul Donval, el nuevo director del Cirque Nouveau, su contrato por veinte años y que lo unió en dúo por un tiempo con el payaso George Foottit.

Novedosos números lo mantuvieron vigente, aprovechando los prejuicios y acentuando el racismo. Los sketches terminaban en bofetadas al negro lo que fue el “chiste” central de muchísimas películas, años después, de Los Tres Chiflados. El otro sketch recurrente era el de Guillermo Tell y la manzana que fue usado por Chaplin en su película “El Circo”.

Chocolat dejó en el francés la frase “je suis chocolat” que equivale a decir “qué pendejo fui”, “como me engañaron”, “pero qué buen idiota soy”, “qué tonto”. Algunos le dan una explicación desde una extraña experiencia de boxeo que no pega ni con coquí. Chocolat en sus payaserías tenía siempre el rol del estúpido, lo que encajaba con el prejuicio al negro existente.

Cuando Chocolat quiso pasar al teatro y tenía el perfil perfecto, la falta de dominio del idioma se lo impidió y a Foottit le dieron el papel del payaso para Romeo y Julieta. Por las mismas limitaciones André Antoine, director del Odéon, no lo usó como Othello en Hamlet.

Terminó su vida en la Gelotología, que era una terapia de moda para curar con la risa a niños en los hospitales. Él era el payaso perfecto.

Su lugar, en los escenarios, después de su muerte en el 1917 lo ocuparía, ocho años después, una cantante y bailarina que se mudaría a París huyéndole a la discriminación racial, lo que ella combatiría toda su vida. En París se convirtió en la Reina del Folies Bergère “el palacio de la diversión” y sería declarada como la Gran Josephine Baker, Princesa del Tam Tam.

La imagen de Chocolat, mas que por los muchos afiches de circo, se conservó por dos trabajos que hizo Lautrec: una pintura de Chocolat bailando y un dibujo simplificado a partir de esa pintura que fue publicado en el periódico “Le Rire” en el año 1896.

El personaje “Chocolat” fue incluido en la película “Un americano en París” de Gene Kelly, de 1951, y en otra de John Huston , “Le Moulin Rouge” de 1952. En el 2016 Roschdy Zem dirigió “Monsieur Chocolat” basado en el libro del historiador Gérald Noiriel especialista en cuestiones de inmigración. Aunque de padres mauritanos y senegalés, Omar Sy es un francés de pura cepa y el actor perfecto para el papel como lo demostró. Sy logra una actuación impecable como todas sus actuaciones en películas cargadas de humor y sensibilidad humana. Es el caso del “Dr. Knock”, “Samba” con Charlotte, la hija del famoso cantante Serge Gainsbourg; “Amigos” con François Cluzet , “El viaje de Yao” entre las que ningún aficionado al buen cine puede perderse.

Indudablemente que tanto Chocolat, como Josephine Baker contribuyeron a humanizar la humanidad. No bastó la pelea de Jack Johnson en 1910 ni las de Joe Louis, ni las medallas de Jesse Owens en Campo y Pista, ni el rebú que le armó Muhammad Alí al negarse a que lo enviaran a Vietnam, cosa que muchas de las grandes estrellas de la época aceptaron y hoy se consideran como grandes héroes por ir a pilotear un avión sobre un campo de arroz y bombardear a inocentes campesinos solo por el gusto y demostrar un dominio cuestionable.

Tampoco valieron las prédicas públicas del pastor Martin Luther King con su Godspell y sus aleluyas que no evitaron que a él mismo lo quitaran del medio.

Los crímenes del Ku Klux Klan, organización que sigue vigente y que hace tiempo debería estar proscrita por Ley, no paró de burlarse del mundo entero como lo hicieron cuando “la justicia” los absorbió y “no le pudieron probar” el terrible asesinato del jovencito de 14 años Emmitt Till, el famoso acoso a Rosa Parks en una guagua, la intolerancia para la niña Ruby Bridges y las recientes muertes de George Floyd y Rayshard Brooks que amenazan con eliminar más de 700 estatuas símbolos racistas (Robert Lee, Leopold ll de Bélgica, Colón.) Muchas han sido derrumbadas lo que no puede ser calificado de vandalismo, que es una acción en contra de la sociedad. Cuando la acción la realiza la sociedad se llama “acto de justicia”.

Chocolat fue un ciudadano ejemplar y un artista completo que no era ni de carbón y menos de chocolate.

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