Históricamente la religión ha acompañado demasiadas guerras, no como freno moral, sino como legitimación. Ahora el papa León XIV condena la guerra entre Estados Unidos e Irán, mientras cristianos evangélicos como el pastor dominicano Ezequiel Molina, la justifican sin tensión ética. Cosa normal: en las Cruzadas, la violencia fue presentada como mandato divino; en 1572 el papa Gregorio XIII ordenó misas de “gracias” para celebrar la masacre de San Bartolomé en Francia, contra los hugonotes. En la Reconquista, la fe sirvió de bandera para expulsiones y matanzas, y ni hablar de la colonización americana. Hoy persiste el mismo dilema: cuando la fe se alía al poder, la violencia encuentra absolución.
