EDUCAR EN LA JUSTICIA: La justicia comienza en la dignidad humana (1/4)

Autor: Dr. Basilio Florentino Morillo

En reflexiones anteriores abordamos el concepto de dignidad humana como un valor inherente a toda persona y como fundamento de los derechos, la libertad y la igualdad. Aquellas consideraciones conducen necesariamente a una nueva pregunta: ¿cómo hacer que el reconocimiento de esa dignidad trascienda su proclamación y se convierta en una forma concreta de relacionarnos con los demás? Es aquí donde la justicia adquiere una dimensión educativa sustancial. Si toda persona posee igual dignidad, educar en la justicia significa aprender a reconocerla en el otro y actuar en consecuencia, procurando que los derechos, las oportunidades y el trato digno no sean simples declaraciones, sino experiencias efectivamente vividas.

La pregunta por lo justo acompaña a la filosofía desde la Antigüedad. La lectura de Sócrates recogida por Rivas Palá (1996) sitúa la justicia en el reconocimiento del otro como igual. Millán Puelles (1982) relaciona lo justo con el respeto a los derechos de cada persona y al bien común. Bobbio (1977) recuerda que hablar de igualdad obliga a precisar entre quiénes, respecto de qué y con cuáles criterios. Son aproximaciones distintas, pero permiten formular una exigencia compartida: justificar públicamente las diferencias de trato.

Por eso, educar en la justicia no equivale a enseñar obediencia ciega. Un estudiante puede cumplir una regla por miedo y no comprender por qué existe. La formación moral comienza cuando aprende a preguntar si la norma protege a todos, si se escucha a quienes afecta y si puede aplicarse sin privilegios. La razón necesita encontrarse con la experiencia: compartir materiales, reconocer un error, rechazar una burla y defender a quien no tiene voz son ocasiones concretas para ejercitarla.

La dignidad tampoco depende del rendimiento escolar ni de la aprobación del grupo. Quien aprende más despacio, se equivoca o discrepa, conserva intacta su valor. Una escuela que humilla para corregir contradice aquello que pretende enseñar. La autoridad educativa se fortalece cuando explica sus decisiones, reconoce límites y ofrece oportunidades de reparación. Reconocer la dignidad exige, en definitiva, aprender a vivir justamente.

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