Atracción por lo prohibido

En el mes de enero en Francia se sometió un proyecto de ley que intenta proteger a los menores de 15 años de los riesgos del uso de las redes sociales. Una medida similar se está fraguando en España con un plan de restricción a los que no sobrepasan los 16 años en el que se ha previsto hasta incluir rastreadores que serían gestionados por el mismo gobierno.

De entrada, a pesar de las críticas que esas iniciativas hayan podido generar, bien por la posible invasión a la privacidad de los muchachos, bien por los motivos de control político de trasfondo, la intención aparente es alejar a los jóvenes en edad temprana de la exposición virtual con información inapropiada, sin censura ni límites, desprovista de todo filtro y que, como tal, pudiera atrofiar mentes imberbes aún no desarrolladas. Desde ese punto de vista, no parecería ser mala idea, pero, como bien se sabe, de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno.

Ante todo, se estaría despojando a los padres del menor de la responsabilidad de supervisarlos para que sean, entonces, las autoridades las que se encarguen de ejercer una labor de crianza que no les corresponde. Asimismo, aunque es evidente que tales propuestas buscan sustraer (o, por lo menos, limitar) de todo ese caudal de influencia perniciosa dirigida a los que carecen de capacidad para discernir, la realidad es que la prohibición desde el poder público no hace más que fomentar su incumplimiento porque aquello que no se permite es, paradójicamente, lo que más atrae.

La historia respalda este argumento cuando recordamos que las restricciones de bebidas alcohólicas durante la ley seca fue el mejor aliciente para consumirlas a granel, en cambio, cuando se normaliza su comercialización, las grandes ganancias alcanzaron su justo nivel y los beneficios se moderaron. En el mismo sentido, en muchas ocasiones se han llegado a realizar propuestas serias de legalizar la venta de drogas para desincentivar su consumo, en el entendido de que, una vez pierda su clandestinidad, desaparecería la emoción de adquirirlas. Igual sucede con las relaciones ilícitas que, al ser descubiertas, pierden todo encanto y se deshacen como pompas de jabón cuando la normalidad muestra a cada uno tal cual es, sin la idealización que da el morbo de lo escondido.

Ya lo hicieron los primeros ocupantes de la tierra que cayeron en la tentación de antojarse del único fruto que se les había impedido. Y es que, como bien expresó el padre Dubert en una de sus famosas prédicas, lo oculto es sospechoso, sobre todo, si te susurran en baja voz: “No se lo digas a nadie”.

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