Hasta las canciones dicen que el odio es mejor que la indiferencia porque cualquier sentimiento es preferible a su inexistencia. La carencia de emoción ante ciertas situaciones -bloqueadas por la insensibilidad de la costumbre- hace desaparecer cualquier reacción y crea la complicidad colectiva que normaliza los grandes males y el bien se desvanece, acorralado en la desidia. Hemos perdido capacidad de asombro ante tragedias y escándalos porque otro más grave lo cubre y desvía la atención del anterior; los periódicos publican un hecho indignante que luego palidece ante otro de mayor magnitud porque la memoria general es cortoplacista.
El caos, cuando se cree inevitable y se da por sentado, conduce a su perpetuación. Tal es el caso de las dilaciones en los procesos judiciales que se asumen como parte rutinaria del sistema sin luchar por la mejoría de un servicio cuya responsabilidad no es exclusiva de los jueces, sino de un entorno silente que no denuncia las precariedades en que imparten justicia. Callarse para no molestarse en colaborar es tan pernicioso como los comentarios en los pasillos, dado que una queja sin una acción concreta, no pasa de ser un chisme o un simple desahogo momentáneo.
Los servicios ineficientes -privados o públicos- deben denunciarse en vez de solo criticarlos porque, aunque una golondrina no hace verano, muchas no podrán ignorarse; mientras la cobardía prevalezca, no nos quejemos como menores por lo que no defendimos como mayores. La apatía es el veneno de las buenas intenciones que ahoga las iniciativas y fomenta que permanezca el daño, en cualquier escenario. Los gremios están para reaccionar ante los problemas de sus integrantes, no para ocupar puestos preferenciales en eventos que solo buscan visibilidad, porque la dejadez del resto entrona la ineficiencia y la inoperatividad de los dirigentes.
Cuando se considera normal cobrar una comisión en lo que no lo amerita se fomenta lo que debería erradicarse. La frecuencia de una actuación irregular o maliciosa no la endereza, por más repetitiva y generalizada que sea, lo negro es negro, aunque se le atribuyan tonalidades grisáceas. Lo más lamentable que puede ocurrirle a un pueblo es que se resigne a la extorsión, al chantaje, a la corrupción o a los maltratos en todas sus manifestaciones, en vista de que resulta aun peor voltear la cara que el hecho en sí mismo. De poco sirve la persecución de los delitos graves, mientras una legión significativa de la sociedad los justifica y los minimiza como meras conductas antiéticas o indelicadezas. Parece increíble la vigencia de aquella frase antigua de Edmund Burke: “Para que el mal triunfe, solo se necesita que los hombres buenos no hagan nada”.
