De la igualdad proclamada a la justicia vivida 2/4

Autor: Dr. Basilio Florentino Morillo

En la primera entrega sostuvimos que la dignidad de cada persona es el punto de partida de la justicia. Pero reconocer ese valor no resuelve, por sí solo, las desigualdades que condicionan la vida. Dos estudiantes pueden recibir idéntica tarea y disponer de oportunidades muy distintas para realizarla: uno cuenta con conexión, energía permanente, libros y tranquilidad; otro comparte un teléfono, no tiene inversor y trabaja después de clases. Tratar de manera idéntica situaciones desiguales puede conservar la desventaja en lugar de corregirla.

En mis escritos sobre la justicia distingo entre el bien particular y el bien común. Antonio Millán Puelles ayuda a comprender que proteger los derechos individuales no autoriza a desatender las condiciones compartidas de una vida digna. Norberto Bobbio examina la diferencia entre igualdad formal e intervenciones orientadas a corregir desventajas de partida. La justicia social exige, por tanto, preguntar quién participa de los beneficios colectivos y quién permanece excluido de ellos.

La sociología añade otra advertencia: las desigualdades no dependen únicamente de decisiones personales. Los recursos familiares, el territorio, las instituciones y las expectativas sociales influyen en las oportunidades. Educar justamente requiere observar esas condiciones sin reducir a nadie a una etiqueta. Apoyar a quien necesita más tiempo no significa regalar resultados; significa ofrecer una posibilidad efectiva de aprender y exigir después con criterios transparentes. La equidad debe dialogar con la responsabilidad, nunca sustituirla.

La solidaridad amplía este horizonte. En mi ensayo sobre educación y solidaridad sostengo que no basta respetar derechos de manera pasiva: debemos responder ante necesidades que amenazan la dignidad. Luis de Sebastián (1996) presenta la solidaridad como responsabilidad práctica por el bienestar ajeno, especialmente de quienes requieren apoyo. En la escuela puede expresarse mediante tutorías, materiales compartidos y proyectos comunitarios.

Así las cosas, la justicia se comprueba al escuchar a quienes encuentran obstáculos y corrige las barreras que impiden su participación plena y digna; la solidaridad por su parte impide que la indiferencia se instale entre nosotros. Este doble proceso cimenta educar en la justicia.

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